Un tren ligero para la ciudad capital

La solución al problema del transporte colectivo en la ciudad capital (ojo, que no es transporte público) sigue pendiente en la agenda de temas por solucionar, desde hace varios períodos de gobiernos. En el año 1999, luego de aprobar la Ley 34 del 28 de julio y crear la Autoridad del Transporte, cuya reglamentación quedó en el limbo en el gobierno arnulfista, entregué a mi sucesor la propuesta de un tren ligero como la alternativa más viable en materia logística, menos traumática en términos estéticos y ambientalistas y con valores agregados de financiamiento de parte del gobierno francés.

Este proyecto pasó inexplicablemente de manos del Ministro de Gobierno al Ministro de Obras Públicas. Vimos cómo transcurrió un lustro presidencial en medio de pugnas por espacios de poder entre el director de la ATTT y el de Proyectos Especiales del MOP. En las ciudades donde se ha implementado este tipo de solución, los que más se benefician son precisamente los transportistas, debido a que los desplazamientos son menos largos, menos congestionados y más eficientes. Aquí no hemos estado ajenos a ese modelo: la reticencia inicial de los transportistas a usar la Gran Terminal de Transporte dio paso a un ordenamiento de casi primer mundo, donde hoy día ese lugar —la Terminal— se convierte a veces en un sitio para pasear.

A fin de aportar a la solución del tema transporte, me permito llamar la atención sobre algunos artículos de la Ley 34, que modificó la Ley 14 de 1993: La ATTT (Autoridad del Tránsito y Transporte Terrestre) es la responsable de la planificación, investigación, dirección, supervisión, fiscalización, operación y control del transporte terrestre en la República de Panamá. Debe velar porque se cumplan los puntos a los cuales no se llega a acuerdos para unificar el pasaje, entre ellos el artículo 50, que reemplaza el artículo 40 de la Ley 14: “los concesionarios de transporte público de pasajeros están obligados a mantener sus vehículos en óptimo estado de seguridad y condiciones de funcionamiento…”. Y el artículo 43, que modifica el artículo 57 de la Ley 14: “Para todos los efectos legales, se reputa como relación de trabajo el servicio personal que presta un conductor a un concesionario o transportista, en condiciones de subordinación jurídica y dependencia económica. Igualmente, se presumirá la existencia de una relación de trabajo cuando el conductor que preste el servicio no aparezca inscrito como titular de un vehículo en el Registro de Transporte Público”. Esto último es muy importante para garantizar la integridad de los abusados “palancas”, que al volante de un diablo rojo, quieren acabar con lo que se les pone enfrente, a fin de cumplir las obligaciones leoninas que le imponen los dueños de los vehículos.

El artículo 44 modifica el 59 de la Ley 14 y “prohíbe la utilización de amplificadores en los equipos de sonido, así como el uso de troneras y sirenas…”. En fin, la ley 34 contempló la solución de todos los males que siguen sufriendo los usuarios del transporte colectivo, y la población que se traslada sobre ruedas en las calles de la capital, además que brindó oportunidades financieras para reemplazar la flota. Pero una ley sin una buena reglamentación no es una buena ley.

Volviendo al tema del tren ligero versus los buses articulados, estos últimos son solamente un paliativo provisional que contribuiría aún más a la congestión vehicular en la ciudad, además de que nuestra urbe no posee las amplias avenidas que se requieren para que se dedique, a cada lado, un carril únicamente para el desplazamiento de esos buses. Si de verdad se busca un remedio, el transporte masivo de pasajeros, silencioso, no contaminante y alejado de las rutas tradicionales de los amenazantes diablos rojos es la solución. La Ciudad de Panamá perdió la oportunidad de contar con una solución avanzada en transporte masivo de pasajeros, ya que en su momento la instancia gubernamental que debe reparar las calles llenas de huecos quiso llevarse el mérito del tren, y al que le correspondía ofrecerla, se enfrascó en serrucharle el piso al proyecto con otra alternativa, misma que pasó a la actual administración y fue precipitadamente abortada a raíz del lamentable accidente ocurrido el 23 de octubre de 2006.

La responsabilidad de una solución al transporte masivo de pasajeros es de la ATTT, y el tren ligero es la mejor opción, que beneficiará a todos, inclusive a los transportistas. Se puede rescatar el proyecto, ya lo ha dicho el embajador francés, y tratar de restablecer las condiciones que nos ofrecieron hace casi 10 años. Pero si en un año se vendieron 40,000 autos —y no salen de circulación los viejitos— y se sigue construyendo sin visión urbanística, contribuimos a crear el caos y una eventual paralización de la ciudad, porque ya no damos para más, y no podremos señalar culpables de esta desidia. Es responsabilidad de todos.

Un poco de todo (I)

Admiro  en secreto a un periodista a quien no conozco, entiendo es español y debe ser de esos gorritizados que se creen que saben más que nadie y son insoportables, además de tirriosos. Pero, sus escritos son un sorbo de aciertos y conocimiento. Hace poco escribió un artículo estupendo sobre La Oportunidad de la Cultura.

El tema viene a colación por los libros y las películas que se vieron en el año 2007. Alfaguara, que siempre está a la vanguardia (aunque nadie se entere, pues sus eventos pasan inadvertidos totalmente para los legos), inició sus presentaciones con la visita del guapo peruano Santiago Roncagliolo, ganador del premio de esa editorial en 2006, saldando una deuda que tenía el autor para con sus lectores. Siguió la presentación de José María Merino, un cuentista español cuya obra Un lugar sin culpa estaba siendo promovida en ese momento y que fue una interesante y amena conversación compartida con Fernando Correa. Luego vino Ignacio Del Valle (otro español) con sus Tiempo de Emperadores Extraños. El año estuvo salpicado de otras actividades de esa casa editorial, como la presentación de la edición conmemorativa de los Cien Años de Soledad, del nobel García Márquez, terminando con el premio Alfaguara del año 2007, Luis Leante (también español), y su novela del sugestivo título Mira si yo te querré. Es muy sintomático que siempre seamos los mismos los que vamos a las presentaciones de libros y no haya más cultivadores de este tipo de eventosque llenan el alma. Y es la Biblioteca Nacional la que alberga estas actividades, con mucha elegancia y buenas instalaciones. Allí también se presentó la edición del libro del Dr. Manuel Ferrer Valdés, La muerte de la ópera en la selva, en junio.

Aun cuando la Feria del Libro prometía ser una fiesta cultural inolvidable, la misma se llevó a cabo en mayo sin pena ni gloria. Las expectativas fueron creadas principalmente por el rotundo éxito de la feria del 2005, cuando el país invitado, Chile, se trajo un avión con presidente y escritores incluidos, entre ellos Antonio Skármetay Jorge Edwards. El gobierno y la empresa privada también tuvieron una participación sin  precedentes en esa feria, lo que le faltó a esta. En el 2007 el país invitado fue España, rector de nuestra lengua y con tantos buenos escritores que son los más leídos en el idioma español, por lo que existía la  oportunidad de hacer algo espectacular. Sobresalió en ese evento la presentación del colombiano William Ospina, y su libro Ursúa, muy bien llevada por Berna de Burrel (entiendo que de emergencia), y la de Plinio Apuleyo Mendoza, el autor de El Olor de la Guayaba, sobre la vida y obra de Gabriel García Márquez, tema que movió mucha gente y tinta en el mundo alrededor del cumpleaños 80, del escritor colombiano, los 40 de haber escrito Cien Años de Soledad y los 25 de haber recibido el Nobel de Literatura. Mauro Zúñiga también presentó su libro El Chacal del General, en el marco de la feria, además de otros escritores como Edilia Camargo y su Hija del Capitán Cabuya.

Y, a propósito de España, la obra La Catedral del Mar, de Ildefonso Falcones, aunque publicada en el 2006, impactó nuestras librerías y puestos de venta positivamente, aunque tenga 670 páginas. Isabel Allende no se quedó atrás y nos regaló La Suma de los Días, elegantísimo re-make de sus historias personales, que se iniciaron en la cama de enferma de su hija Paula, hace más de 15 años. Federico Andahazi (argentino) volvió a la carga con un estupendo libro, El Conquistador. Más en lo trivial, pero seguro con más peso que Sin Tetas no hay Paraíso, Virginia Vallejo, una periodista colombiana que atravesó la experiencia de enamorarse de Pablo Escobar Gaviria, con todo lo que eso representa, lanzó su publicitado libro Amando a Pablo, Odiando a Escobar, donde ventila desde sus romances con los grandes magnates del mundo hasta la vinculación que el hoy presidente de Colombia se supone que tuvo con los capos del narcotráfico. Y, es que como ella misma escribe en algún momento, “Colombia es un país hostil y perdido en la anécdota” y “las mujeres representativas y educadas como princesa (igual que ella, supongo) no amaban a un hombre especial, porque fuera rico o pobre, ni para que le regalaran cosas, sino para hacerlas felices y protegerlas del mundo exterior”.

El círculo se completó al publicarse El silencio de Gaudí, la última novela de Juan David Morgan. Si bien se parece mucho a los temas tratados por Pérez Reverte en su Piel del Tambor (cura guapo, mujer atractiva y una catedral, pero en diferente localidad española), Morgan hace un despliegue de conocimientos sobre la historia de la religión, las relaciones de la Iglesia con la orden de los Jesuitas y la construcción de la Catedral de la Sagrada Familia en Barcelona, que entreteje magistralmente.

Excedra Books mantiene una constante actividad en las letras, tanto para círculos de lectores como tertulias y presentaciones de libros. Allí se estrenó En Nombre de Ellos, de José Chen Barría. El Hombre de la Mancha presentó en marzo la obra fotográfica de Nicolás Ardito Barletta, ex presidente de la República, y tuvo su par de rebajas excelentes para los amantes de los libros.