Los apellidos compuestos

Desde hace algunos años han estado en el ruedo público algunas figuras, mayormente masculinas, que ostentan apellidos compuestos y, la mayoría de las veces, acaban por ser nombrados por el segundo, que es el que correspondería en una primera instancia al apellido materno. El apellido se define como el nombre de una familia con que se distingue a las personas. En la mayoría de los países de habla hispana, cada persona suele tener dos apellidos derivados de la familia de su padre y madre (apellidos paternos y maternos, respectivamente), exceptuando a Argentina, por aquello de que ellos descienden de los barcos y de los italianos, no de los conquistadores españoles, donde se suele tener solo el apellido paterno, y el materno no se usa. Por tanto, la identificación o nombre de una persona en la tradición hispánica está compuesto de: nombre de pila (o simplemente nombre, pudiendo ser más de uno) – apellido paterno y apellido materno, ordenados por intercalación. Es decir, el primer apellido de una persona es el primer apellido de su padre, el segundo apellido de una persona es el primer apellido de su madre, el tercer apellido es el segundo apellido de su padre, el cuarto apellido es el segundo de su madre, etc. De esta forma una persona tiene tantos apellidos como quiera y éstos corresponden a los de sus antepasados. En el portugués se usa el mismo sistema, pero los apellidos se invierten (influencia que estuvo arraigada en las Islas Canarias varios siglos), mientras que en el resto del mundo solo se hereda el apellido paterno. En España, desde el 5 de noviembre de 1999, se puede elegir el orden de los apellidos tanto en el
momento de inscribir a una persona al nacer, condicionando el resto de inscripciones de hijos de los mismos padres, como podría ocurrir tras la mayoría de edad.

Los apellidos compuestos son aquellos a los que se les ha adherido dos o más linajes. Las razones a través de la historia son varias: en algunos casos se trata de familias nobles que quisieron colocar dos apellidos familiares, de la madre y el padre o de otro antecesor por ser ambos ilustres y para que no
se perdiera ninguno; en otros casos, también en familias nobles, la razón respondía a querer distinguirse cuando el nombre patronímico era el mismo, como en los numerosos compuestos que incorporan García, Pérez, Fernández, González, Álvarez o Rodríguez. En resumidas cuentas, unir apellidos era costumbre de la nobleza y de allí muchos plebeyos adhirieron dos apellidos, porque sonaba mejor y daba aspecto de noble. Probablemente por esa especie de neura nobiliaria que vivió la sociedad española, a partir del siglo XVI nació la costumbre de unir el apellido paterno con el materno, aunque el segundo no se heredara más allá de la segunda generación, a menos que se inscribiera el apellido para que pasara a otras generaciones. Esta costumbre, que sigue vigente en nuestros días, se hizo obligatoria a partir de 1870, con la ley del Registro Civil español, principalmente para evitar
confusiones entre individuos con el mismo nombre de pila y primer apellido. No tuvo óbice el deseo maternal de conservar el apellido materno, sino que se produjo, en un principio, por la vanidad de tener un apellido largo, rimbombante y más adelante por razones puramente burocráticas. En Québec,
los ciudadanos escogen mantener sus apellidos paterno y materno unidos por un guión.

Es así que el presidente Rodríguez Zapatero es nombrado simplemente como Zapatero, como si ocupara tal oficio. En Panamá, desde Nicolás Ardito Barletta (alias Nicky Barletta) no nos ha dejado de lado este afán de nobleza. Pérez Balladares (Balladares para muchos), González Revilla (Revilla mejor), Alemán Zubieta (Zubieta para casi todos) o Valdés Escoffery (éste último mencionado como Escoffery simplemente) y más recientemente Delgado Diamante (el ministro Diamante, como en una joyería) son apenas una muestra pública de apellidos compuestos. Algunos son debidamente registrados y se decía que la mamá del ‘Toro’ tenía que usar un papel legal a lo largo (en forma horizontal) para escribir su nombre (María Enriqueta González Revilla de Pérez Balladares). En Colombia, a pesar de usar los dos apellidos (especialmente los narco: Escobar Gaviria, Rodríguez Orejuela, etc.) se les conoce por su primer apellido.

Hay quienes con el prurito de denigrar utilizan los dos apellidos, como el caso del obsesivo señor Guevara Mann con el Dr. Ritter Domingo (así fue como me enteré de que ese era el segundo apellido del ilustre ex canciller) sin que éste último le conteste dirigiéndose a él mediante su apellido materno.
Otros, como los que dirigen el programa Convergencia, utilizan el primer apellido de la persona que se ha identificado como una figura importante en el devenir nacional y lo someten al trato de “Ernesto Pérez”, además de que insisten en llamarlo ‘licenciado’, como si el regateo de sus títulos
universitarios fuera a demeritar sus credenciales o ejecutorias, o como si fuera el caso de los seudoarquitectos, seudolicenciados y seudoprofesionales que dirigen la cámara legislativa.

Gracias a Dios mi hija se pone, por ahora, antes de casarse, Méndez-Sagel, para que se sepa qué pato hizo parir ese huevo y como vive en Montreal, lo une con un guión. Es posible que este afán nobiliario que nos alcanza hasta ahora sea una tendencia a querer reconocer los méritos de las madres, ojalá y así sea, y no solo para ostentar un apellido aparentemente importante. Al final, yo sería y a mucho orgullo Mariela Sagel Rosas, pero no me ofendería que me dijeran la señora Rosas, como si me denigraran. Así creen los mediocres de este país que lo hacen sentir a uno menos, porque a falta de juicios de valor les da por el descrédito personal.

Por sus hechos los conoceréis

El título es una frase plasmada en el Evangelio, que se traduce como que la estela de un individuo se construye a través de los actos y acciones que marcan su trayectoria y construyen su reputación, sea esta buena o mala. También se dice, en el argot popular, que aunque la mona se vista de seda, mona se queda, o que la mujer del César no solo tiene que serlo sino parecerlo. Estas alegorías toman aún más relevancia en los campos del accionar público, sea este político, religioso, social o de cualquier índole, donde el gran juzgador es el prójimo, porque una cosa es predicar y otra muy diferente practicar.

Hubo recientemente una campaña publicitaria donde se denunciaba el maltrato familiar tras una fachada de familia unida y apegada a “la moral y buenas costumbres” que tanto se pregona en la sociedad. Muchas veces los padres tienen una imagen de personas dedicadas delante de los demás, pero dentro del hogar son unos verdaderos tiranos. Otros, especialmente los hombres, sufren de misoginia, denigran a la esposa o las hijas y son auténticos dictadores en sus relaciones, tanto laborales como sociales. Irrespetan al género femenino, pero también muestran una fuerte inclinación a la infidelidad. Solamente acepten a la mujer como objeto de placer y no le dan su verdadero valor.

Otros actos que también deberían avergonzar a los que los practican son aquellos relacionados a la fe religiosa: se dice muy comúnmente que “a Dios rogando y con el mazo dando”, cuando una persona se la pasa metida en la Iglesia (sea cual sea su religión), participa de cuanta actividad esta organice, es muy rezadora, pero en casa o en su trabajo es insensible, grosera, peleona y hasta violenta. Cuántas personas vemos comulgando en la Iglesia Católica y tener amantes, tratar a su familia con desprecio y, en algunos casos, golpearlos. Puedo señalar a más de uno de los que van a las celebraciones religiosas arrepintiéndose de todo y apenas salen de las mismas destrozan desde la vestimenta hasta la reputación de las personas con las que se unieron en oración. La única vez que ingresé a un grupo de oración fue tan negativa la experiencia por la falsedad que encontré en algunos de los integrantes, la competencia para ser más “fashion” y la bochincheadera que se formaba, que me resultó insoportable continuar allí. Ni hablar de la doble moral que tienen incluso algunos guías espirituales,
sean sacerdotes o pastores o de otra índole.

Nadie debería crearse una imagen de defensor de los derechos humanos si ha abusado de ellos a través de sus acciones con sus afectos, por ejemplo, un marido maltratador e irresponsable con sus hijos, que escatima sus recursos al momento de darle a sus hijos. Tampoco se pueden dar golpes de pecho aquellos políticos que arengan a favor de los estratos populares, si pagan salarios de hambre en sus empresas, han hecho picardías para evadir el Fisco, solamente dan contratos por mes de 35 días y no quieren reconocer las licencias de maternidad, violando las leyes laborales. Hay que predicar con
el ejemplo. Si uno de estos políticos aficionados llegase al poder, seguirá haciendo con el país lo que hace con sus empresas.

Un esposo que no respeta a su mujer, no cuida de su madre, no es buen hijo, y encima, si ocurre un divorcio, es desapegado de la familia que creó y no los atiende, está destinado a repetir ese patrón una y otra vez con todas las mujeres que se le crucen en su vida, no importa lo enamorado que esté o
las promesas que haga. Un hombre que es adicto a los prostíbulos, que reconoce que esa inclinación ha sido la causa de sus fracasos matrimoniales, pero que “va a cambiar” no merece la pena ni de ser escuchado. Es un enfermo y como tal hay que tratarlo, no solamente mediante la palabra de Dios, sino
por un siquiatra o hasta medicamentos fuertes. Eso da cuenta de una conducta bipolar o peor aún, de un serio problema emocional.

Hace un par de años presenciamos estupefactos la muerte de una chica de dudosa reputación en medio de una especie de rutina que tienen los niños ricos para sacudirse del aparente aburrimiento que sufren sus matrimonios. Recientemente, vimos cómo el gobernador de Nueva York, que había sido casi
un Zar Anticorrupción, tuvo que renunciar a su puesto porque se le comprobó que era un adicto a las prostitutas y pagaba cuantiosas sumas de dinero por ese negocio. Con toda la invasión de las famosas el asunto en vez de mejorar, por cuenta de todas las campañas moralistas que han emprendido los pseudo moralistas, parece empeorar.

El destape de un escándalo de poligamia en el sur de Estados Unidos ha desatado toda una ola de condenas y estupor entre mucha gente. Al respecto me referiré en una futura entrega. Mientras tanto, revisemos nuestros hechos y acciones, lo que predicamos y lo que practicamos, a todos los niveles, especialmente para adoptar la transparencia en todas nuestras ejecutorias para que no se nos juzgue por mentirosos ni por estar rogando y con el mazo dando. La mentira tiene patas cortas, es algo que deberíamos siempre recordar.