El edificio de la Biblioteca Nacional

Mi artículo de la semana pasada causó tal revuelo que me toca hacer este segundo para enmendar algunos entuertos creados por mi infinita ignorancia, por la falta de espacio que ofrecen las páginas de opinión (y eso que aquí en La Estrella puedo escribir largo, como me gusta) y porque mi intención era preparar el terreno para que la Fundación Biblioteca Nacional lance su campaña para recaudar fondos para una muy necesitada expansión. Es pertinente, entonces, referirme al espacio que alberga a esa valiosa institución.

Lo primero que quiero resaltar es que la idea de hacer ese edificio en donde está actualmente surgió en la época del gobierno militar de Omar Torrijos. Siendo presidente de la República el Dr. Aristides Royo, después del repliegue del general, se iniciaron las gestiones para mudar el patrimonio de la biblioteca a un edificio cónsono con las necesidades de una institución moderna. Mi muy recordado profesor y arquitecto, Raúl R. Rodríguez Porcell, donó los planos para el edificio. Me señaló el Ing. Luis H. Moreno, que el interés del Dr. Royo en la función y la importancia de la biblioteca se manifestó desde que el primero era ministro de Educación, (1976-1978) y de su propia vinculación (la de Moreno) cuando apenas era un estudiante de secundaria y luego de salir de sus clases en La Salle se iba a la biblioteca, que aparentemente estaba donde hoy funciona la Presidencia. El decreto que establece el nombre de Ernesto J. Castillero para la biblioteca, que entonces funcionaba enfrente de la Asamblea Nacional, fue firmado siendo presidente Aristides Royo y su ministra de Educación, Susana Richa de Torrijos.

Luego de la forzada salida del Dr. Royo de la Presidencia, el proyecto fue abandonado por un tiempo, con planos donados incluidos, y tocó al entonces presidente Manuel Solís Palma inaugurarlo en 1987, otorgándole a doña Vilma Sánchez de Royo el reconocimiento que merecía su hijo por haber iniciado esta cruzada. Pero el esquema no funcionaba como estaba planteado, siendo una dependencia más del gobierno, expuesta a los vaivenes de la política, que a fines de la década del 80 se puso color de hormiga.

Cuando se crea la fundación, como resultado de la recomendación de una comisión que estudió la infraestructura y patrimonio que esta contenía, los arquitectos Marcelo Narbona y Ricardo J. Bermúdez hicieron adecuaciones al diseño original del Arq. Rodríguez Porcell y recibieron incluso la consultoría de una arquitecta especialista en diseño de bibliotecas, Elvira Muñoz, quien vino de Venezuela con este propósito. Al igual que mi insigne profesor, ya fallecido, los arquitectos Narbona y Bermúdez donaron su trabajo intelectual para adecuar las instalaciones a lo que gozamos hoy: un edificio moderno, en medio de un solaz y un verdor único, con colores y facilidades especialmente pensados para la labor que lleva a cabo. Aquella concepción de que quedaba apartada ha sido totalmente desvirtuada por el incremento mes a mes y año a año de visitantes que tiene la Biblioteca Nacional. Entiendo que el nombre que se le dio a la biblioteca también ha creado algún escozor, porque fue la decisión de un presidente de tránsito, como los tantos que tuvimos en los 80, pero lo que sí me consta es que la fundación se llama solo Biblioteca Nacional, que es lo que importa. En todo caso, y como lo he mencionado en muchos artículos y discursos, lo importante no es quién lo hace, sino qué queda.

Como la vida te da sorpresas, como dice la canción, le tocó a Mireya Moscoso inaugurar la nueva infraestructura de la Biblioteca Nacional y, por supuesto, no invitó a quien tuvo la iniciativa de dejársela a una fundación para que la administrara admirablemente y mucho menos hizo mención de todos los actores que participaron en la gestación de esta ejemplar institución del saber. Pero nunca es tarde para reconocerles su aporte y valor.

Uno de los tantos correos que recibí como comentario a mi artículo fue la de un amigo de Los Angeles, que me mencionó al arquitecto Christoph Kapeller, austríaco, quien diseñó la Biblioteca de Alejandría, en Egipto. Ese solo ícono le dio mucha fama, ya que obtuvo el encargo gracias a un concurso que organizó la ONU. Me sugiere mi amigo que ahora que tendremos un museo como el anunciado de la Biodiversidad (con todos sus secretismos y misterios), que lleva la rúbrica de Frank Ghery, sería extraordinario que un arquitecto de la estatura de Kapeller aportara al engrandecimiento de la urbe capitalina, que además brinde oportunidades de aprendizaje y no más malls donde los hombres van a echarle un ojo a las chicas extranjeras que pasean sus traseros impunemente y sin comprar nada, sus mujeres se empeñan para tener el último grito de la moda y los niños compiten para tener el Gadget que les dará una ubicación privilegiada en su grupo de amigos.

Como honrar honra, hago un reconocimiento especial a los gestores iniciales de la biblioteca, a los ejecutores y sobre todo, a los que llevan ejemplarmente la Fundación actualmente, empezando por la Junta Directiva y que ahora, más que nunca, van a necesitar del apoyo de todos los panameños, especialmente de los políticos. Podrían empezar todos sus protagonistas con firmar un cheque para iniciar la ampliación de la Biblioteca Nacional.

La Biblioteca Nacional

El pasado 11 de julio se cumplieron 66 años de la fundación de la Biblioteca Nacional, que lleva el nombre de Ernesto J. Castillero y que está ubicada en el Parque Omar, en una estructura de cuatro pisos que ocupa desde 1987. Esta institución, ahora felizmente regentada por una fundación, es la regidora de los circuitos de bibliotecas existentes en el país, y del sistema bibliotecario nacional y a través de él se nutren estos importantes centros de consulta, estudio y aprendizaje.

Su inauguración se dio el 11 de julio de 1942, bajo la presidencia de don Ricardo Adolfo De La Guardia y siendo su ministro de Educación, Víctor Florencio Goytía. Debido a que Panamá siempre entra tarde en lo que a educación se refiere, nuestra biblioteca se estableció cuando ya casi todos los países del orbe tenían una institución similar. Empezó en 1892 como la Biblioteca Colón y ésta prestó servicios hasta 1941, cuando por problemas presupuestarios del municipio, cerró sus puertas. Afortunadamente, su acervo existente fue la semilla de la colección de la Biblioteca Nacional que hoy existe, un total de apenas 10 mil libros.

En el año 1996, por iniciativa del doctor Ernesto Pérez Balladares, presidente de la República, se creó la Fundación Biblioteca Nacional, con el propósito de promover la creación de una entidad moderna, completa, a la altura de nuestras necesidades, que llenara un vacío y nos hiciera sentir partícipes del conocimiento. Se inició así la hoy dinámica Biblioteca Nacional de Panamá y una red totalmente automatizada de bibliotecas públicas. La fundación trabaja para rescatar la Memoria Nacional, salvaguardar la producción intelectual de los panameños, automatizar los procesos y servicios bibliotecarios, tanto de la Biblioteca Nacional, así como de la red de bibliotecas públicas adscritas a la misma.

Una de las innovaciones que en estos 12 años de existencia y administración de parte de la fundación se considera un logro inapreciable es la implementación del uso del Sistema ISBN (International Standard Book Number o Número Internacional Normalizado para Libros), que fue concebido con el
fin de proporcionar un código único de identificación para todos los libros publicados y manejar el intercambio de información en todos aquellos sectores que de una u otra forma participan del comercio de libros.

La Agencia Nacional de ISBN asigna a cada editor el prefijo correspondiente sobre la base de las estimaciones de la producción anual de cada editor.

Cada vez que un editor va a publicar un artículo debe enviar todos los datos a la agencia y se le asigna el número correspondiente a ese único libro y a esa única edición. Los números son generados automáticamente y tanto los auditores como la agencia llevan un control de los números asignados. En el programa participan tanto los editores oficiales como privados. El uso del ISBN se hizo obligatorio a partir del decreto No.26 del 5 de febrero de 1997 y gracias a ello, Panamá ya está integrado en esa materia a la red mundial.

Actualmente la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero ocupa unos 4,000 metros cuadrados en cuatro pisos de salas de consultas, salas de uso múltiple, y otros espacios. Se ha convertido, gracias a la dinámica de las actividades culturales que se dan en nuestra capital, en un lugar donde confluyen muchas manifestaciones artísticas, y es visita obligada para panameños y extranjeros. Se han realizado exposiciones de arte, conciertos, presentaciones de libros y hasta fiestas elegantísimas, como la que se
organizó en el año 2005, cuando se conmemoró en todo el mundo los 400 años de la publicación de El Quijote.

El capital semilla que le dio el Gobierno Nacional a la fundación ha cumplido con sus propósitos, y gracias al respaldo de todos los que somos Amigos de la Biblioteca, donaciones de empresas privadas, apoyo logístico del gobierno y el dinero recaudado mediante las actividades que se realizan, su manejo y proyectos han sido posibles. Tal como ha sido el caso con la Fundación Ciudad del Saber y la Fundación Museo del Canal Interoceánico, el gobierno de Pérez Balladares tuvo una visión de luces largas para que el acervo cultural de toda una nación no se perdiera por limitaciones presupuestarias y se enriqueciera gracias al trabajo desprendido de personas prestantes de la sociedad que ven más allá de un nombramiento gubernamental. Ven un país que debe preservar su memoria.

Cumpliendo en su aniversario y con el cometido para la que fue fundada, la Biblioteca Nacional se aboca ahora a una gran expansión que le permita albergar la abundante hemeroteca que allí reposa, y que data en algunos casos de 1863. En la actualidad, esa valiosa colección de diarios, periódicos, revistas, memorias y demás publicaciones ocupa casi 1,200 metros cuadrados y crece día a día, porque recibe a diario ejemplares de todos los periódicos nacionales.

Aún cuando recientemente quedó demostrado que muchas personas no saben qué es una hemeroteca, este servicio es el más utilizado en la actual infraestructura de la Biblioteca Nacional, y sus consultas ascienden a 120 mil anuales, un 60% por ciento de las consultas de todo el engranaje bibliotecario. Para conservarla y albergarla en forma cónsona con el servicio que presta, es necesario agregarle por lo menos 1,400 metros cuadrados para depósitos y otros 1,400 para espacios como sala de lectura,
de exhibiciones, de conferencia, se conservación, digitalización, mapoteca, áreas para sistemas especiales, carga y descarga. Esta imperiosa necesidad debería quedar plasmada en los planes de gobierno de todos los candidatos a presidente, los aspirantes a alcaldes y los representantes de corregimiento (en casi todos los corregimientos hay bibliotecas y si no las hay, es imperioso crearlas y acostumbrar a los habitantes a usarlas). Sería importante que cada una de estas personas que se comprometen en público por mejorar la calidad de vida de los panameños se familiarizara con sus
servicios para que los incluyan en sus programas de trabajo.

Una película que enaltece lo que debe ser un orgullo para muchas ciudades es la reciente cinta El Sexo y la Ciudad, donde Carrie Bradshaw escoge como el escenario para su boda la Biblioteca Pública de New York, uno de los más impresionantes edificios que tiene esa urbe y en el cual se han escenificado
importantes eventos. Los panameños debemos emular a los residentes de otras ciudades, donde los espacios dedicados a los libros son centro de glamour, elegancia y sobre todo, sabiduría.

-Una hemeroteca es el edificio, sala o biblioteca donde se guardan, ordenan, conservan diarios, revistas y otras publicaciones periódicas de prensa escrita, archivados para su consulta.