Deleznables y otras exquisiteces

Las muletillas y demás vicios del lenguaje que vemos y escuchamos a diario no me dejan a veces dormir en paz. Algunas personas que saltan en los micrófonos, como si fuera su único momento de fama, dicen cosas que la mayoría de las veces dan repugnancia.

En el programa Sobre Ruedas , a propósito o sin él, Fernando Correa dijo que era “deleznable” la conducta de algunos candidatos de la actual campaña electoral. Claro, Fernando une a su ya considerable acervo la influencia de su culta esposa Mónica, pero los churumbelitos que lo acompañan en ese divertido programa le preguntaron qué quería decir con esa palabrita. Sin querer emular a Rafael Candanedo, aporto a su campaña de mejorar el lenguaje con la definición, “deleznable” es aquello que es despreciable. Igual, pero a la inversa escuché un exabrupto en un programa de comentarios. Alguien se refería a la caravana que hoy se está dando en la ciudad de Panamá como que la anterior había ocurrido con “desasosiego”, queriendo decir que había transcurrido sin percances, cuando el significado de la palabrita es precisamente lo contrario — inquietud, intranquilidad —. A veces, por querernos tirar de cultos, usamos los términos incorrectos. Un ingrato funcionario de la pasada administración usaba una muletilla cada cinco minutos, y que era “digamos”. Como ese, hay montones que dicen “digo”, “cómo se llama eso”, “qué le iba a decir” y otras tantas que los que las percibimos queremos matarlos.

Algo que no puedo aguantar y muchas veces corrijo, siendo mis críticas recibidas con cierta acritud, es el “hubieron”, cuando el verbo “haber” debe decir en pretérito perfecto simple “hubo”. Es tan molesto escuchar ese término a todos los niveles, en los programas y hasta de parte de los más connotados exponentes de la cultura local, que se me revuelve el estómago y me muerdo la lengua (algunas veces) por no señalar el horror garrafal que se está cometiendo. “Hubieron” se usa en los casos al que le sigue una acción, como “hubieron comido” — pero así no hablamos en Panamá —, más no se emplea para denotar la presencia o existencia de personas o cosas, pues con este valor “haber” es impersonal y, como tal, carece de sujeto (el elemento nominal que aparece junto al verbo es el complemento directo) y se usa solo en tercera persona del singular.

Todo esto viene de la mano de los flamantes funcionarios que nos representan en los diferentes órganos del Estado. Son las personas que a diario toman un micrófono y creen hacer cátedra con sus aseveraciones. La Academia Panameña de la Lengua debería imponerles una multa por maltrato al precioso y rico idioma Español. De la misma manera, los medios deberían ser estrictos y adoptar una actitud docente para que no se siga usando mal el Español, especialmente por los que se convierten en los vasos comunicantes de la pluma escrita y hablada. Uno puedo ser malhablado en lo personal y la intimidad, pero ante unos micrófonos o mediante una pluma y el ejercicio de transmitir sus ideas, debe buscar la excelencia. ¿Pero qué se puede esperar de un ex animador de un programa tan deleznable como La Cáscara, o de un gordo que no cabe ni en su pancarta de publicidad y solo va a la Asamblea el día que se instala? Entiendo que son los representantes de segmentos de la población que no son tan siúticos como podemos ser los culturosos, pero uno tiene que ir haciendo camino al andar. Eso es, por lo menos, lo que yo trato de hacer cada domingo en este espacio.