Las elecciones de los millones

En 1994 escribí un artículo titulado “Las Elecciones de la Salsa”, que publicó Álvaro Vargas Llosa en el Nuevo Herald , de Miami, el día antes de las elecciones de ese año por la prohibición de escribir, en medios locales, temas referentes a la campaña que estaba a punto de culminar. He tratado de buscar un título cónsono a lo que está pasando en este año —que parece un siglo— electoral, pero no se me ocurre más nada que referirme a los millones de dólares que se han invertido a todos los niveles y los tres millones de panameños que escogeremos cuál será nuestro destino de acuerdo al voto que emitiremos el 3 de mayo.

Si analizamos lo que ha representado el impacto de las campañas en sus diferentes variantes, mucha gente se ha beneficiado por el gasto —o inversión, como lo quieran ver los candidatos— en este torneo electoral. Las imprentas, los pega-afiches y banderolas, los caminantes, segmentadores, voceros y hasta los llamados analistas y politólogos, han hecho su agosto. Igual los maquilladores, los peluqueros, tiendas de ropa y hasta los aficionados al photoshop.

Esto ha movido la economía nacional y ha sido causa de que la misma no se haya visto afectada por el coletazo de la crisis mundial. La lista de personas, sobre todo de bajos recursos (chicheros, vendedores de carne en palito, raspa’o, quioscos y otros) que han recibido el beneficio del público es alentadora y todavía no termina, porque faltan los cierres de campaña. Los hoteles, centros de reunión y restaurantes, desde los más paupérrimos, también han tenido sus buenos ingresos, aunque sirvieran pan con pan y rebanada de aire.

Tantas conferencias de prensa, capacitaciones y reuniones, anuncios de tránsfugas que se creen que son lo máximo, dejaron su beneficio, para los meseros, cocineros y al final de la cadena de comercialización, a los productores, los intermediarios y hasta a los supermercados.

De lo que se ha abusado es de la propaganda mediática, o sea, la que se difunde a través de los medios de comunicación. Al final, seguramente los conglomerados televisivos y las agencias de publicidad —y los que dependen de ellas— van a tener su mejor temporada, porque es obligante que todas las pautas publicitarias se paguen por delante y al contado.

Lamentablemente, la creatividad no ha ido de la mano de la inversión publicitaria. Si debemos catalogar la orientación que han tenido algunas campañas no se les puede decir ni de sucias ni de negativas, sino de asquerosas y deplorables. Lo peor ha sido la abierta toma de partido de los directores de algunos medios, que han mandado la imparcialidad para “allá mismo” (aunque la palabra “carajo” esté en el DRAE), y a través de glositas y fundaciones que inflan a personajes que no llegarían ni a merecer ser leídos y mucho menos invitados a programas de opinión, pretenden orientar a la población.

En fin, sobrevivimos a tanta inmundicia, pero eso no nos garantiza que hayamos crecido como nación, sino por el contrario, hemos retrocedido en el civismo y la educación que deberíamos ostentar paralelo al crecimiento de la economía y del PIB. Algo tan vergonzoso como hacer una alianza en la residencia de la embajadora de los Estados Unidos y el bochorno de un partido que se vendió (el otro no lo compró), debería hacernos recapacitar sobre qué queremos para nuestra descendencia. No dejemos que la tirria obnubile nuestra decisión. Todavía tenemos muchas tareas pendientes.

El Canal en la mira

Todavía están vigentes los comentarios que vertimos los aficionados a expresar nuestras opiniones, durante la batalla campal que libramos para la aprobación del referéndum de la ampliación del Canal. Se iniciaron los trabajos y las licitaciones y asignaciones de obras se han realizado con transparencia, puntualidad y bajo un estricto calendario. Y ahora a alguien se le ha ocurrido hacer los cierres de campaña en las áreas aledañas al edificio de la Administración, en las faldas del Cerro Ancón.

Varias razones están en contra de esta aberración: Frente al Edificio, bajando esa colina donde celebramos jubilosos la transferencia a manos panameñas del manejo del Canal, está el boulevard El Prado, donde se encuentran las oficinas legales y de auditoría, al igual que las del medio ambiente, agua y tecnología, cuyas operaciones se verían afectadas por una concentración de tal magnitud. El Centro de Control de Tráfico Marítimo y de Asignación de Pilotos también está en el área, en dirección del Círculo Stevens, erigido en honor de uno de los constructores de esa obra. Es una calle con rotonda, frente al Teatro Balboa, que no permite otra cosa que dar la vuelta.

En cuanto a accesos, el área es vital para la salida y entrada a la ciudad capital, especialmente para los residentes de las ciudades dormitorios de Arraiján y Chorrera. Una concentración masiva puede provocar alteraciones en las operaciones del puerto de Balboa y obstruir el cono de aproximación que debe mantenerse a la pista del aeropuerto de Albrook, y las áreas circundantes no son suficientes para albergar a la cantidad de gente que cada campaña piensa movilizar. Se calcula que en total caben unas 25,000 personas, y las aspiraciones de las dos campañas —el señor Endara la va a hacer mirándonos a la cara— adelantan un mínimo de 250,000 asistentes.

El título constitucional del Canal, además de su neutralidad y el mantenerlo alejado de la política, exige que sus operaciones no se vean afectadas por ninguna circunstancia, menos por una concentración política. ¿Qué imagen daremos al mundo, que tiene su mira puesta en este valioso activo panameño, la empresa más grande e importante que tiene la República de Panamá, si se cierra por una concentración política? Es como si en los próximos carnavales se le ocurriera a la junta de carnaval hacer culecos en las esclusas.

En los casi diez años que el Canal de Panamá ha estado administrado por profesionales panameños, su manejo ha sido un ejemplo de eficiencia y ha probado que su modelo de negocios es el más rentable. La ampliación va a potenciar ese recurso en el que todos los ojos del mundo están puestos. Los pronósticos de la afectación que puede recibir Panamá por la crisis mundial se ven amortiguados, en gran medida, por las obras ya emprendidas. Un uso inadecuado de esas áreas sería como escupir en la olla que nos alimenta. Ya se han agredido suficiente las áreas que deben preservarse, especialmente con la construcción del esperpento de monumento a Arnulfo Arias, que fue el que debieron haberse robado, en vez del de los pela’os. Para hacer ese mamotreto se cortó el árbol que sembró el presidente Roosevelt cuando inauguró el canal transístmico.

Ojalá el Tribunal Electoral no permita este despropósito. Los panameños debemos defender a toda costa tres cosas: el Canal, la democracia y el dólar. Que los cierres de campaña sean en otros lugares alejados de un área tan sensitiva como ésta.