De la publicidad y propaganda

MARIELA SAGEL*

La biografía que a Gerald Martin le tomó 19 años completar, sobre la vida fascinante de Gabriel García Márquez, y que está a la venta desde fines del año pasado, Una Vida , revela detalles del Nobel colombiano que yo, en mi infinita ignorancia, desconocía.

Por ejemplo, que Gabito había trabajado en las agencias de publicidad Walter Thompsom, Stanton, Pritchard y Wood y también en McCann Erickson, que fue mi escuelita en el tema, porque fui su gerente en los años ”90. No duda en señalar el biógrafo que la experiencia vivida por Gabo le ayudó a entender la fama, a pensar acerca de la representación de uno mismo, a crear una imagen personal con sello propio y a saber gestionarla. “ Y, más irónico si cabe, esta formación temprana en el mundo de la publicidad y las relaciones públicas le permitiría vivir sus contradicciones políticas en público sin que los hostiles comentaristas estadounidenses lograran realmente dañarle en las décadas venideras ”.

Esto viene a colación por la reciente controversia que ha suscitado la aparente contratación, sin que haya mediado concurso o licitación para otorgarla, — dicho por el propio presidente de la República —, de un millón de dólares en cuñas para los dos grupos más poderosos de televisión y que ha levantado múltiples comentarios y amargos reclamos por parte de los medios que no se han visto favorecidos. Tal como me decía una especialista en el tema, en el campo de la publicidad los concursos no se pueden hacer en base a precio, porque de ser así, un folletín manuscrito, una radio en clave morse y una televisión que solo tenga cobertura en un distrito se adjudicarían el jamón del dinero que tiene destinado el Estado para divulgación de sus mensajes, sino en base a cobertura, a calidad de los contenidos y sobre todo, a comprensión de los hábitos de consumo que tenga la población.

Pero hay un recurso más poderoso que la misma publicidad y que, desde los tiempos del nazismo, ha sido utilizado con gran éxito por todos aquellos que saben, como García Márquez, gestionar no solo su propia imagen, sino aquella de las personas a las que se quiere enaltecer y, más comúnmente, perjudicar. Se ha repetido hasta la saciedad lo que Joseph Goebbels aplicó con gran éxito: que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Ministro de Propaganda de la Alemania de Hitler, su función consistía en controlar todos los medios, la radio, televisión, cine, literatura, etc. Así mismo debía impedir que saliera a la luz la información del exterior. Era también el encargado de promocionar o hacer públicos los avisos del gobierno y usó mucho lo que hoy en día se conoce como el marketing social , ensalzando muchos sentimientos de orgullo, promoviendo odios y convenciendo a las masas de cosas muy alejadas de la realidad.

Tal parece que ciertos medios han adoptado esta técnica y la han venido aplicando con éxito, especialmente para aquellos titulares que, siendo manipulados, hacen que la gente, como en los tiempos del Nuevo Testamento, prefiera a Barrabás sobre Jesús. No se explica la reacción del Ejecutivo frente a las críticas que se hacen de cómo se asigna la publicidad estatal, porque lo que se criticó en campaña, ahora se hace flagrantemente y, además, con desparpajo y hasta con amenazas. El énfasis en las “ barrabasadas ” que adoptan los díscolos encargados de hacer justicia es más destacado que las verdades que se dan tras los acontecimientos que afectan, no solo la imagen del país, como es la de la cacareada seguridad jurídica que está a punto de ser también, como con Goebbels, totalmente controlada.

Me queda de tarea mirar cómo se hicieron las contrataciones de años anteriores en cuanto a publicidad se refiere y, al respecto, tengo algunos datos precisos que arrojan las disparatadas pautas que se le daban a los medios que apenas circulaban en el quinquenio 1999-2004. A lo que vemos ahora son vallas anónimas que dicen que “ Ahora le toca al pueblo ” y, sin embargo, ese pueblo parece haberse reducido a un privilegiado grupo.