Al oído del Ministro de Seguridad

MARIELA SAGEL
marielasagel@gmail.com

La gran preocupación que tiene la población tanto a nivel de la capital como en el interior es la seguridad. Y por más proclamas que se hacen, no se ha mejorado en nada en los últimos meses por una sencilla razón: no se ataca el problema desde la raíz.

Gracias a las estadísticas que estrictamente lleva el Ministerio de Gobierno, uno entiende que desde hace más de diez años la delincuencia común ha dado paso a la delincuencia organizada, que es la que trae consigo el tráfico de drogas, el lavado de dinero, la prostitución clandestina, el trasiego de armas, el terrorismo y las ejecuciones; escenarios donde los carteles de drogas rivales se lucen en nuestro país.

La delincuencia común es la que lidia con los robos, hurtos y asesinatos por celos, que no deja de preocupar, pero lo que realmente hiere los corazones de la población panameña es la proliferación de las bandas, la incursión en ellas de jóvenes que de otra forma serían prometedores profesionales o al menos técnicos de alguna destreza. Otra de las estadísticas que alarma es la gran cantidad de indocumentados ilegales que se ha incrementado en el país, y así todavía el Presidente está ofreciendo alegremente con el mandatario que se tropiece legalizarle sus nacionales y suprimir visados y pasaportes.

A fines del año 2008, un grupo de destacados profesionales con vasta experiencia en temas de seguridad hicimos un trabajo (aunque no soy experta, me tocó participar en el grupo) que analizaba cómo había sido el desarrollo del asunto desde que los gringos se fueron de las bases. Este documento cobra más vigencia ahora que estamos actualizando las estadísticas y notamos con gran alarma que en vez de disminuir, la delincuencia organizada ha ido en incremento. Este análisis incluyó también el aspecto sensitivo de la inmigración.

Ante la inminencia de que se decrete la “ley zanahoria” (a pesar de que le toque el bolsillo al vicepresidente por ser productor de alcohol) y el nacimiento de un Ministerio de Seguridad, hago un llamado para que se tomen en cuenta a todos los grupos de la sociedad, independiente del partido que seamos, para aportar a la solución de un flagelo que amenaza no solo a las familias panameñas, sino también la perspectiva que, como país, tiene la inversión extranjera y lo frágil que es la misma cuando no se le garantiza el mínimo de seguridad a sus visitantes.

El problema es de todos, no solo de una gestión de gobierno. Se han dado pasos decididos en la dirección correcta, un poco tarde, pero válidos. Hay que empujar, que es mejor que arrear, como dicen nuestros queridos vecinos colombianos.

Lo que Varguitas no dijo

La otra cara de la moneda

Tal como alguna vez sentenció Antonio Machado, el poeta español representante de lo que se llamó la generación del 98 y epítome del modernismo en su época: Tu verdad no; la verdad / y ven conmigo a buscarla. /La tuya, guárdatela, siempre tuve la curiosidad de leer el libro “Lo que Varguitas no dijo”, cuya autora es Julia Urquidi, la primera esposa de Mario Vargas Llosa, hermana de una tía política de éste y con quien se casó cuando el escribidor (como le gusta a él llamar a todos los que considera escritores de segunda categoría) tenía 19 años y ella 29. Y justo me llegó el libro, tras una pesquisa implacable por Bolivia, de donde era oriunda la señora Urquidi,-para más precisión, de Cochabamba- gracias a los buenos oficios de la familia política de mi hija, el día que se anunció el fallecimiento de la autora, a los 84 años de edad, en Santa Cruz.

El libro en mención -editado supongo que en muy pocos ejemplares porque es difícil ubicarlo, por la Editorial Khana Cruz en La Paz, Bolivia, en 1983, y de apenas 304 páginas- es una respuesta visceral al que el autor de La Ciudad y los Perrosle dedicara, La Tía Julia y el Escribidoren 1977 y cuya dedicatoria reza “A Julia Urquidi Illanes, a quien tanto debemos yo y esta novela” cuando ya Vargas Llosa se había casado con la prima hermana y sobrina carnal de Julia Urquidi, Patricia Llosa (hija de una hermana de Julia, para mayores referencias).

El libro en sí no tiene, en mi humilde opinión, mayor valor literario que el de arrojar luces sobre los inicios del escritor peruano y las inmensas barreras que tuvo que sortear para llegar a ser primero publicado y luego conocido en el mundo literario, con todas las limitaciones económicas y los sacrificios que ello implicó. Su valiosa amistad con Jorge Edwards, Octavio Paz, Carlos Fuentes y Julio Cortázar y otros que hoy día son autores conocidísimos y todas las consecuencias que el hecho de haber “seducido” a su sobrino y casarlo le trajo a la señora Urquidi, especialmente de parte de la familia Vargas.

La lectura del libro es entretenida pero desordenada, se nota que no hubo la intervención de un editor en el proceso, puesto que se lee como quien escucha una cháchara interminable. Hay mucha amargura y saña en todo lo que dice la señora Urquidi y es de entender: ella fue el apoyo del novel escritor y tuvo que hacer ingentes sacrificios para que saliera adelante, y tal como ella lo explica, él le comunicó -mediante una carta- que la dejaba por su sobrina.

El libro destila despecho y relata la época en la que ambos vivieron, primero en París y después en Madrid; ahonda en las permanentes crisis que tuvo esa relación de pareja y la acogida que le dieron a las sobrinas de Julia, Wandita y Patricia, y el profundo dolor que les causó primero la pérdida en un accidente de aviación de Wandita y luego la “traición” de Patricia. Sin embargo, sí rezuma en apoyo hacia los inicios de un escritor que hoy es admirado y venerado por muchos y los inmensos esfuerzos que tuvo que hacer “la tía Julia” para que un descorazonado Vargas Llosa no desistiera de perseguir la fama que finalmente le llegó, y con creces. Es probable que sin el apoyo de su primera esposa, sin su permanente compañía y entusiasmo y el amor que ella le profesó, Varguitas no hubiera dejado de ser un escribidor y no se hubiera convertido en escritor.

Julia Urquidi se tomó el trabajo de publicar las cartas que Vargas Llosa le escribió y en las que lo muestra egoísta, mezquino y hasta cruel, y lo desnuda ante sus lectores y seguidores. La señora Urquidi, después de esa durísima ruptura, volvió a casarse y vivió un tiempo en la capital estadounidense y según entiendo, se divorció por tercera vez, terminando sus días en su patria natal. Se le recuerda como una mujer muy culta y muy bien relacionada en la estrecha sociedad boliviana.

La vida de la tía Julia repite el patrón de muchas mujeres que fueron soporte y baluarte de sus compañeros en sus inicios y después, como si fueran desechables, las cambiaron por otra. Algunas veces le reconocen ese apoyo que les permitió llegar a ser lo que son, o a publicar lo que tenían en ciernes. En la mayoría de los casos, prevalece la mezquindad. Y es doloroso que no se le reconozcan los sacrificios que hizo. Espero que la tía Julia haya muerto con la tranquilidad de sentirse, en cierta forma, resarcida por todos sus esfuerzos.