Un buen cambio para Colombia

 MARIELA SAGEL
31 de Mayo de 2010, El Siglo

A estas alturas ya se habrán cerrado las urnas que contenían los votos depositados por los colombianos en las elecciones presidenciales de ayer. Debió haber ocurrido uno de dos escenarios: un empate técnico entre Juan Manuel Santos y Antanas Mockus o este último se convirtió en el próximo presidente de ese país.

Para los improvisados Mockus les parecerá un payaso, o como dijo Álvaro Vargas Llosa, a Colombia se le aflojó un tornillo. Fue dos veces alcalde de la ciudad más peligrosa, la capital, y logró cambiarle la actitud a la gente, convirtiéndola en una ciudad segura y amable, no agresiva, donde todo el mundo despliega buenas maneras. Es un matemático y filósofo de origen lituano, que cultiva la cultura de paz, pero no de la boca para afuera.

Antanas Mockus ha basado su campaña en algo tan básico como urgente para todos nuestros países: la educación como fundamento del desarrollo y la obediencia a las leyes, o lo que él llama “la legalidad democrática”. En apenas unas pocas semanas saltó de un penúltimo lugar de preferencias a disputarle el puesto al delfín del todopoderoso Álvaro Uribe, presidente saliente, cuya tónica ha sido el autoritarismo y el entreguismo total a los dictados de los gringos.

Muchos dirán que los locos están de moda. Mockus no tuvo que saltar de cama en cama en un carnaval para llegar a ser candidato a presidente; posee un planteamiento coherente y tiene propuestas concretas y racionales para un país tan lleno de riquezas como herido de muerte por la cultura del narcotráfico. Hace apenas unos años, cuando hacía otro doctorado en la Universidad de Harvard, lo señalaron como el más fiel seguidor de Josef Habermas, filósofo alemán para quien la razón es el componente primario de la comunicación.

Los seguidores de Santos mantienen las posiciones guerreras de Uribe. Los de Mockus apuestan a las teorías filosóficas y morales. Sus símbolos no son un fusil sino un lápiz (educación) y un girasol (la paz). Es un seguidor fiel de Jean Piaget, quien cree que hay una moral incipiente e infantil que está regida por el miedo y el castigo, que deviene en la corrupción administrativa. Pero también existe una moral superior, que muy pocos adultos acatan o siquiera se percatan de ella, pero la viven. Por ejemplo, uno no va al Súper 99 a robar porque sabe que hay cámaras que vigilan que esto no suceda. Los políticos deben regirse por esa moral superior.

Santos, como títere de Uribe, se dirige al niño asustado, Mockus al hombre racional. Uribe es un animal político, Mockus uno racional. Al primero lo mueve el poder, al segundo los principios.

Yo estoy muy ansiosa de ver cómo Mockus, así como le dio la vuelta a Bogotá, le da la vuelta a su país y, como consecuencia, a toda el área, incluyéndonos a nosotros, los panameños.

Licencia para hablar

MARIELA SAGEL
24 de Mayo 2010, El Siglo

Érase una vez un país donde quien quería hacer uso de la palabra por las
ondas hertzianas, debía tener una licencia de locutor. No sé de cuándo se
estableció esa norma, pero lo que sí recuerdo es que en 1983 me inscribí en
un curso que dictaba el Ministerio de Gobierno y Justicia que, además de
teórico (recuerdo que el admirado amigo Lloyd O”Meally expuso sobre cómo se
transmitían de torre a torre las transmisiones radiofónicas), también era
práctico. Como resultado de eso obtuve una licencia de locutora, la que he
ido renovando a medida que se iba venciendo y cuando aún estaba la Dirección
de Medios de Comunicación en el Ministerio, sin usar ninguna influencia, la
volví a renovar. Esa dirección, durante mi gestión, pasó al entonces Ente
Regulador de los Servicios Públicos, hoy Autoridad de los Servicios
Públicos, y la última vez que renové la misma, en el 2005, me fue expedida
sin fecha de expiración.

Esas licencias eran obligatorias para tener programas de radio y televisión
y, sobre todo, para hacer comerciales o cuñas que se transmiten a través de
esos medios. Muchas personas han hecho muy buena plata prestando sus voces
para los avisos de radio, ya que por una cuña de 30 segundos se llegaba a
pagar hasta $200 en mi época de publicista.

Entiendo que ahora tal requisito no es obligatorio y cualquiera que tenga
acceso a un micrófono puede hablar sin que se le obligue a tener el permiso
mencionado y los únicos que por ley deben tener la licencia de locutor son
los que hacen las cuñas comerciales.

También existió una vez un país donde una asociación de artistas estaba
pendiente a que los que se denominaban como tales cotizaran, y no se les
pasaba una cuña donde no se exigiera al que hacía la locución que portara su
permiso respectivo. Esa asociación también era la encargada de cobrar la
membresía a las que se denominaban alternadoras, que ejercen la profesión
más antigua de la tierra, la prostitución, ya que pertenecer a la asociación
les garantizaba que les expidieran su carné de salud periódicamente.

Como todo se va olvidando rápidamente, aun cuando en fecha muy reciente
estuvo en Panamá el que hace la voz de Homero Simpsom, Humberto Vélez, cuya
visita causó gran revuelo y mucha atención mediática, hay algo que se nos
está pasando desapercibido, y es el hecho que las cuñas del Gobierno
Nacional, especialmente cuando las encuestas muestran un descenso en la
popularidad del presidente Martinelli, son vocalizadas por el mismo
mandatario. ¿Habrá chequeado la ASEP que el sr. Martinelli tenga licencia de
locutor o la asociación que cobra sus cuotas rigurosamente a las
alternadoras -pero seguramente no a las prepago- iniciado la misma
diligencia? Sería interesante saber la opinión de los afectados.