Darle la oportunidad a la esperanza

MARIELA SAGEL

2 de Mayo de 2010

El asesinato frío y calculador de un individuo que siempre estuvo rodeado de polémica ha causado estupor y rechazo a la creciente ola de violencia que sigue en aumento en nuestro país. Si la semana que acabó con el mes de abril no fue la más violenta del año, por lo menos está cerca de serlo.

Me refiero al Lic. Javier Justiniani, que vivió y murió entre contradicciones. Durante su vida enfrentó muchas coyunturas que lo llevaron hasta pasar algunos años tras las rejas y después de muerto, sigue dando de qué hablar, al punto que ahora pretenden “investigarle su pasado”. Como dice mi querido Domplín, “no hay muerto malo ni niño feo” -en realidad, eso dice él que decía su abuela, que debió ser una sabia porque tiene cada dicho- pero en este caso, hay indicios que nos llevan a conclusiones y nos dan la oportunidad de reflexionar sobre las causas que perseguía.

El trabajo de rehabilitación de la población penitenciaria es muy complejo y no deja de ser peligroso y arriesgado. Hay teorías que sostienen que los privados de libertad deben mantenerse ocupados porque el ocio lo que hace es darle oportunidad a la maldad para que invente formas de evadirse, de dañar al que comparte su celda, lo que no deja de ser cierto.

En este proceso juega en contra de la rehabilitación la alta mora judicial que existe y la misma se origina por la lentitud de los procesos que lleven a condenar o absolver un detenido en el tiempo preciso. Si es inocente, la sola contaminación con los demás presos ya lo daña durante el tiempo que permanece en las cárceles.

Hemos dado muestras fehacientes que sí se puede hacer productiva esa mano de obra ociosa que está privada de libertad. Durante mi gestión firmé con el grupo Bern, que construía en esa época el Hotel Gamboa, un acuerdo que permitió a un par de cientos de presos trabajar en su construcción, así como a los magníficos talladores que tiene El Renacer hacer hermosas piezas de madera que adornan ese exclusivo resort enclavado en el río Chagres.

También había un centro de reclusión femenina en Chiriquí que producía unos dulces y jaleas que eran muy sabrosas, y ambas actividades, la de los presos de El Renacer y la de las damas chiricanas, le daban la oportunidad a esos privados de libertad de enviar a sus desconsoladas familias algo de dinero para sus apremiantes necesidades.

Cuando Coiba era una isla penal, las extensiones eran tan vastas que las siembras de arroz servían para abastecer muchas cárceles del país, así como la gran cantidad de cabezas de ganado que habían, los recursos avícolas y las porquerizas que logramos instalar.

A la memoria de todos los que creen en la rehabilitación de los detenidos y los que siguen promoviéndola, les ofrezco una voz de aliento y esperanza.