Rival de la gloria de Bolívar

MARIELA SAGEL

marielasagel@gmail.comPortada del libro

En la sala de conferencias de la Academia Panameña de la Lengua fue presentado el libro ‘El Mariscal que vivió de prisa’, obra que obtuvo el Premio Bicentenario otorgado por el Grupo Planeta de Colombia y Telefónica en 2009, en conmemoración de la independencia de las colonias americanas, que se inició con cruentas batallas en el año de 1808 y que este año 2010 se celebra con júbilo en varios de nuestros países vecinos. Su autor es el periodista y político Mauricio Vargas Linares, quien estuvo presente en la presentación que, a diferencia de las ya tradicionales que estamos acostumbrados a asistir, fue una conversación con el Dr. Aristides Royo, nuestro culto e insaciable lector y ex presidente de Panamá.

Mauricio Vargas es un hombre joven, que no llega a 50 años, pero que ha tenido una intensa vida en el ámbito periodístico desde muy temprano en diarios de su país, Colombia, así como en España y Francia. Durante la administración de César Gaviria fue su consejero de comunicaciones y llegó también a ser su Ministro en esas lides. Un par de años en la vida política fueron suficientes para que se alejara y pusiera todos sus ímpetus en escribir y hacer periodismo a través de la radio y la televisión, además de vincularse a la revista Cambio. Este premio no ha sido el primero; en el año 2001 ganó otro Planeta pero de periodismo y en ocho ocasiones, el premio de periodismo Simón Bolívar. Además de columnista de El Tiempo, ha escrito dos novelas anteriores. En la presentación su interlocutor le alega que metió mucha historia, aunque algún historiador dirá que metió mucha novela. Es más bien una biografía novelada.

La contraportada del libro señala que escribir una novela sobre Antonio José de Sucre –el Gran Mariscal de Ayacucho, ‘el rival de mi gloria’, según Bolívar— ‘debió ser una empresa de locos, un desfiladero abismal como por el que se volcaron, durante años y con las uñas, los patriotas colombianos para arrebatarle su suelo a España’.

Después de haber leído más de una docena de libros sobre el Libertador, hoy apropiado por el que se cree su reencarnación, leer sobre uno de los militares más completos entre los próceres de las independencias americanas es supremamente refrescante, más cuando se es llevado por la pluma ágil, pícara y bien hilvanada de Mauricio Vargas. El Gran Mariscal de Ayacucho procedía de Cumaná, Venezuela, de una aristocrática familia de ascendencia franco-belga, por parte de padre, y española por la madre. A pesar de su corta vida (murió o lo mataron cuando apenas tenía 35 años) no solo dejó una estela heroica en una época que este año se conmemora con gran pompa sino un hijo con cada mujer que tocaba (y a su paso y muchas batallas, fueron varias).

Sucre, como dijo el Dr. Royo en la presentación, es una figura novelesca, que estuvo precisamente en el vértice de las luchas independentistas de varios de los países que se llamaron en su momento bolivarianos, como Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú, para convertirse posteriormente en el primer presidente de una nueva república, Bolivia. Se resalta, a lo largo de toda la novela, la estrecha relación que mantenía Antonio José con su mentor, el Libertador, que era una sutil mezcla de amistad con admiración, no sin estar exenta de algunos celos y extrema sensibilidad, todo arropado por una incuestionable lealtad. Es de destacar la enorme confianza que depositó Simón Bolívar en Sucre, al punto que le dejaba firmar a su nombre hasta las proclamas.

El Gran Mariscal de Ayacucho poseía una estricta educación militar y era hombre de pocas lecturas, contrario a Bolívar, cuya erudición era conocida. Las descripciones del autor de sus escaramuzas iniciales en el campo sexual son magistrales y de allí en adelante, tal como lo señaló el Dr. Royo, relación que tenía, descendencia que producía. Durante toda la lectura del libro me llamaron la atención la cantidad de dichos y refranes que el autor entreteje en su animado relato y en la nota final Vargas explica de dónde provinieron, muchas de ellas que resalté por un apego similar que tengo de esos valiosos recursos que son las frases literarias. Como buen periodista que es, sabe mantener los párrafos cortos y las ideas largas, tanto que pasan de página a página sin cansarnos.

La novela tiene una estructura inusual, pues empieza por el final: cuando Sucre está en el preámbulo del ataque que fue víctima en Berruecos, en el departamento de Nariño, Colombia. Combina los tiempos mediante el relato en tercera persona y los diálogos de una manera muy hábil. Lleva las descripciones, sobre todo de las mujeres, al punto de casi sentirlas y su figura sobre un caballo produce tristeza, sabiendo que fue educado para destacar con hidalguía en esas lides y no como un mal jinete. Uno llega a quererlo tanto como quizás lo quiso Bolívar –quien le reclama no haberlo designado padrino de la hija que tuvo dentro de su matrimonio -, y entiende su melancolía y escepticismo a pesar de tantas guerras y tantas batallas ganadas. Ese sentimiento nos lo siembra Vargas Linares mediante su fina pluma.

El libro, o la historia, como un círculo, termina como empezó, con la muerte de este hombre que vivió de prisa. Una novela histórica o una historia novelada, una biografía que vale la pena disfrutarla, pero sin prisa.