Un canto de esperanza

MARIELA SAGEL*

marielasagel@gmail.com

La Estrella de Panamá, 17 de Octubre de 2010

El rescate a los mineros atrapados por 69 días en la Mina San José, en el desierto de Atacama, Chile, mantuvo en suspenso a la mayoría de la población que pudimos ver, minuto a minuto y hora a hora, cómo iban ascendiendo, dentro de la cápsula Fénix —una alegoría al Ave Fénix, que resurge de sus cenizas— cada uno de estos valientes hombres que soportaron estar bajo tierra y con serias limitaciones, tanto tiempo.

Tal como se pudo constatar por la televisión, pero sobre todo, por las redes sociales (Facebook, Twitter), el gobierno chileno demostró su serio compromiso para con sus conciudadanos. Hasta el presidente de Bolivia se apersonó a la escena del rescate, porque uno de ellos era boliviano. Entiendo que entre ambos países existe una cordial animadversión por el tema del acceso al mar.

Fueron escenas de gran emoción y también de tensión, cuando empezó la operación y a medida que se fue desarrollando. Gracias a que los panameños le damos la vuelta a todo, empezaron las preguntas cajoneras: ‘¿por qué baja un rescatista y sube un minero?’. Supongo que bajaron para poder filmar desde abajo, a la vez de asistir a los que iban a ascender, para que no sintieran pánico o evaluarlos médicamente.

En Facebook se formó un intercambio de impresiones que duró lo que demoró el rescate. Ante la pregunta de por qué los canales televisivos locales no estaban transmitiendo este inusual acontecimiento, varias fueron las razones que adujeron mis contertulios: que si se hubieran muerto los canales locales los habrían cubierto con todo el morbo debido, enfocando los cadáveres resecos y cuasi—momificados por el calor y preguntándole a los familiares cómo se sentían. También escribió alguien que como todo se hacía en voz baja, nuestros comentaristas hubieran llenado los silencios con opiniones tontas.

La cobertura periodística de CNN, que fue vista por 1 millón de personas estuvo a una altura que da envidia, especialmente cuando emergió de las profundidades de la mina el minero que tenía un lío conyugal. Imaginemos cómo se hubiera manejado un caso semejante en nuestro país: se hubiera instalado una tarima, con regueseros y el Pub Herrerano, bocinas estridentes, venta de carne en palito y sao, todos los políticos opinando a diestra y siniestra y de repente, hasta el mismo presidente se hubiera metido en la sonda para buscar al primero de los mineros.

Dejando a un lado la parte jocosa, tuve una panorámica de la difícil profesión de minero con la lectura del libro ‘El Arte de la Resurrección’, del autor chileno Hernán Rivera Letelier, que dedicó veinticinco años a ese oficio y de allí emergió, a puro pulso, leyendo en las profundidades de la mina, cuanto libro pudiera conseguir y cultivando la escritura, que hoy día le ha dado fama y fortuna. Cuando acontece esta catástrofe, el mundo entero se vuelca a seguir un rescate planeado como si se aterrizara en la Luna, de una forma casi perfecta, cuyo costo asciende a 20 millones de dólares. Y habiéndose declarado en quiebra —sospechosamente después de que los mineros quedaron atrapados— la empresa dueña de la mina. Bien dijo el último de los mineros rescatados al presidente Piñera: ‘que esto no vuelva a ocurrir’.

La lección va más allá de la inseguridad que deviene del oficio, de las condiciones y los salarios que devengan, versus los riesgos a los que se ven expuestos a diario. El presidente chileno, que sacaría un 200% de aceptación si hoy día se condujera una encuesta de popularidad, tiene un importante reto y a la vez un gran dilema por delante: cambiar las condiciones de vida de esta clase trabajadora, que no va acorde a las altas tasas de progreso económico que arroja Chile, y que de cierta manera es la que ve limitadas sus esperanzas de mejoría tanto educativas como de desarrollo.

Aprendamos de esta experiencia y emulemos lo bueno de todo lo que vivieron nuestros hermanos chilenos. Felicitemos a Chile por ser tan valiente en afrontar con hidalguía estos retos de la naturaleza, igual que emergió de una dictadura cruel como la de Pinochet, y que su ejemplo sea un canto de esperanza, tal como nombraron al campamento atrapado.