Entre terror y hermosura

OTTO DIX


MARIELA SAGEL

marielasagel@gmail.com

En el Museo de Bellas Artes de Montreal se presentó, desde el 24 de Septiembre hasta el 2 de enero pasado, una fabulosa exposición del artista plástico alemán, Otto Dix, titulada Rouge Cabaret: The terrifying and beautiful world of Otto Dix (El terrorífico y hermoso mundo de Otto Dix), donde se mostraron 220 obras suyas bajo la perspectiva desgarradora y mirada perspicaz del renombrado pintor.
Sus representaciones de campos de batalla devastados, mostrando los horrores de la guerra, los combatientes física y moralmente reducidos a mendigos, y la miseria moral que ostentaban las prostitutas, aunado a un ambiente decadente y feo son reflejados en esta muestra, que tuvo una asistencia record en el museo que queda sobre una de las arterias más importantes de la ciudad de Montreal, la Rue Sherbrooke. Así como inquietantes, son fascinantes sus retratos de brutal realismo de tanto gente bohemia como intelectual, y el montaje estuvo ambientado por elementos que lo hacían aún más íntimo y envolvente.

ORÍGENES DEL PINTOR

Otto Dix nació en 1891 en Untermhaus, Alemania, de una familia de bajos recursos, y se educó en la Real Academia de las Artes de Dresden. Ingresó al ejército como voluntario y la Primera Guerra Mundial le afectó profundamente, al punto que fue adquiriendo una reputación escandalosa y se fue apartando del movimiento plástico que hasta entonces había abrazado, el expresionismo, y se acercó peligrosamente al nihilismo dadaísta. Dix fue una consecuencia de los tiempos turbulentos y nada saludables que se vivieron entre la primera y la segunda Guerras Mundiales. En Alemania se formó un movimiento plástico que se llamó Neue Sachlichkeit (Nuevo Objetivismo), que era crudo, cáustico, desdeñoso. Tanto su técnica como su estilo eran muy al estilo del Renacimiento Alemán y, teniéndolos como instrumento, pintaba las escenas más mundanas y los aspectos más crudos de la vida urbana, con extremado detalle. En ese período, entre guerras, Dix fue requerido con frecuencia como retratista, por parte de figuras icónicas de la intelectualidad y la bohemia.

Con la subida al poder del Führer, su arte fue catalogado como degenerado y su obra ridiculizada. A tal punto llegó la tirria de los Nazis que sus cuadros fueron removidos de museos, otros fueron confiscados de colecciones privadas y hasta destruidos, lo que explica por qué son tan raros en todo el mundo. Por su posición política fue obligado a renunciar de su puesto de profesor en la Academia de Bellas Artes de Dresden y aprovechó para iniciar un auto exilio hacia el interior de su país y se asentó con su familia cerca del Lago Constance, muy cerca de la frontera con Suiza. En esa llamada por él ‘migración interna’ se dedicó a pintar paisajes. En 1944 fue capturado y encarcelado en Francia y al finalizar la guerra, reivindicado como uno de los pintores alemanes más representativos del siglo XX. Murió en 1969.

LA ÉPOCA

Una vez terminó la primera guerra mundial, Alemania fue protagonista de un florecimiento en sus artes sin precedentes en el resto de Europa. Los escandalosos años veinte estuvieron aderezados del desenfreno festivo, así como de violencia, decadencia y pobreza, producto de una situación política y económica desastrosa. El ojo aguzado de Otto Dix no dejó escenario que analizar mediante su privilegiado dominio del dibujo y su acertada paleta.

Otto Dix escribió que él había estudiado de cerca la guerra, y que ésta debía representarse en forma realista para que el resto de las personas pudiera ver, a través de sus obras, lo que realmente pasó y los escenarios que acontecieron.

Su obra, además de devastadora y precisa, tiene un alto contenido filosófico, toda vez que Dix, junto a otros artistas de la época, era un ilustrado seguidor de Frederick Nietzsche. Su participación en la primera guerra, al principio entusiasta, lo desencantó al darse cuenta que una cosa eran las teorías y otra la crudeza de las batallas, lo que lo llevó a convertirse en un furibundo artista antibélico.

La supuesta supremacía de la República de Weimar y la época que se vivió durante la vigencia de la misma, llena de sobresaltos, se caracterizó por la omnipresencia de prostitutas en las principales ciudades alemanas. En sus obras, Otto Dix las recrea con gran fineza y atinados ángulos. También rescata las imágenes de aquellas mujeres que ya no tienen los senos turgentes, en contradicción con la obsesión que han tenido los alemanes por el cuerpo perfecto. Además de las que ejercen la profesión más antigua del mundo, en la muestra se destacan sus escenas de marineros, los paisajes que pintó cuando vivía cerca al Lago Constance, escenas con un alto contenido de erotismo y hasta crímenes pasionales y, finalmente, los retratos.

Después del fin de la primera guerra, y antes de la caída del mercado en 1929, las artes gozaron de una bonanza, conocida como la era dorada y de allí que Dix fuera requerido por los más importantes magnates para que les hiciera un retrato.

El retrato de Hugo Simmons, abogado judío, es una de las obras más valiosas del Museo de Bellas Artes de Montreal.

Uno de los cuadros que estuvieron exhibidos en esta muestra fue el retrato del doctor Henrick Stadelman, pintado en 1920 y que pertenece a la colección del Museo de Ontario, Canadá, y el de Hugo Simmons, abogado judío, considerado por los críticos uno de los cuadros más valiosos con que cuenta el Museo de Bellas Artes de Montreal. Hugo Simmons era amigo de Otto Dix en Alemania y lo asistió en algunos aprietos. Posteriormente Simmons emigró a Canadá (a Montreal) pero siempre mantuvo contacto con Dix. Dix pintó ese cuadro y lo tenía en su cuarto hasta su muerte. El abogado Simmons no pudo ejercer su profesión en Canadá pero al menos pudo vivir tranquilo y sus hijos prosperaron. Dix opinaba que esa situación era un desperdicio para alguien tan brillante como Simmons. A la muerte de Dix, los hijos heredaron el cuadro y en vez de venderlo al mejor postor, se lo vendieron al Musee de Beaux Arts de Montreal a mitad de precio en honor al padre.

Revuelvo la mirada


MARIELA SAGEL*

marielasagel@gmail.com

Y a veces siento espanto, continúa la poesía del poeta de la Patria Ricardo Miró. Esa es la sensación que tengo cuando me siento a escribir esta columna, que he tenido que cambiar en dos ocasiones antes de enviarla a la paciente editora, porque cada minuto suceden cosas que no deberían ocurrir en un país que se precia de tener una democracia ya consolidada.
Y es que había dispuesto escribir mis impresiones sobre el ‘rescate’ de la Sala V, que fue presentada precisamente por mí ante la Asamblea Nacional en 1999, como me correspondía por el cargo que en ese momento ocupaba. La conveniencia que ahora encontró el gobierno en contar con tres magistrados/as sumisos/as más para terminar de defenestrar ese órgano del estado y eliminar su independencia. Referirme a la exposición de motivos que presentamos para que esa sala fuera aprobada, como en efecto lo fue, para que el desgobierno de la Presidenta Mocoso, en sus decisiones irracionales y totalmente viscerales, la derogara por el simple hecho que la había creado el gobierno de Pérez Balladares.

También había iniciado la investigación de cómo se ha estado implementando la Ley Penitenciaria en cuanto a la responsabilidad de capacitar a los custodios y su posible responsabilidad ante la masacre ocurrida en el Centro de Cumplimiento de Menores, al mismo tiempo que quería señalar la también posible responsabilidad por omisión o por flojera de los bomberos, que no hicieron su trabajo para rescatar de las llamas a esos siete chicos que no merecían acabar sus días de una manera tan inhumana.

Pero como siempre uno propone y Dios dispone, fui a la presentación del libro de Paco Gómez Nadal, la compilación de artículos del periodista español que fue una de las primeras víctimas visibles de la intolerancia a la crítica que tiene esta gestión gubernamental, cuando intentaron silenciarlo –como si eso fuera posible en esta era cibernética, donde las redes sociales y el correo electrónico, además de los chats superan la lectura o el conocimiento de lo que publican los medios— y allí me confirmaron la renuncia de mi admirado amigo Ebrahim Asvat de la presidencia de este diario, por las muchas presiones que ha recibido ante las críticas verticales que él vertía en su muy leída columna diaria Bitácora del Presidente, y que parece le es muy urticante para los mandamases de la gestión del 99.

En esa presentación hubo muchas intervenciones valiosas y valientes, entre las que destacó la de la activista de Derechos Humanos, Celia Moreno, que al querer felicitar a Paco por el esfuerzo y el compromiso de seguir señalando lo malo y lo feo, rompió en lágrimas por la impotencia que sentimos todos ante lo que pasa a diario y especialmente, por la falta de un pronunciamiento de sentido humanitario que a diario esperamos de nuestros gobernantes, que desde que ocurrió la tragedia del 9 de Enero (coincidentalmente, cuando conmemorábamos la gesta de nuestros mártires, con rampante indiferencia por parte del gobierno) no han dicho nada sino exteriorizar sus desavenencias y pelea por los espacios de poder, sin importarles un comino con esas pobres familias que hasta cuerpos putrefactos han tenido que enterrar.

Salí tan impresionada por la falta de acción, por la tranquilidad que tenemos todos ante esta tragedia, posiblemente la peor masacre que ha habido después de la invasión, que fue perpetrada con saña y alevosía, que nos fuimos al Santo Tomás a ver si podemos iniciar un movimiento que salga a las calles a protestar.

No somos pocos, como me dedicó Paco en el libro, los que nos atrevemos a denunciar. Son muchos pero tienen miedo, no vemos una cabeza que señale qué hacer. Hay que organizarnos y no esperar que ocurra otra tragedia para que reaccionemos. Me avergüenza ver al Ministro de Desarrollo Social acompañando con murga a los tránsfugas lúmpenes que saltan del PRD al CD, pero ese mismo ministro, que sin hacer nada reporta altos índices de popularidad, no ha dicho esta boca es mía en un tema que le concierne directamente en el caso de lo ocurrido en el Centro de Cumplimiento.

Recordemos lo que dijo Mahatma Gandhi: ‘Lo más atroz de las cosas malas es el silencio de la gente buena’.