¿Singapur o Dubai?

MARIELA SAGEL

marielasagel@gmail.com

La Estrella de Panamá, 28 de Agosto de 2011 

La publicación el mes pasado de un artículo en la revista inglesa The Economist abrió el debate sobre si Panamá se encaminaba a ser el Singapur de Centro América, sentenciando en el subtítulo que, si bien el país del Canal tiene una economía que es la que más crece en el área, debería tener un gobierno tan impresionante como sus finanzas. Desde entonces, varias han sido las voces que se han elevado sobre si debemos orientarnos a ser como el país asiático, o si nos parecemos ahora mismo a Dubai, uno de los siete emiratos que conforman los Emiratos Árabes Unidos desde 1971.

Para comparar peras con peras y salir bien librados, debemos estudiar primero con qué nos comparan y definir qué queremos ser. Singapur es un pequeñísimo país establecido en una isla de unos 700 kilómetros cuadrados, en la Península de Malasia, con altísima densidad demográfica, acercándose a los cinco millones de personas y una tasa de alfabetización tan alta como 92%. Es el cuarto centro financiero del mundo, y es una referencia importante, tanto en el comercio mundial como en la economía internacional.

Singapur tiene un gobierno calificado como híbrido, entre democrático y autoritario. Se ha conformado a la usanza del parlamentarismo inglés y su historia política da cuenta de relevos generacionales y reconocimientos a los antecesores que le han permitido continuar con su rápida evolución hacia un estado moderno y dinámico, relativamente equitativo para toda la población, que participa por conducto de la conformación estatal, de los beneficios que recibe el país por su envidiable posición económica y su sólida y bien trazada infraestructura.

Algo que llama la atención sobre Singapur es la imposición de orden en todo, una clase de obsesión por la excelencia, al punto que no se distingue la posible barrera que pueda existir entre la educación pública y la privada. Tal como señala Andrés Oppenheimer en su libro ¡Basta de Historias!, hasta en los billetes de dos dólares muestra la imagen de un grupo de estudiantes con libros sobre la mesa, escuchando atentamente las palabras de su profesor, con el fondo de la imagen de una universidad y solo el término ‘Educación’ como pie de foto.

En cuatro décadas este tigre asiático pasó de ser parte del Tercer Mundo al primero en tiempo record. Está entre los diez países con mayor ingreso per cápita del mundo, muy por encima del que refleja los Estados Unidos, y tiene un desempleo de apenas 2%, uno de los más bajos.

Tomando en cuenta las riquezas que hoy ofrece este conjunto de islas, y la falta de materias primas de las que adolece, es sorprendente que sea el mayor productor mundial de plataformas petroleras y exportador mundial de sistema de control de aeropuertos y puertos y sus empresas de ingeniería y arquitectura son las responsables de los megaproyectos que ostenta con lascivia el emirato árabe de Dubai, que quiere romper récord de toda índole en el mundo. La planificación es la gran fortaleza que tiene Singapur y un bajo índice de corrupción y esto se aplica a todas las actividades que en el país se desarrollan.

Dubai tiene unos 4,000 kilómetros cuadrados de superficie y una población cercana a los dos millones y medio de habitantes, asentado sobre el Golfo Pérsico. Su carta de presentación es contar con el hotel más lujoso del mundo, el centro comercial más grande del mundo, la fuente más grande del mundo y el parque de atracciones más grande del mundo. En contraposición, es una monarquía de las más retrógradas y se sustenta en un desequilibrio laboral que margina a los mismos naturales, con bajos salarios y constante exposición a los extremos entre la riqueza y la pobreza. Ha sufrido severos reveses por depender demasiado de la burbuja inmobiliaria y sus reservas de petróleo son relativamente bajas hoy día, basando su economía sobre todo en el turismo. Ese desequilibrio laboral ha sido causal de explosiones de protesta en años recientes.

Las bases donde se sustentan uno y otro son diferentes, y no tienen en común lo que debería ser la apuesta para tener un desarrollo integral: la educación. Deberíamos revisar a quién nos queremos parecer, de forma temporal y encauzar tanto las acciones como las prioridades en pro de posicionar no solo a la ciudad de Panamá como un Dubai de América, sino al país como el Singapur de América Central.