Enfocarse en el turismo

MARIELA SAGEL

marielasagel@gmail.com

La Estrella de Panamá, 18 de septiembre de 2011

Antes de culminar el gobierno de Guillermo Endara, y rubricado por el encargado de la Presidencia por solo 11 días, Guillermo ‘Billy’ Ford, vicepresidente de esa gestión, la Asamblea Legislativa decretó la Ley 8 ‘por la cual se promueven las actividades turísticas en la República de Panamá’ (Junio 1994). Esta ley fue reglamentada posteriormente, en 1997, a fin de promover las actividades turísticas, definiéndolas, y otorgándoles a las mismas una serie de incentivos fiscales que, a la fecha, ya han expirado. En la misma se declara al turismo una industria de utilidad pública e interés nacional. 

En estos quince años desde su promulgación y posterior reglamentación, muchas cosas buenas han pasado. Se han construido hoteles y resorts de playa y montaña, mejorado la oferta para los visitantes del extranjero y dinamizado las actividades relacionadas al mismo. Las agencias de viajes se han sabido diversificar y los que se dedican al turismo receptivo, de operación, cruceros y otros han visto florecer sus negocios.

Me indicaba el experto en turismo Jaime Figueroa que se debe trabajar en una nueva ley con un enfoque hacia el interior del país, así como en proyectos de entretenimiento u ocio (‘leisure’), como parques temáticos y acuarios, que complementen los desarrollos hoteleros que ya se han erigido a lo largo del litoral Pacífico, mejorar las infraestructuras y los servicios en los polos específicos como Bocas del Toro, San Blas, Boquete, Cerro Punta y Pedasí. Unos amigos estuvieron recientemente en Bocas y, a pesar de la belleza natural de la que goza, los servicios son deficientes y caros, no contemplan la atención a personas de tercera edad o con discapacidades, y se desaprovecha lo autóctono en beneficio de los platillos con acento extranjero, a costos exorbitantes. Se cobra por entrar a los Cayos Zapatillas, no le dan ni un recibo al que los visita y no se ofrece ni una banca para sentarse, alegando que de esa manera se preserva el ecosistema.

Las sucesivas administraciones que han pasado por el antiguo IPAT (hoy ATP) han sido consecuentes con esa declaración que el turismo es una industria de utilidad pública. Algunas poblaciones aledañas a las áreas donde se han enfocado los resorts han sido beneficiadas no solo por no tener que emigrar para buscar puestos de trabajo, sino por la capacitación que han recibido a fin de prestar una mejor atención. Sin embargo, falta aún mucho por hacer en relación a ese tema y nos siguen desplazando aquellas nacionalidades que vienen a Panamá buscando mejores trabajos, pero que tienen una disposición de servicio más acendrada.

De las ‘joyas de la corona’ que tiene Panamá, además del Canal, que ofrece una extraordinaria infraestructura en el Centro de Visitantes de Miraflores, y un complemento insuperable en el Museo del Canal Interoceánico, para mejor comprensión de su magnificente obra, están Panamá La Vieja, Amador y el Casco Antiguo. Panamá La Vieja estrenó una torre remozada, con visita guiada, basada en hitos históricos, Amador se dinamiza con la actividad de bares y restaurantes, además de las marinas y el Museo de la Biodiversidad, y el Casco Antiguo cada día tiene más atractivos. Entiendo que a este rincón de nuestra historia se le ha destinado un presupuesto considerable en mejoras a sus calles, soterramiento de los cables, iluminación de los monumentos y sobre todo, la capacitación de las personas que allí residen, misión que ha sido llevada a cabo de forma compartida por los propietarios y amigos de ese sitio histórico, que restauran sus propiedades y ofrecen muchas oportunidades de empleo.

No le veo la lógica a querer llevar a cabo, de todas maneras, la tercera fase de la Cinta Costera, afectando al Casco Antiguo de forma tan extrema que nos haga perder la categoría de Patrimonio de la Humanidad, concedida por la UNESCO, al desoír sus recomendaciones de cómo hacerla correctamente. No es congruente con las campañas millonarias que promueven al país y no se traducen en potencializar al país como destino atractivo para pasear, conocer y aprender.

La descoordinación de la agenda cultural con la agenda turística, y la ejecución sin aparente consulta de la agenda de obras públicas debe evitarse, para continuar gozando de un crecimiento sostenido y cónsono con las circunstancias. De otra forma, no es serio invertir en reparar calles para después romperlas, o atravesar una costanera frente a una ciudad amurallada que tiene un valor para toda la Humanidad de manera inconmensurable. Vayamos hacia el desarrollo del país en forma coherente y articulada y manteniendo al turismo como una industria de utilidad pública y de interés nacional.