Ofensa a Einstein

MARIELA SAGEL 

marielasagel@gmail.com

 El Siglo, 5 de diciembre de 2011

En el barrio de El Cangrejo se erige desde los años 70 una cabeza de uno de los pensadores más importantes que tuvo el siglo pasado, Alberto Einstein, inventor y pacifista, cuyo cerebro, una vez que murió, fue motivo de estudio por la genialidad de la que en vida hizo gala.

El monumento que talló el escultor panameño Carlos Arboleda, por encargo de un grupo de residentes de ascendencia judía, ha sido recientemente objeto de una caprichosa remodelación, en la que se ha llegado al exabrupto de colocarle yerba artificial, como si en este país tropical eso fuera necesario. No quiero ni imaginar cómo la van a limpiar cuando los caninos que abundan en el barrio empiecen a hacer sus necesidades allí y sus dueños no recojan sus rastros.

El triángulo donde está la cabeza en honor al autor de la teoría de la relatividad, que inventó la bomba atómica, pero también fue el más pacifista de todos los grandes hombres de su época es minúsculo, y de forma inclinada, de manera que esa escultura, que ha sido feamente pintada de blanco una y otra vez, sin dejar que brille naturalmente la marmolina en la fue esculpida, ahora es atravesada por senderos, invadida por bancas y decorada con luces que deslucen la sencillez que por años ha rodeado a Einstein.

¿A quién beneficia este remozamiento? A la larga es lo que uno tiene que preguntarse cuando se hacen algunas obras comunales. Beneficia a los clientes de los comercios que están frente a la cabeza de Einstein, un bar y una cafetería, porque los que van a la lavandería no necesariamente llevan a cuestas sus prendas para lavarlas en seco. También beneficia a los que venden el césped artificial. ¿Quiénes se van a sentar en sus bancas? Difícilmente una persona puede creer que en ese barullo en el que se convierte ese triángulo se va a concentrar para leer un libro o una revista, o llevar a los niños a jugar, por la cantidad de autos que pasan por allí y el poco espacio que hay alrededor.

Desde ahora los residentes de El Cangrejo debemos hacer un compromiso para no seguir afeando nuestro barrio y ofendiendo tanto la memoria de personajes históricos como escultores nacionales que ven con desagrado el vilipendio del que están siendo objetos, y devolvamos a ese monumento su esplendor y su misión. Tal como dijo Einstein: ‘Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy seguro’.