La nueva fobia

MARIELA SAGEL

marielasagel@gmail.com

La Estrella de Panamá,  8 de abril de 2012

Montreal, Qb, Canadá — Como si no tuviéramos suficiente con lidiar con las fobias que hasta ahora se han ido identificando en el ser humano, a las que de una u otra forma o de una u otra manera nos tenemos que enfrentar, ahora se añade la nomofobia a la lista. Este término alude a la expresión ‘no mobile’, es decir, la sensación de no estar conectado permanentemente a un teléfono celular. 

Esta nueva dolencia, si se le puede definir así, fue objeto de un estudio que se llevó a cabo en Inglaterra y que señala que más de la mitad de los usuarios de teléfonos móviles sienten ansiedad cuando los pierden, cuando se les agota la batería o no tienen saldo, o cuando no están dentro de la cobertura de la red. A eso se añade la angustia que les sobreviene cuando los celulares deben permanecer apagados. El balance final del estudio demuestra que el nivel de estrés puede ser parecido al que siente una persona el día antes de su boda o si se tiene miedo de ir al dentista, cuando le toca ir.

Entre las razones que se alegan para ese nivel de ansiedad, algunas se basaban en el hecho de estar o sentirse ‘aislado’ de posibles llamadas o mensajes de familiares, en su gran mayoría, y muy pocos indicaron que las razones eran laborales, que su trabajo les exigía estar conectados permanentemente.

Como toda fobia, esta adicción necesita ser tratada, recibir ayuda terapéutica, ya que los nomofóbicos no pueden pasar mucho tiempo sin llamar o, al menos, sin mirar su celular, sentirlo en el bolsillo o en la cartera. Están enfermos igual que los que son adictos a las computadoras o a los videojuegos.

Pero más que las consideraciones sobre esta dependencia que pareciera viene unida a la modernidad —si vamos a ser puristas, en Panamá, un país de apenas tres millones hay más de siete millones de líneas de teléfonos móviles—, debo resaltar el enojo y molestia que provocan aquellas personas que hablan a toda hora y en todo lugar por celular, en voz muy alta, como si no se dieran cuenta que el solo hecho de tener pegada la boca a ese aparato aumenta el tono, en salas de espera, en el supermercado, en el cine, y no lo hacen precisamente para llamar la atención que le vean que tienen un aparatito de esos, porque tenerlo ya no es símbolo de status.

Ni qué decir de los espectáculos que vemos en los restaurantes, donde es recurrente ver una pareja sentada, sin hablarse, cada uno enfrascado en su respectivo aparato celular. ¿Será que se están chateando para no hablarse? Se ha abandonado el arte de la conversación, hay gente que solo chatea, no llama, no visita, se ha olvidado que se tiene una línea fija en casa o la oficina y prefiere estar todo el tiempo chateando.

Me dirán retrógrada, anticuada o hasta autoritaria, pero en mi mesa no se sienta nadie que esté manoseando un celular. Me ha tocado llamar la atención de algunos colegas que lo hacen de forma inconsciente, es como un reflejo, que aún en reuniones están a cada rato revisando si les ha llegado algún mensaje o recibido algún chat. El estudio al que hago mención al inicio arroja un promedio de 34 veces al día que una persona revisa el gadget de su predilección. Los más ridículos son aquellas personas que tratan de convencerte que los blackberries están a punto de desaparecer, que hay que cambiarse a iPhone, a un Android, sin preguntarte si te interesa el tema.

El mundo se está volviendo insoportable y no por el nivel de agresividad, sino por estar todo el tiempo a merced de la modernidad.