Se apaga una voz del ‘Boom’ (cobertura especial por la muerte de Carlos Fuentes)

Facetas, La Estrella de Panamá, 20 de Mayo de 2012

Con el fallecimiento el martes pasado del mexicano Carlos Fuentes las letras hispanas pierden a quien fue, junto a Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar, uno de los máximos exponentes del llamado ‘boom latinoamericano’. A pesar de escribir obras como La región más transparente y La muerte de Artemio Cruz, el Nobel de literatura siempre lo eludió.

MUERTE DEL ESCRITOR

Los años con Don Carlos Fuentes

MARIELA SAGEL

marielasagel@gmail.com

Por cosas del destino, el novelista mexicano nació en Panamá, igual que Miguel Bosé y John McCain. La última vez que visitó el Istmo fue en el 2008 durante la presidencia de Martin Torrijos

La noticia llegó de pronto. El gran escritor mexicano Carlos Fuentes había fallecido a sus 83 años.
Hace dos años no pudo llegar a la Feria del Libro de Guadalajara ‘porque estaba muy grande’, me dijo uno de los dependientes de la editorial donde publicaba todas sus obras. El año pasado presentó un libro importante, La Gran Novela Latinoamericana, un recorrido por la evolución de ese género en Latinoamérica, desde el descubrimiento del continente hasta nuestros días. Toda una lección magistral y prueba que ‘el significado de los libros no está detrás de nosotros. Al contrario: nos encara desde el porvenir’. 

Carlos Fuentes fue el gran protagonista y a la vez crítico del ‘boom’ latinoamericano. Tan recientemente como 1964 se daba cuenta que algo estaba cambiando radicalmente en el mundo, y que el protagonismo cultural iba a proceder, desde entonces, de ese continente mestizo, nuevo y casi virgen.

Creo que mi primer encuentro con una obra de Carlos Fuentes fue la lectura de Gringo Viejo, un tema que siempre me ha apasionado, el de la relación de los mexicanos con sus vecinos del norte. Iba tras la pista de Ambroise Bierce, escritor estadounidense que es el protagonista de esta historia, que fue llevada al cine con Gregory Peck y Jane Fonda. Pero puede haber sido antes que leí Aura (publicado en 1962) y por supuesto, La Región más transparente y La Muerte de Artemio Cruz.

Son más de 50 los libros publicados por el recientemente fallecido escritor mexicano, que por cosas del destino nació en Panamá, igual que Miguel Bosé y John McCain (aunque éste último nació en Coco Solo, en una base militar y el escritor en un hospital panameño) y abarcan los géneros de cuentos, novelas, ensayos y guiones cinematográficos.

Su última visita a nuestro país fue en 2008, cuando el Presidente Martín Torrijos le mostró con orgullo el Museo del Canal Interoceánico. A pesar de lo que han dicho algunas voces disonantes, nunca renegó de haber nacido en nuestro suelo.

Era un apasionado por el cine, al que se entregó con la vitalidad que lo caracterizaba y junto con su amigo Gabriel García Márquez produjo El Gallo de Oro.

Entusiasmado por la vida y con un dinamismo y frenesí por la pintura, por la música y hasta por el dominó, sufrió la dolorosa pérdida de su hijo, Carlos Fuentes Lemus, cuando apenas rozaba los 25 años, producto de una insuficiencia congénita. El muchacho era un talentoso artista, fotógrafo y pintor, además de poeta. Ambos publicaron juntos un año antes de su muerte un hermoso libro de retratos de escritores, pintores, directores de cine, cantantes y gente famosa, cuyo prólogo lo honró el también fallecido escritor Tomás Eloy Martínez.

Cada ‘retrato’ está ilustrado con una fotografía del personaje cuya anécdota recrea el padre y refleja el hijo y a quien Martínez se refiere como un fotógrafo que crea máscaras y que también añade alma a las imágenes. Retratos en el Tiempo es el diálogo poético entre dos lenguajes, el del instante inmovilizado en las fotografías del hijo y la poesía de la historia que fluye en los textos del padre. Unos años después murió Natasha, la otra hija que tuvo con la ‘güerita’ (como le decía) Silva Lemus, su esposa hasta el último día de su vida. Por esa razón sus cenizas serán llevadas al Cementerio de Montparnasse, en París, para estar junto a sus hijos.

CON LA PLUMA EN MANO

Fue un autor prolífico en temas y en publicaciones. Antes de su muerte, acababa de terminar su nueva obra, Federico en su balcón, en la cual, según lo manifestó recientemente al diario español El País: ‘Nietzsche aparece resucitado en un balcón a las cinco de la mañana y yo inicio con él una conversación’. 

En esa misma entrevista adelantó que iba a empezar una nueva obra, El Baile del Centenario, con la que, dijo: ‘Termina una trilogía de la Edad Romántica, que cubre desde la celebración del centenario de la Independencia en septiembre de 1910, que lo organiza Porfirio Díaz, y la celebración del fin del centenario en 1920, que la organiza Álvaro Obregón con José Vasconcelos, de manera que cubre diez años de la vida de México. Tengo ya muchos capítulos, notas y personajes. Hay una mujer que me interesa mucho, que no quiere decir nada de su pasado y se va descubriendo poco a poco, hasta que llega al mar y se libera’.

Su célebre novela Aura, cumple 50 años este año y recobró fama hace una década porque un ministro mexicano conservador censuró la lectura de esa obra a su hija. La obra fue premiada en 1994 con el premio Príncipe de Asturias, el equivalente del Nobel en español, además de otros reconocimientos. 

Su obra es considerada el conjunto más abarcador y complejo de la narrativa mexicana. Su pensamiento político siempre estuvo basado no en la ideología sino en la certeza que México podía convertirse en una sociedad moderna y cómo se desviaba de ese camino por las posiciones políticas. Cuando el PRI perdió la presidencia después de setenta años de hegemonía, en el año 2000, Fuentes se expresó en los siguientes términos sobre Vicente Fox: “llegó con un entusiasmo renovador que no se podía cumplir”. 

Llamó a ese sexenio un “gobierno holgazán”, que “dejó pasar el momento histórico”. Fustigó recientemente al candidato Enrique Peña Nieto y precisamente la noche de su muerte, los ‘twitteros’ comentaban que hubiera valido la pena saber por quién hubiera votado en las elecciones de julio. En su sepelio se logró que el jefe de gobierno de la ciudad, Marcelo Ebrard y el Presidente Felipe Calderón, que no se saludaban desde hace años, franquearan a su viuda.

Aunque el conjunto de su obra puede ser enmarcada como muy regionalista, por los temas que abarca, persiguiendo con empeño el develar el alma mexicana, sus libros han circulado por todo el mundo, y a su muerte, todo el mundo se hizo eco de la misma. Una de las obras que podría identificarse como la más universal es Terra Nostra, libro que Milán Kundera, el célebre escritor checo encontró maravilloso.

En el año 2004 publicó un ensayo titulado Sobre Bush, que recoge reflexiones sobre la crisis política estadounidense y global, provocada por la administración de George W. Bush. Es admirable ese llamado que hace a los ciudadanos de ese país para que recuperen la voluntad de emplear su poder para cooperar en el desarrollo económico, el respeto a las culturas y la legalidad internacional, y no seguir invirtiendo en guerras.

MI AMIGO ‘GABO’

Gran bailarín y con una voz extraordinaria, hacía dúos con ‘Gabo’, con quien alegaba que no hablaban de literatura sino que se dedicaban a cantar. Sus amigos eran especiales, cultivaba su amistad con esmero. Como era de buen porte, siempre lucía impecable con ropa fina y viajó mucho durante su larga vida, desde muy pequeño, siendo sus padres diplomáticos y él mismo posteriormente embajador en Francia. Era imbatible en el dominó y en Scrabble, dijo Juan Villoro, escritor y periodista mexicano, que lo conoció desde muy joven y lo admiraba muchísimo.

La escritora española, Laura Martínez Belli, que vive en México y vendrá a presentar su próxima novela en la feria del libro, me dijo que Los años con Laura Díaz es el libro que más le ha gustado de Carlos Fuentes porque tiene un arranque que la cautivó. Y ese libro, precisamente, es el que tiene una especie de exorcismo de la muerte, suplantando la enfermedad y muerte de su hijo con la evocación de un tío que también fue escritor, y que murió joven. Casi una profecía de la vida. 

‘No venimos a decir que Fuentes se ha ido, sino que nos hemos quedado sin él’, fueron las palabras de la directora de cultura mexicana en su funeral.

Hacia regiones más transparentes

La muerte del novelista mexicano conmocionó a la escena literaria mundial. Lector, amigo y escritor incansable, deja un legado inestimable. Un autor universal que puso a Latinoamérica en el mapa

Apasionado, generoso, incansable. Así describen al escritor que se fue los amigos, los colegas, otros artistas. La muerte de Carlos Fuentes dejó vacío y tristeza. No es para menos: escribió tanto como un hombre puede, impulsó y avivó el ‘boom’ de la literatura latinoamericana en los 60 y puso así a la región en el mapa. Fue amigo de sus amigos, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa. Maestro y propiciador de nuevos autores. Y poseedor de una serie de dones que lo volvieron encantador. Era, por ejemplo, un artista del chisme y hablaba con elegancia sobre lo más profano.

Carlos Fuentes, también, cultivó otros registros: adoraba el cine de los 40 y la música. Pasaba con naturalidad de cuestiones banales a los contratos de China con el gigante petrolero mexicano. Adorador de la Historia, situó su literatura en un continente y con ella hizo hablar a una región. Un auténtico caudillo latinoamericano.

Fue escritor de su tiempo y espacio, que reivindicó su lugar en todos los ámbitos. Heredera de la tradición de próceres en los que una sola persona encarnaba las figuras del escritor y del político, la generación de Fuentes ha sido la última en jugar todavía el papel de sus mayores: el de escritor nacional. Una generación que desparece y nos deja, en vida y en idea. De la que quedan pocos exponentes. Por eso la desolación se acrecienta, porque significa el traspaso a otro tiempo, el principio del fin de una raza de escritores que escriben ensayos contra Bush y conversan con expresidentes; galardonados con el Nobel o candidatos a él que antes de las elecciones anuncian su voto.

‘íViva México! ¡Mueran los gringos!’, gritó a los 10 años durante la proyección en Washington de la película El hombre de la conquista, sobre la secesión de Texas del territorio mexicano. Aquel fue el primer acto de rebeldía que más tarde se reflejaría en el intelectual de izquierda en el que se convirtió, fascinado, como muchos latinoamericanos de su época, por la revolución cubana y los movimientos rebeldes de izquierda. Sin embargo, con el tiempo sus opiniones se volvieron más matizadas y era conocido por criticar tanto la parte cruda del capitalismo como las duras realidades del comunismo.

Ahora los restos descansarán en Montparnasse, junto a los hijos que tuvo con Silvia Lemus, Carlos y Natasha.

EN EL OLIMPO DEL ‘BOOM’

Figura destacada del ‘boom de la literatura latinoamericana’, a diferencia de sus contemporáneos Fuentes nunca ganó el Nobel de Literatura, aunque durante años fue mencionado como candidato. Recibió en cambio las más prestigiosas distinciones de la literatura en castellano: el Premio Cervantes (1987), el Príncipe de Asturias (1994), el Biblioteca Breve (1967) y el Rómulo Gallegos (1977). Publicó su primera colección de cuentos cortos, Los días enmascarados, en 1954. Cinco años después, su novela La región más transparente, un retrato del crecimiento explosivo de la capital mexicana, le dio fama internacional. 

Un posgrado en Europa lo llevó a conocer en París al poeta mexicano Octavio Paz, Nobel de Literatura en 1990. En ese periplo conoció más tarde al alemán Thomas Mann, amistad que terminó de definir simbólicamente su vocación literaria.

En 1975 escribió Terra Nostra, una magna obra de 800 páginas que junto con las novelas La muerte de Artemio Cruz y Aura lo terminaron de encumbrar.

Su curiosidad intelectual quedó plasmada en su ensayo de 2002, Esto creo, en el que detalla sus creencias personales ideológicas y literarias. Entre sus decenas de obras, en 2003 publicó La silla del Águila, en la que imagina el futuro de México. 

Fuentes apoyó la elección del conservador Vicente Fox en 2000, que puso fin a siete décadas de mandato del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

En términos personales, Fuentes ha sido definido por sus allegados como un hombre cariñoso y nada agresivo, que sólo mantenía cerrada una puerta de su vida: la familiar. Lo único que se conoce de su vida privada es que se casó con la actriz mexicana Rita Macedo (1925-1999), de quien se divorció en los años 1970 para contraer nupcias con la periodista también mexicana Silvia Lemus. De esta segunda unión nacieron Carlos Rafael que padecía hemofilia y murió en 1999 a los 25 años y Natasha, que falleció años después a los 32 años por causas desconocidas. Trotamundos y activo casi hasta el final, una vez dijo que su verdadero hogar era un avión y su peor miedo la muerte.

‘Dos veces bueno’

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ | ESCRITOR

‘Mi amistad con Carlos Fuentes –que es antigua, cordial y muy divertida— se inició en el instante en que nos conocimos, por los calores de agosto de 1961… Nos han ocurrido tantas cosas raras que si alguna vez escribiéramos nuestras memorias respectivas, van a encontrar con páginas intercambiables… La virtud que más admiro en Carlos Fuentes: su espíritu de cuerpo. No creo que haya un escritor más pendiente de los que vienen detrás de él, ni ninguno que sea tan generoso con ellos… Él quisiera celebrar todos los días la fiesta de que cada día seamos más y más jóvenes los escritores del mundo. Un escritor así, siendo tan buen escritor, es dos veces bueno’.

‘Libre y apasionado’

ÁNGELES MASTRETTA | ESCRITORA MEXICANA

‘Siempre me asombró Carlos Fuentes. Libre, inteligente, apasionado. Yendo de un lado a otro, acompañando hasta que para todos nombrarlo era un talismán y andar cerca contagiarse de su fervor por la literatura. Para muchos fue una alegría y un privilegio convivir con Carlos. Compartir, con él y Silvia, años de plenitud y valor. Era fácil quererlo. Verlo ir por el mundo y por la literatura con su mejor audacia. ‘El talento se mide en cuartillas’ decía Jules Renard porque no era prolijo. Fuentes no podía hacerse tal crítica, sin embargo, hasta el último día estuvo seguro de que le faltaba escribir mucho. Guardaba muchos temas apretando su corazón’.

‘Ser para los demás’

MARTÍN CAPARRÓS (EL PAÍS) | ESCRITOR

‘Murió Fuentes –y me dejó muy triste. Le tenía mucho afecto y mucha admiración. Sus novelas me resultaron, cuando comencé a leer, decisivas; su actitud de escritor siempre lo fue: la voluntad de alguien que, tras haber encontrado, siguió buscando, nunca dejó de buscar. Así acertó y erró, así produjo libros extraordinarios, buenos, menos buenos –pero produjo, sobre todo, una idea de la literatura. Una consigna: nada de lo nuevo me es ajeno; una conducta: ser para mí es ser para los otros. La firmeza en el cambio. El egoísmo de ser muy generoso. Y se murió. Si la idea de ‘vida plena’ tuviera sentido sería para aplicarla a Fuentes: años, artes, honores, amores, amigos’.

‘Un gran amigo’

 MARIO VARGAS LLOSA | ESCRITOR PERUANO

‘Lo cuando ya había publicado dos de sus obras más conocidas, en 1962. En estos 50 años fuimos siempre buenos amigos, una amistad que nunca nada empañó. Era, por una parte, un escritor muy comprometido con su trabajo, incansable en sus proyectos literarios, y, por otra, una persona mundana, gran viajero, muy amigo de sus amigos y gran promotor de la literatura en nuestra lengua. Ha dejado una huella literaria importante en el mundo entero. Carlos era una persona cosmopolita, que viajab a constantemente, que tenía editores y amigos en todas partes. Y promovió escritores hispanoamericanos, promoviéndolos, consiguiéndoles editores y agentes’.

‘Único y universal’

 TOMÁS E. MARTÍNEZ | ESCRITOR (FALLECIDO)

  ‘Conocí a Carlos Fuentes en Buenos Aires, la primavera de 1962, cuando él volvía del Congreso de Intelectuales de la Universidad de Concepción, en Chile. Allí había deslumbrado a todos. Carlos Fuentes fue el primero que se propuso imponer a la narrativa latinoamericana la conciencia de que era única, universal, libre de falsas tradiciones telúricas y de fantasmas campesinos; el primero que la salvó de su secular complejo de inferioridad y la forzó a respirar el oxígeno de todas las latitudes. A él, más que a ningún otro, se debe la idea de que el lenguaje común y la naciente fe común en América latina podían convertir al continente en el laboratorio de un mundo mejor’.

‘Una catástrofe’

ALVARO MUTIS | COLOMBIA

El fallecimiento del autor mexicano Carlos Fuente, el martes pasado en un hospital de la capital mexicana, constituye una verdadera catástrofe, inconmensurable para el mundo de la literatura universal. Él tenía un sentido crítico para todo es te manejo de los problemas literarios en donde la ambición está siempre en primera fila. Conoc í a Carlos Fuen tes hace aproximadamente 50 años. Teníamos una amistad muy cordial y muy sólida, parecida a la que también me une a Gabriel García Márquez, el creador de Macondo. Era magnífico para colocar a cada quien en su lugar, a cada escritor en su preciso lugar, el lugar que merecía según su esfuerzo y talento’.

MEMORIAS

Las huellas del paso de un gigante por el istmo

JORGE EDUARDO RITTER

‘Esta noche vamos al teatro Blanquita’, me convidó, de repente y a su manera, Gabriel García Márquez una tarde de 1998 mientras charlábamos en su casa en la ciudad de México. Mercedes complementó la invitación con una orden inapelable: ‘Además –dijo— tengo fiebre y alguien tiene que acompañar a Gabito’. Desde luego no pregunté qué obra íbamos a presenciar en ese teatro tan emblemático, pues para mí era mucho más importante la compañía que el espectáculo. Sólo cuando estábamos en camino supe el motivo: aquel año México y el mundo de las letras celebraban los setenta años de Carlos Fuentes y esa noche habría una representación de La región más transparente, con motivo de los cuarenta años de su publicación. El elenco de espectadores incluía, además del homenajeado y a García Márquez, a José Saramago, quien ese año sería galardonado con el premio Nobel de Literatura, Sergio Ramírez Mercado, Carlos Monsiváis y a una pléyade de escritores, artistas e intelectuales. No hubo oportunidad para mayores intercambios cuando nos presentaron: yo me limité a felicitarlo y él a expresar su complacencia por la presencia de compatriotas suyos en la celebración. Pero fue suficiente para percatarme de que su reconocida estatura de escritor corría pareja con la sencillez natural y la cordialidad espontánea de los hombres superiores. Al final de la velada bailó un danzón con su esposa Silvia con la misma maestría con la que escribió hasta el último día de su vida.
Muchos años después, por esas coincidencias afortunadas que nos depara la vida, García Márquez nos volvería a juntar. Acompañé al presidente Martín Torrijos y al vicepresidente Samuel Lewis Navarro a Cartagena al homenaje que se le tributaba a García Márquez en ocasión de sus ochenta años, los veinticinco de su premio Nobel y los cuarenta de la publicación de Cien años de soledad, y al término de la conversación privada con Gabo nos informaron que, por razones de seguridad o de protocolo, demoraríamos por lo menos dos horas en despegar. De manera que al caer la tarde nos fuimos a caminar por la ciudad amurallada y decidimos entrar al hotel Santa Clara. En la piscina se encontraba, completamente solo, Carlos Fuentes. Cuando vio que nos acercábamos a saludarlo, caminó hacia nosotros y nos recibió, igual que a mi ocho años antes, como compatriotas, una expresión de cordialidad por el hecho de haber nacido en Panamá, no como negación de su nacionalidad mejicana que él honró como nadie y de la que se sentía orgulloso como nadie.

Sin muchas esperanzas de que aceptara, lo invitamos a que, camino a México, pasara por Panamá. Él contestó que hablaría con Silvia, pero que le encantaría regresar a su tierra natal. Cuarenta y ocho horas después recorríamos con el presidente Torrijos y el poeta Manuel Orestes Nieto el casco Antiguo de la ciudad, la Cancillería, la sala Capitular donde se realizó el Congreso Anfictiónico de 1826, el Museo del Canal Interoceánico, etc. Indagaba mientras caminábamos –e igual al día siguiente en las esclusas de Miraflores— con la avidez de un adolescente. Recluté a última hora a unos cuantos amigos para cenar con él, y antes de comenzar ya nos había hecho sentir a todos como conocidos de toda la vida, y había firmado cuantos libros le pusieron por delante. Semanas después recibí una carta de su puño y letra (forma que yo creía ya extinguida), en la que agradecía las atenciones, saludaba a sus nuevos amigos, y expresaba su deseo de regresar.

Nunca volvió y nunca más lo volví a ver. Pero esas horas que pasó en Panamá bastaron para que, cuando supe de su fallecimiento, sintiera que se iba, además de un coloso de la literatura, un compatriota y –por qué no—un amigo.