A quien le caiga la teja

MARIELA SAGEL

marielasagel@gmail.com

La Estrella de Panamá, 5 de Agosto de 2012

Es una expresión que muchos hemos escuchado, pero que a veces no comprendemos qué significa o a qué se aplica. Sobre la misma hay sendos estudios psicológicos que refieren a que es como darse cuenta de un conocimiento repentino o que faltaba conectar algunos elementos que andaban por la memoria al garete y al fin hilamos fino y dimos con lo que significan.

Y es que la teja les cayó a varios durante los últimos días.

El martes, en la conferencia que dictó el comunicador mexicano (explicó vehementemente que no es ni economista ni periodista) Alberto Padilla, organizada por esta empresa editorial, el orador explicó la sensación que le daba llegar a ciudad de Panamá, de que era como estar en Miami, y cómo saliendo de la ciudad, te das de golpe con la realidad de que seguimos siendo un país centroamericano.

Fue muy tajante en señalar lo que se percibe tanto en la población panameña como por parte de los extranjeros que ven con cautela el desarrollo de la economía y la importancia que tiene esa percepción versus la realidad que arrojan las cifras. Antes que él un entusiasta ministro de Economía pasó revista a los impresionantes índices de crecimiento que muestra el país —después de haber dicho un par de horrores gramaticales que seguramente le escribieron y no se percató o no sabe que no se deben decir— y le siguió el economista Rubén Lachman dando su visión de país.

En esos momentos al ministro le cayó la teja. Ni aunque hubiera podido rebatiría los señalamientos de Padilla, enmarcados en ‘la excelencia en el desarrollo de un país’. En el salón, donde casi salimos morados del frío que hacía, lo vimos tratando de defenderse con estoicismo y pocos argumentos, porque en realidad, no existen.

Algo similar me vino a la mente escuchando el preclaro discurso de aceptación del ‘honoris causa’ en la Universidad de Panamá al poeta, cineasta y escritor Pedro Rivera, cuando definió sin aspavientos lo que significaba educar con nuestros actos, con nuestras palabras y con nuestras decisiones. Y señaló cómo, cada uno de nosotros, crea una cultura en torno a lo que hace y cómo lo hace, porque nuestra sociedad está condicionada a lo que vemos, sobre todo en los medios de comunicación. Su discurso fue tan preciso y tan puntual que se unen en una sola voz para decir, que vamos mal, que ‘a pesar de nosotros mismos, a pesar de nuestras buenas intenciones, éstas en la actualidad están dirigidas a satisfacer la demanda del desarrollo económico, factor al que se le relaciona, en términos pragmáticos, con satisfacciones materiales y generación de empleo’.

Y es que genera urticaria que se señale sobre las prioridades que tienen las instituciones del Estado frente a sentimientos y conductas edificantes que deben promover. Algunas asumen las críticas con hidalguía o simplemente no se sienten aludidas, tal cual hizo el ministro De Lima con los comentarios directos que hizo Alberto Padilla sobre la percepción de autoritarismo y corrupción que adorna al gobierno. Otras fallan en ver que no se deben ofender de ‘que les cae la teja’, porque unos vayan bien y los otros mal. Las ejecutorias deben ser coherentes con los cargos que se ocupan, de allí que el más coherente miembro de una empresa o del Estado es el que asume su rol con responsabilidad y a través de él, educa y dirige la forma en cómo enfrentar los miles de problemas que surgen a lo largo del camino.

Como bien señaló Pedro Rivera, estamos dentro de un sistema de enseñanza aprendizaje perpetuo —’el que no podrá enfrentarse sin escrutinios profundos; sin cultivar el juicio crítico y auto crítico  sin promover la actividad racional entre los ciudadanos; sin influir directamente sobre los actuales referentes de convivencia ciudadana’.