El lenguaje corporal

MARIELA SAGEL 

marielasagel@elsiglo.com

El Siglo, 5 de noviembre de 2012

El lenguaje del cuerpo, también llamado científicamente kinésica, no es muy bien entendido por el común de las personas, pero si nos esforzamos un poco en descifrarlo, seguramente aprenderemos a entender lo que nos quieren decir los individuos con los que interactuamos y descifrar lo que verdaderamente quieren decirnos los políticos, sean aspirantes o ya estén en pleno ejercicio.

La semana pasada el problema de la Ley 72 se solventó, en apariencia, por una firma a su derogatoria y una conferencia de prensa de cinco minutos, en la que se vio a un presidente cuyo rostro parecía haber pasado por el mismo maquillista de Isabel Preysler para Hola, absolutamente planchadito y sin una arruga y hasta con sombras en los ojos, al tiempo que la lengua se le trabó en tres ocasiones, trató de decir Zona Libre de Colón y dijo otra cosa. Al final, un gesto de desprecio y disgusto coronó la esperada intervención, cuyas palabras no lograron convencer a los que tenían la esperanza de ver muestras de arrepentimiento en el mandatario, sino, por el contrario, se vio a leguas que estaba contrariado porque no habían salido las cosas como caprichosamente quería.

El lenguaje corporal traiciona, y lo hace de la manera más fea. He visto personas que se llaman a sí diplomáticos y en un banquete o comida oficial se cruzan de brazos sobre la mesa, cuando esta actitud lo que denota es un rechazo a todo lo que se dice en el entorno en que se está. El cruzarse de brazos es algo casi que automático, como una manera de protección, pero que muchos alegan que lo hacen para disimular la barriga.

Otro signo muy característico que demuestra la calidad de las personas es la mirada. Desconfía de todo aquel que no te mira a los ojos y cuando está hablando (o lo está haciendo en público) no mira a su interlocutor o a la cámara, sino que desvía la mirada. En algunos casos es producto de los medicamentos que utiliza, pero la mayoría de los casos es falta de sinceridad.

Algo en común que tienen especialmente aquellas que se han dado una jaladita o inyectado bótox, es un rictus en la boca que las traiciona (y digo en femenino porque lo he notado en algunas seudodivas) cuando ven a alguien a quien no quieren bien. Un gesto dice más que mil palabras, reza una vieja frase. Habría que empezar por controlar las emociones, no que ellas nos delaten a nosotros.