Matando el mensaje

MARIELA SAGEL 

marielasagel@gmail.com

El Siglo, 6 de agosto de 2012

No cabe duda de que los acontecimientos que a diario nos entretienen y muchas de las veces nos sobresaltan tienen el objetivo muy escondido de manipular la opinión de las mayorías, así como ir creando una aureola de victimización que no la aguanta nadie.

Cualquier persona que abogue y defienda el derecho que tenemos todos a la libertad de expresión debe de la misma forma ser solidaria con el deber de practicar esa misma libertad, que algunos se abrogan para indicar quién es el bueno y quién es el malo, a quién le publican y quién sale en la foto.

El trancón forzado que vivió La Prensa el jueves en la noche parecía un montaje de circo, pero de la peor calidad. Lo malo fue que se sumaron los actores que al final quedaron como payasos y los animales que eran tradicionales del circo, y a quienes las sociedades mundiales exigen que no sigan siendo partícipes de estos shows se alzaron como víctimas. No me repongo de la tristeza que me causó ver a un presidente llegar de un ‘ágape’ en horas de la madrugada a decirle a sus ‘frenes’ que no bloquearan la salida de la edición del viernes. No es malo que el presidente se tome sus tragos, lo peor es que llegue en semejante estado a hablarles a los que supuestamente querían matar al mensajero, porque no pueden hacer lo mismo con el mensaje.

Mientras eso ocurría, la empresa editorial paró rotativas y rehizo portada. Es bajo todo punto de vista censurable la acción tomada por los trabajadores de los contratistas, pero así mismo es deplorable que se nos siga irrespetando a la ciudadanía con los shows de ‘salvadores’ e ‘impolutos’ y, mientras tanto, están practicando lo contrario. Y eso se aplica tanto a políticos como a directores de medios y a la fuerza policial.

¿Y la justicia? Bien gracias, ni de oficio va a investigar. Antes bastaba que un sagaz periodista importado rebuscara en el Registro Público y se levantaban expedientes que les daba la excusa de investigar, de oficio, a adversarios y enemigos –alguna vez amigos y aliados –, llevarlos a juicio y meterlos presos sin sustento.

La verdad es que el viaje presidencial para estar presente en la apertura de las Olimpiadas en Londres no sirvió para mucho: saló a Saladino, no aportó nada significativo y encima, no se extendió por el tiempo necesario. Hubiéramos podido haber disfrutado de más tiempo sin sobresaltos.