Hagan lo que digo, no lo que hago

MARIELA SAGEL

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La Estrella de Panamá, 3 de marzo de 2013 

El lema de este artículo se le ha aplicado a estrellas de cine, personalidades y todo aquel aspirante a famoso que promete o pregona una cosa, y hace otra. Si nos tomamos el trabajo de revisar el plan de gobierno de la actual gestión, vamos a ver que es constante la violación de sus promesas de campaña versus su actuar diario.

Un ejemplo reciente es lo relacionado al Parlacen. Una cueva de ladrones le llamó el presidente. Ahora que se revertió el asunto y se le van a pagar los salarios caídos aún a los representantes de su partido, entonces dice cándidamente que se ‘extralimitó’. Es imponderable lo que le cuesta al Estado en daños tanto económicos como de imagen este y otros exabruptos.

Criticó los viajes de su antecesor, pero no ha parado de viajar, tanto de manera oficial como personal. Cuando en Colón se estaba llegando casi a una guerra civil el pasado 26 de octubre, el presidente y su comitiva estaban recalando en Oriente, en una tardanza inexplicable que dejó como Tres Patines al ministro de la Presidencia, contradiciéndose con cada declaración pública que hacía.

Prometió que no se invertiría en los carnavales de la ciudad, porque eso le correspondería a la empresa privada, y no solo ha dilapidado los dineros en mediocres y chabacanas rumbas, sino que en el último carnaval, bien supicucú (ese era el eslogan, traído de los años ’60) ha habido toda clase de cuestionamientos y malas prácticas en la contratación de los artistas internacionales. No se reconoce el talento panameño, pero se paga alto a los de afuera y aún no se sabe si realmente Don Omar cobró y qué hubo (ni quienes estuvieron) detrás de su contratación.

Los sistemas de salud no tienen recursos, pero sí hay dinero para cosas superfluas. Si se hubiera permitido construir la Tusa en el lote que ocupó la antigua Embajada de los EE.UU., se habría encontrado el dinero para levantarla en detrimento del área hospitalaria que visionó el Dr. Belisario Porras, pero no hay plata para que el Hospital del Niño pague sus operaciones y pueda lograr su expansión en ese terreno.

En política exterior estamos peor que nunca. Los escándalos de nuestros representantes diplomáticos han sido constantes y sonantes y los que se han conocido —porque hay otros que se han manejado en estricta confidencialidad— no dan explicaciones. Y ahora estrenamos un nuevo canciller, el cuarto del período, cuya trayectoria en esta gestión ha sido tan errática como su fama: de zar anticorrupción se fue a gobernador de Coclé y de allí a canciller. Realmente son gente que da pena ajena. Y seguramente llegará con las mismas ínfulas que ha llegado donde lo han nombrado, el primer campanazo la dio el vicecanciller al renunciar.

La cúpula oficialista se ha concentrado en atacar a los medios y para remediar la antipatía que genera en ellos —y la imposibilidad de contrarrestar ese sentimiento— se ha encargado de comprar otros medios y hasta conductores de programas y toda su planilla, doblándoles el salario. La devastación que sigue produciendo es tan imparable, que lo sorprendente es que todos nos lo aguantemos.

La compra de conciencia y el transfuguismo se han apoderado de la política, en reemplazo de la ética y la rendición de cuentas. Hasta los más nimios nombramientos son un escándalo por la selección que hace, donde prevalece el revanchismo o el compinche.

Realmente, si nos tomamos el trabajo de cotejar el plan de gobierno, cuyo documento impreso no sirve ni para papel reciclado, reconocemos que lo que sí se ha cumplido de manera estricta es que ‘los locos somos más’. Unos porque votaron por ellos y los demás, porque seguimos soportando sus locuras.