Érase una vez una tacita de oro

MARIELA SAGEL 

marielasagel@gmail.com

El Siglo, 1o. de abril de 2013

La semana pasada la ciudad de Colón, a solamente 40 kilómetros de la boyante capital panameña, fue objeto de un amplio reportaje en el periódico The New York Times.

Con una tajante contumacia, el autor la comparó con una ciudad de Haití, el país más pobre de América, donde los edificios se están colapsando, las aguas servidas gotean por los aleros, el acueducto está seriamente dañado y el crimen y la desesperanza han empujado a sus residentes a protestar.

Recordando al Colón de mi infancia, y teniendo muchos amigos que son oriundos de allá, aproveché el fin de semana largo y me fui a darle una vuelta.

La ciudad a la que en el pasado uno se refería como ‘una tacita de oro’ es una de las mejores trazadas y en su momento reunió la elegancia de la arquitectura francesa con el exotismo de la India y China y la cadencia del Caribe.

Para nadie es extraño que aún hoy, con las fachadas sucias y casi en ruinas, se nota la visión de los arquitectos que previeron que los peatones estuvieran cubiertos por los balcones en las aceras.

Una rápida vuelta por el centro te enfrenta al tremendo contraste que hay en esa ciudad portuaria, creada en 1852 en virtud de la apertura del ferrocarril: por un lado el puerto de cruceros y la Zona Libre –que aunque tiene una discreta fachada, es generadora de muchas riquezas— y por el otro, el puerto de Cristóbal.

En el medio está el Colón que se resiste al colapso, que está ‘cacofónico’, como señaló el articulista. Mis recuerdos me llevaron a las tiendas de la avenida del Frente, donde íbamos a comprar telas y al Hotel Washington, frente al mar Caribe. También al área del puerto de Manzanillo, que en su momento tenía casas de arquitectura tropical, estilo ‘zonian’. Colón necesita un remozamiento y eso solamente se lo pueden dar sus residentes, cuidando lo que tienen con esmero y las autoridades municipales, con políticas orientadas a preservar sus riquezas arquitectónicas. Lo que generan esos polos de desarrollo que mencioné no puede pasar por encima de Colón, sino que debe permearlo. Se señaló en el artículo que la discriminación racial es parte del problema.

Los colonenses se quejan de que los gobiernos los han olvidado, pero ellos no hacen nada por rescatarse.

Hay una iniciativa de restaurar el centro de Colón y elevarlo a categoría de monumento del mundo. Ojalá que si esto pasa, no le construyan una costanera para beneficiar a algún cocotudo que tenga un proyecto sobre el mar.