El testigo invisible

HISTORIA Y LITERATURA

MARIELA SAGEL

facetas@laestrella.com.pa

El último libro de la novelista Carmen Posadas fue publicado a principios de año en España. En él la escritora española-uruguaya retorna al género de la novela histórica

¿A quién no le seducen las historias de la realeza? Muchos saben más de lo que hacen los príncipes de Asturias que lo que pasa en nuestro entorno. La familia imperial rusa, los Romanov, no ha estado exenta de ese morbo que genera el poder y el lujo que los rodeó y la forma tan misteriosa y estrepitosa como acabaron con sus vidas, un mes de julio de 1918. El testigo invisible

Carmen Posadas, con esa pluma incisiva, magistral y recursiva le da voz a un deshollinador (wáter baby) de chimeneas que los fisgoneó desde que él era un adolescente, adorando a una de las cuatro hijas de Nicolás y Alejandra, –la emperatriz alemana que muchos detestaban — y después se convirtió en un pinche (ayudante) de cocina, presenciando su final. Leonid Sednev toma voz propia con palabras muy de él para describir lo que acontecía en esos años tan determinantes.

El último libro de la autora uruguaya-española, El Testigo Invisible, fue publicado a principios de año en España y en él Carmen Posadas retorna a la novela histórica, haciendo mano de recursos y vocabulario exquisito y cautivador, mostrando detalles desconocidos de la vida de la familia imperial rusa, donde las corrientes en boga, la francesa, la alemana, la austriaca y hasta la polaca, marcaban tendencias, con sus modismos, dichos y desdichas.

Es un libro que se lee con gozo, disfrutando de cada página que revela las penurias de una emperatriz introvertida pero de carácter fuerte, que se hacía la enferma para no figurar, sus cuatro hijas, cada una más bonita y peculiares, el malogrado zarévich Alexei (que sufría de hemofilia) y sobre todo, la influencia que ejerció Grigori Efimovich, Rasputín, el ‘monje loco’. 

Carmen enmarca cada personaje con mucho savoir faire, con charme, con caché, al punto que describe el gabinete de la zarina con tanto encanto que uno huele ‘el mal gusto victoriano’ en sus paredes color malva (mauve boudoir) o las peripecias que como deshollinador fisgón hacía Leonid para ver si se tropezaba con su amada Tatiana.

DE PEQUEÑAS INFAMIAS A TESTIGOS INVISIBLES

Carmen Posadas estuvo en Panamá el año pasado en una visita personal, y asistió a una de las presentaciones de la feria del libro en forma fugaz. Disfrutó de una inolvidable cena, junto a Javier Moro y Laura Martínez Belli, donde compartieron anécdotas que nos hacían doblar de risa. Se le nota la curiosidad y acuciosidad con que mira todo lo que le rodea y eso es muy obvio en la lectura de sus libros, que empezó a escribir para niños. Es autora de guiones de cine y televisión, relatos y artículos periodísticos que al día de hoy, son muy leídos.

Con el Premio Planeta de Novela de 1998 cautivó a los lectores con Pequeñas Infamias (así se llama su columna en El Semanal) y sus libros han sido traducidos a más de veinte idiomas y publicado en cuarenta países. Su novela anterior, Invitación a un Asesinato, es una obligada reverencia a Agatha Christie y rememora su obra Cianuro Espumoso.

Esta novela es una deuda pendiente que tenía con su historia personal, ya que vivió en Rusia por cuenta que su padre ocupó puestos diplomáticos que llevó a su familia a vivir en Moscú, Buenos Aires y Londres, y ahora reside en forma casi permanente en Madrid. Sus dos hijas le han dado dos nietos y recién estando su libro en imprenta, nació su nieta Carmencita, a quien le dedica el libro.

De la misma forma, El Testigo Invisible es un sólido y muy ameno homenaje a los muchos ‘rusos blancos’ que llegaron a los alrededores del Río de la Plata a asentarse entre las dos guerras mundiales y que seguro de ellos ella ha podido rescatar, con mucha gracia y elegancia, parte de estos retazos del imperio ruso.

LOS ROMANOV

La familia imperial rusa estaba atrapada entre los casamientos entre la realeza, que los obligaban a lealtades a veces cuestionables, y la fastuosidad de una corte que aún hoy, después de haber pasado decenas de años bajo un régimen comunista, sorprende por la riqueza y ostentación que mostraban. La novela es profusa en contar cómo las duquesitas llevaban hasta dos corsés atiborrados de piedras preciosas y cadenas de oro al momento de su fusilamiento y recrea con detalle el desgreño, suciedad y embriaguez que destilaba Rasputín, el starets (vocablo ruso que puede traducirse como santón).

De igual forma la autora hace mano de un montón de palabras en francés (la lengua de Moliére, como le acredita en su agradecimiento) que mezcla hábilmente con dejos ingleses y rusos, que hacen muy ameno el relato. Es cautivante y a la vez subyugante esta historia de uno de los grandes imperios que acabaron en el siglo XX y cuyos tesoros se muestran en forma itinerante en todas las capitales del mundo, lo mismo que en sus grandes y muy preservados museos.

En honor a su fama de gran cocinera, especial de su Boeuf Strogonofff, Carmen no descuida los aspectos culinarios en su historia, ni las conversaciones entre la zarina, a quien su esposo llama Sunny, su familia Alix (diminutivo de Alicia) pero la población rusa le gritaba niemka, en forma despectiva, en momentos de gran tensión, por su origen germánico.

No escapa de este círculo concéntrico tampoco la historia de Anna Anderson, la mujer que por años se creyó era Anastasia, una de las duquesas, que se habría salvado del fusilamiento ni tampoco las referencias obligadas de las prácticas esotéricas de Rasputín, de sus ojos color de hielo ni el tamaño de su miembro varonil, sobre el que se tejieron numerosas leyendas.

Es muy grande y tenaz la investigación que tuvo que hacer Carmen Posadas de esta historia, llena de mitos y realidades, de luces y sombras, como ella misma dice, ‘en un desfile de princesas y deshollinadores, zares y bolcheviques, lujo y miseria’ y más aún, la maestría con que tuvo que hilvanar todos los círculos concéntricos y claroscuros que tiene este relato para que nosotros podamos leer, en apenas 450 páginas, una época que marcó el rumbo de la historia, de un país como Rusia, así como del mundo entero.

 

Érase una vez una tacita de oro

MARIELA SAGEL 

marielasagel@gmail.com

El Siglo, 1o. de abril de 2013

La semana pasada la ciudad de Colón, a solamente 40 kilómetros de la boyante capital panameña, fue objeto de un amplio reportaje en el periódico The New York Times.

Con una tajante contumacia, el autor la comparó con una ciudad de Haití, el país más pobre de América, donde los edificios se están colapsando, las aguas servidas gotean por los aleros, el acueducto está seriamente dañado y el crimen y la desesperanza han empujado a sus residentes a protestar.

Recordando al Colón de mi infancia, y teniendo muchos amigos que son oriundos de allá, aproveché el fin de semana largo y me fui a darle una vuelta.

La ciudad a la que en el pasado uno se refería como ‘una tacita de oro’ es una de las mejores trazadas y en su momento reunió la elegancia de la arquitectura francesa con el exotismo de la India y China y la cadencia del Caribe.

Para nadie es extraño que aún hoy, con las fachadas sucias y casi en ruinas, se nota la visión de los arquitectos que previeron que los peatones estuvieran cubiertos por los balcones en las aceras.

Una rápida vuelta por el centro te enfrenta al tremendo contraste que hay en esa ciudad portuaria, creada en 1852 en virtud de la apertura del ferrocarril: por un lado el puerto de cruceros y la Zona Libre –que aunque tiene una discreta fachada, es generadora de muchas riquezas— y por el otro, el puerto de Cristóbal.

En el medio está el Colón que se resiste al colapso, que está ‘cacofónico’, como señaló el articulista. Mis recuerdos me llevaron a las tiendas de la avenida del Frente, donde íbamos a comprar telas y al Hotel Washington, frente al mar Caribe. También al área del puerto de Manzanillo, que en su momento tenía casas de arquitectura tropical, estilo ‘zonian’. Colón necesita un remozamiento y eso solamente se lo pueden dar sus residentes, cuidando lo que tienen con esmero y las autoridades municipales, con políticas orientadas a preservar sus riquezas arquitectónicas. Lo que generan esos polos de desarrollo que mencioné no puede pasar por encima de Colón, sino que debe permearlo. Se señaló en el artículo que la discriminación racial es parte del problema.

Los colonenses se quejan de que los gobiernos los han olvidado, pero ellos no hacen nada por rescatarse.

Hay una iniciativa de restaurar el centro de Colón y elevarlo a categoría de monumento del mundo. Ojalá que si esto pasa, no le construyan una costanera para beneficiar a algún cocotudo que tenga un proyecto sobre el mar.