El ADN de las ciudades

MARIELA SAGEL

opinion@laestrella.com.pa

La Estrella de Panamá, 21 de abril de 2013

Viena, Austria — Recorriendo las ciudades de Praga y Barcelona, capitales de sendos imperios y corrientes artísticas, voy entendiendo que las ciudades, como los países, tienen un ADN escondido que, a una provocación, puede emerger, para bien o para mal. Barcelona, por ejemplo, fue una ciudad que estuvo de espaldas al mar y desde que se celebró en ella la Exposición Universal de 1929, al sonar de los cañonazos que la inauguraron, no ha parado de ser atractiva, consolidándose durante los Juegos Olímpicos de 1992. Junto con sus insospechados misterios, la ciudad que ha redescubierto su amor por el estilo modernista suma su rentable factor de reclamo turístico, lo celebra y lo comercializa, inmortalizándolo en postales, exposiciones y toda clase de objetos de marketing que atraen a visitantes de todo el mundo.

Algo parecido le pareció al arquitecto Antoni Gaudí, que diseñó la catedral que está condenada a la eternidad de la incomprensión, la Sagrada Familia, y fue vanguardista en su estilo con otras construcciones igualmente fabulosas, como el Parque Güell, la casa Batló o la Pedrera, referencias obligadas de los visitantes y sitios donde prevalece la organización para verlos y gozar de ellos. A la sombra del hacedor del modernismo se han ido develando sus encantos y hoy día el ADN de la ciudad parece reflejado no solo en la Rambla, sino en todas las edificaciones que han sido restauradas con esmero para crear una marca ciudad, que hasta en las películas, como las de Almodóvar y Woody Allen, son identificadas con facilidad y motivan a muchos a visitarla.

Praga también tiene su ADN y sus manifestaciones son resaltadas en cada esquina de la ciudad y durante el recorrido del río Moldava. El Castillo de Praga influyó en obras literarias como el homónimo de Frank Kafka; el Puente Carlos y el barrio judío y el reloj astronómico lo hicieron con otras manifestaciones y la organización turística es muy eficiente y profesional.

En ambas ciudades prevalece, sobre todo, el respeto a la historia, su conservación y el buen uso que se le debe dar a sus huellas. Las calles de Praga son de las mismas piedras que lo fueron antaño y a nadie se le ocurre cambiarlas para que los autos transiten mejor o las personas no sufran caminando. El centro histórico tiene, desde su integración al mundo occidental y el cambio que significó la caída del bloque socialista, todas las tiendas de marca y ninguna tiene un letrero luminoso o que sobresalga de la acera para llamar la atención. Hay un parque donde antes estaba una gigantesca estatua de Stalin, que fue demolida y en ella hay un enorme metrónomo que mide la estabilidad política del país y los cambios de gobierno.

Los tranvías son sujeto de interés y renovación, sin perder su encanto y particularidad, y funcionan desde fines del siglo XIX (1875), en las mismas rutas que fueron trazadas y sobre los rieles que se tendieron entonces. Se combinan de manera casi imperceptible con otros medios de transporte masivo, como el metro y los buses, sin que ninguno pierda su encanto. Existe una cultura de colectividad que permite a todos los habitantes disfrutar de la modernidad sin pagar un alto precio, como puede ser el tener un auto y no tener donde estacionarlo, o vivir en forma permanente en un tranque.

Siempre que visito lugares donde me llaman la atención la forma en cómo manejan el turismo o el transporte la comparo en cómo lo estamos haciendo nosotros, teniendo la economía que más crece en el área y dando a primera vista señales que somos los más agresivos en cuanto a modernidad se refiere. Valdría la pena hurgar un poco en nuestro ADN como ciudad o como país, y seguro iremos por un camino más seguro y con más suerte en cuanto a conservar nuestro patrimonio y manejar el turismo que queremos atraer.