Chamanes, charlatanes y Medicina Alternativa

MARIELA SAGEL

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La Estrella de Panamá, 16 de junio de 2013 


Desde hace algunos meses he querido sentarme a escribir mis impresiones sobre las ofertas de medicina alternativa que hay en el país, algunas muy serias, pero la celebración del II Encuentro de Sanadoras que se realizó hace dos semanas me obligó a posponer esta nota, pues no quería que se viera como un ataque a la activad que llevó a cabo el Centro de Estudios y Competencia de Género. Y ha sido saludable, puesto que de esa experiencia puedo sustentar con mucha más veracidad estos señalamientos. El encuentro fue muy enriquecedor y del mismo se han derivado unas conclusiones valiosas, que deberían estudiarse tanto por los interesados en el tema como por las mismas autoridades de salud panameña.

Quizás en el medio en que crecí, siendo de la capital, no tuve tantas referencias de curanderos o sanadoras, pero entiendo que para nuestros pueblos indígenas el chamán o la chamana es una figura importante en la comunidad y alguien a quien respetan. Es el equivalente al médico de cabecera o médico de familia. Según dicen los resultados del encuentro de sanadoras, en vista que no hay un plan de acción por parte de las autoridades de salud, estas personas, necesarias en todas las sociedades, son relegadas y puestas a un nivel casi de clandestinidad y se les violentan sus derechos, especialmente si son mujeres.

Pero en el otro lado del escenario vemos que va en aumento la proliferación de médicos, curanderos y terapias supuestamente alternativas que, sin control, se anuncian en los medios de comunicación y establecen centros de atención sin los más mínimos controles sanitarios. Muy destacado el caso del médico que a diario tiene un programa de radio y se inició recomendando hierbas (lo que no tiene nada de malo) y ahora promociona un centro de atención al dolor, que lo que menos trata es el dolor, pero que sí le imprime un fuerte golpe al bolsillo.

Están también los que, escudándose en una especialidad, y careciendo totalmente de humildad y de ética, atienden pacientes que van por una dolencia y acaban sometiéndolos a todas las maquinitas con las que se les ha ocurrido jugar últimamente, pero a costa de la chequera de los pacientes. Con el cuentito que deben esperar a que lleguen los resultados de los análisis para poder hacerse un tratamiento específico, te hacen hasta tres citas semanales para ponerte en la onda de las terapias que ellos llaman alternativas y que te cuestan un ojo de la cara.

No tengo nada en contra de la Medicina Naturista, por el contrario, la apoyo en casi su totalidad y creo en ella, cuando es impartida por profesionales responsables que estudian tus dolencias y te recetan suplementos de acuerdo al perfil que arroje tu sangre o cualquier otro examen. Lo que me molesta es la charlatanería, el juegavivo y la insistencia en querer aplicar hasta lo que ni se sabe para qué sirve y el cobro de precios exorbitantes. Los seres humanos venimos con un balance en nuestros cuerpos que definitivamente se pierde por las influencias externas o las fallas de fábrica con las que nacemos, por eso hay que compensarlas.

Leyendo las conclusiones del encuentro de sanadoras, —algunas de ellas han sido señaladas hasta de brujas y se les pone en una posición de desprecio, tanto por la población como por las autoridades de salud—, me pregunto si, tal como en otros temas donde se excluye, no debería tocarse como un tema especial e ir levantando consensos alrededor de los derechos de este sector a la vez que existan controles para que los de cuello blanco tengan sus límites, aunque se escondan bajo otras disciplinas.

Hace unos años un médico acupunturista me dijo tajantemente: ‘No quiero verte todas las semanas, lo que quiero es que te cures’.