Disyuntiva electoral

MARIELA SAGEL

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La Estrella de Panamá, 6 de octubre de 2013

Estocolmo, Suecia —A veces uno necesita salir por un tiempo del escenario donde está para ver las cosas desde otra perspectiva. He seguido en la corta distancia, —como diría Juancho Armas— lo que acontece a diario en nuestro patio político panameño y quizá por no estar las 24 horas sujeta al bombardeo de chats, tuits, y noticias en radio y TV, aparte de leer La Estrella y El Siglo en línea, le doy espacio a otros pensamientos que no son los inmediatistas, de cómo contrarrestar alguna barrabasada o señalar una mentira que de tanto repetirla se convierte en realidad (como esa soberana estupidez que en 4 años se ha hecho más que en 40). 
Estuve recordando la campaña de 1999, cuando corrió Martín Torrijos por el PRD y ganó Mireya Moscoso por los arnulfistas. A los que éramos funcionarios, en esos meses antes de las elecciones, se nos tenía prohibido participar en actividades proselitistas, sobre todo en horas laborables. En esa fecha hubo varios que aspiraron a ser candidatos a presidente y diputados por el PRD y a los que eran ministros o funcionarios de alto rango se les invitó a salir sin retorno y sin licencia de los puestos que ocupaban. De igual manera, todo aquel que estuviera involucrado directa o indirectamente en una campaña, se le mandaba de vacaciones o tiempo compensatorio.

En el desarrollo de ese torneo, el presidente Ernesto Pérez Balladares no hizo campaña ni indirecta ni directamente a favor del candidato de su partido, ni ninguno de sus ministros lo hicimos, aunque eso no nos impidió participar de algunas cenas o actividades vinculantes, pero nos apegamos estrictamente a la Ley Electoral y el fiscal en ese tiempo era implacable y muy estricto y llamaba la atención a quien la violara: Gerardo Solís.

Ese vertical cumplimiento (lo que sería visto también como una falta de apoyo) llevó a algunas enemistades y disgustos, porque es muy difícil estar en campaña sin criticar una gestión que agoniza. Todos recordarán la desavenencia que ocurrió entre el ministro de Educación y el candidato y por supuesto, de la tirria que le agarró a los ‘toristas’ la gente de Martín Torrijos. Llegaron a acusarnos de perder las elecciones por algunas decisiones o hechos que ocurrieron antes de que se realizaran las mismas.

Las cosas empezaron a cambiar en el 2004. Mireya Moscoso apoyó abierta e indefectiblemente a su candidato oficial, José Miguel Alemán, y eso acabó de sepultarlo. Hasta el presidente Guillermo Endara sacó más votos. En el 2009, gracias a los desaciertos de los dirigentes del PRD y el empecinamiento de algunos por elegir a la peor candidata —una facción sacándole la tabla a la otra— ni la totalidad de los miembros del partido votó por la oferta electoral de ese colectivo. Las heridas todavía están cicatrizando y a veces se abren, porque el oficio de político no se ha elevado sobre los principios de ética y propuestas, sino sobre los saldos de una chequera.

Hoy, vemos un escenario aterrador: por un lado un PRD que ha hecho un esfuerzo en unificar en un candidato su fuerza y propuesta electoral, que es víctima por todos lados de campañas sucias y negativas y un candidato oficialista que parece salido de Avenue Q, pero sin gracia. El presidente no pierde oportunidad, ni en la inauguración de un alcantarillado rural, para resaltar sus logros, las obras que ha construido y lo que, según él, no se ha hecho en 40 años.

¿Hasta dónde nos va a llevar este tira y jala? No lo podemos prever y tal parece que lo que viene ahora va a ser terrible y no respetará reputaciones, lazos familiares ni integridades físicas. Debemos elevarnos sobre estas mezquindades y poner al país primero, porque nosotros quedamos, pero el daño que se hace no se repara más nunca.