Homenaje a los 50 años de Rayuela

MARIELA SAGEL

marielasagel@gmail.com

Facetas, 23 de junio de 2013

El 28 de junio de 1963 el escritor argentino Julio Cortázar pondría a prueba la tradición novelística de occidente. Ese día fue publicada Rayuela, una novela con una estructura experimental, que permite varias lecturas.

A lo largo de estos 50 años la obra cumbre de este traductor y cuentista ha desafiado a lectores de todo el mundo. Por ella han pasado los años, los dictámenes de los críticos y los estudiosos. Sin embargo, la novela no ha perdido su frescura, su originalidad. Continúa siendo texto vivo, creación en movimiento, juego eterno.

Su impacto sobre los hombres de letras istmeños es innegable, tal como lo corroboran autores como Carlos Oriel Wynter Melo, Carlos Fong, Arturo Wong Sagel e Isabel Burgos, entre otros.

Estos escritores del patio se unen a otras plumas del extranjero que se preparan para festejar, el próximo 28 de junio, el aniversario de una obra maestra producida por un espíritu lúdico y una inteligencia superior.

Una celebración internacional de la que también participa el sello editorial Alfaguara, que este mes estará lanzando una edición conmemorativa de Rayuela.

BODAS DE ORO LITERARIAS

Un experimento que se llamó ‘Rayuela’

MARIELA SAGEL

marielasagel@gmail.com

Desde hace 50 años la obra cumbre del argentino Julio Cortázar viene desafiando a los lectores. Autores panameños discuten el porqué

Julio Cortázar

Hace 50 años se publicó, en el mes de junio, la primera edición de Rayuela, la novela del escritor argentino Julio Cortázar que significó un revuelo, algo novedoso que se le llamó la ‘contranovela’, un paso que daría pie al ‘boom’ latinoamericano. Hoy en día, el mundo se prepara para conmemorar este hito literario, de diferentes maneras, con ediciones conmemorativas y homenajes al genial autor que falleció en 1984, víctima de un cáncer linfático que -según su amiga uruguaya, Cristina Peri Rossi- fue causado por una inmunodeficiencia que se le pasó en una transfusión.

Cortázar nació en Bélgica consecuencia, según él, del ’turismo y la diplomacia’, como dice su biografía, y vivió de joven en Argentina. Tuvo una salud frágil de niño, lo que le hizo un lector voraz. Vivió en España, Italia y Suiza, además de Francia, en cuya capital murió. Apenas habían pasado dos años desde que su última pareja había muerto, la estadounidense Carol Dunlop, con quien publicó un libro, Los autonautas de la cosmopista (1982). Después de su fallecimiento, la primera esposa recogió su legado y se convirtió en su heredera universal.

Inicialmente, el autor pensó titular ‘mandala’ a su obra cumbre, en referencia a los símbolos de origen sánscrito que se usan desde inicios de la humanidad y convergen en la unidad del ser, pero le pareció pretencioso, por lo que se decantó por la forma alegórica, esa facilidad con la que uno alcanza ‘el cielo’ en el juego de la Rayuela, siendo ‘el cielo’ esa quimera autoimpuesta de Oliveira (uno de los personajes principales) de buscar siempre algo que no está seguro qué es.

Muchos son los escritores que reclaman orgullosos estar en la categoría de ‘Cortazarianos’, entre ellos algunos jóvenes que se aventuran en publicar y cuya lec tura del libro publicado hace medio siglo tuvo gran influencia. He invitado a algunos de ellos a expresar la experiencia que tuvieron al leer al autor argentino.

Para complementar este homenaje incluimos un texto de un amigo pintor argentino, ya fallecido, quien asistió al sepelio de este cronopio gigante de la literatura universal.

Asimismo, gracias al director de la Fundación Juan March, el filósofo y escritor Javier Gomá, reproduciremos una relación del legado póstumo del autor, que recoge los casi cuatro mil volúmenes de su biblioteca personal y que conmemora el cincuentenario de Rayuela con la oportunidad de visitarla de forma virtual.

UN ESCRITOR DE CULTO

Además de ser un hombre altísimo, Cortázar era un sólido intelectual. Su narrativa mezcla, con gran elegancia citas, discursos, obras de arte y piezas musicales de artistas como Roberto Arlt, Louis Armstrong, Antonin Artaud, Baudelaire, Faulkner, Juan Filloy, Goethe, Homero, Paul Klee, François Mauriac, Joan Miró, Piet Mondrian, Thelonious Monk, Charlie Parker, Rembrandt, San Agustín, Erik Satie, Igor Stravinsky, Dylan Thomas, Hugo Wolf, Bessie Smith, etc.

En la edición de 1977 (que fue la que leí), que era la número 20, la contraportada destaca que Rayuela ‘es un texto que vuelve forzosamente cómplice al lector. Es una exasperada denuncia de la inautenticidad de la vida humana y de la literatura estética y psicológica’. 

La novela, de 155 capítulos, se puede leer de tres maneras diferentes: siguiendo la lectura tradicional, empezando por la primera página y siguiendo el texto hasta llegar al capítulo 56. De allí, se desarrolla una lectura completamente diferente, llevados por el tablero que meticulosamente armó Cortázar y al final de cada capítulo hay un número que te lleva al capítulo que entonces debes leer. A esta opción, se agrega la alternativa que es la que uno quiera, y que se describe en su novela ‘62/Modelo para armar’, un texto muy experimental.

Cortázar fue primordialmente un autor de cuentos y su vasta cultura le permitió ser un atrevido original. Hay muchas razones para volver a leer Rayuela, especialmente en esta celebración de sus 50 años. Se lee de manera vertiginosa y atrapa al lector con deleite y pasión. Sus personajes son inolvidables -especialmente la Maga- y los pasajes se vuelven familiares en la medida que uno se envuelve en la magia de su ambiente, de las ciudades de París y Buenos Aires.

TESTIMONIO

El último juego antes del cielo

MARIELA SAGEL

Muchas veces he querido publicar algunas de las cartas que tengo la fortuna de recibir, de amigos artistas que residen en ciudades tan interesantes como París o New York, y que retratan la realidad que ellos viven, un poco alejada quizás de la nuestra.

Pero la que a continua ción me atrevo a reproducir tiene un hondo contenido humano, y habla de la amistad y el comportamiento social de los seres humanos. Con ello pretendo compartir con los amantes de la buena escritura un relato de lo que fue para uno de los asistentes el funeral de Julio Cortázar, en París:

Ayer lo enterramos a Julio Cortázar, en el cementerio de Montparnasse, fallecido de leucemia a los 69 años el domingo pasado. El lunes se inauguró una exposición de un libro de serigrafías de Luis Tomasello, artista cinético bien conocido, con textos de Cortázar, título: Negro el O, el color de la nada…. (así comienza el texto…) y lo entierran el martes -St. Valentine’s Day- en la misma tumba que su última compañera norteamericana, Carol Dunlop, muerta de cáncer, como Cortázar, hace 14 meses no más. Esta extraña constelación, definitivamente literaria, se parece a un cuento…de Cortázar.

El martes pues nos reunimos en el cementerio de Montparnasse los amigos latinoamericanos de Julio… Yo, aunque le hice en 1961 el primer artículo importante aparecido en la prensa argentina sobre su obra desde París, nunca fui íntimo pues su interés por la pintura era superficial, anecdótico.

También estaban amigos suyos de la UNESCO, donde trabajó 20 años como traductor y también los infaltables curiosos. La ceremonia fue corta, banal, fría como la soleada mañana invernal con el viento del este barriendo Montparnasse, sin palabras ni discursos –sin ceros o no— quizás como ha sido dicho ya por periódicos y radios.

La televisión estaba presente despertando el narcisismo inconsciente de todos más preocupados de presentar un buen perfil al ojo impiadoso de las cámaras que de honorar con recogimiento al amigo desaparecido. Pero en general todos cumplimos con nuestro deber, especialmente las dos viudas ‘oficiales’ del difunto, abandonadas hace largos años pero reivindicando el primer puesto del cortejo, llorando lo conveniente frente al foso donde Julio reposará sobre Carol, la joven de 37 años, su último amor.

Magnífica y extraña generosidad femenina, que ante la muerte de los ‘famosos’ borra celos y desengaños retrospectivos… Como se debe, amigos o no, reales o de ocasión, pisotearon las tumbas adyacentes para ubicarse estratégicamente frente a los fotógrafos que inmortalizaron el desfile fúnebre con la sonrisa satisfecha de unos –¡estamos vivos! – el sombrero bien calado sobre el cráneo de otros –hacía frío, no?— o aquel que pasó con las dos manos en los bolsillos y mismo quien lo hizo con el cigarro entre los dientes! En fin, un acto bien actual, sin orden ni rito alguno, religioso y civil…

Evidentemente, para nosotros la muerte no significa nada, simplemente se deja de vivir, y los muertos no son más que abonados ausentes de la guía telefónica… Nos hemos quedado sin el ‘Gran Referente’ intemporal y no nos queda más que la multiforme sucesión inmemoriosa de la actualidad…. 

EL JUEGO DE LA LITERATURA

Aquel niño llamado Cortázar

ISABEL BURGOS

facetas@laestrella.com.pa

Isabel Burgos

Crecí en un barrio viejo, con pocos niños, todos varones, en una casa con muchos libros. Aprendí a leer desde muy pequeña y comencé un juego conmigo en el que me retaba a terminar libros muy gruesos, incluso si no los entendía.
Mi mamá empezó un día a trabajar un cuento de Cortázar, Carta a una señorita en París. Tal vez lo comentaba, no sé, pero el libro estaba a mano, con un lápiz sirviendo como separador y decenas de comentarios escritos en el borde. Lo tomé y lo leí. No me resultaba tan increíble creer que alguien vomitaba conejos, era una niña y para los niños esas cosas son posibles. No me resultaba improbable que alguien fuera un motociclista en un párrafo y un indio que escapa en el siguiente. Yo misma era una bailarina famosa un segundo y una maestra dedicada el próximo. Entonces calculé que tal vez Cortázar era otro niño y que el de los ojos saltones de la foto de la contra portada era su papá, que llevaba el mismo nombre.

Naturalmente, y a partir de ese momento, yo pensé que así se escribían los cuentos. Y por eso me tomó tantos años sentarme a escribir. Así que, ya ven. Cortázar tiene la culpa de que no tenga ya a mi haber diez o veinte libros publicados.

Hay cosas que llevo conmigo en el día a día que son puramente cortazarianas. No uso reloj de pulsera, porque como cualquiera que ha leído a Cortázar sabe, en el fondo de los relojes está la muerte.

Siempre que estoy en un tranque -de esos que se viven todo el tiempo interminables en la ciudad de Panamá- pienso, alguien va a sacar una mesita y haremos un picnic, seremos grandes amigos, y ya no nos volveremos a ver, como en Autopista del Sur.

Las pocas veces que he visto un busito Volkswagen rojo, pienso ahí va Fafner, ahí van Julio y Carol, los cosmonautas de la autopista. Ojalá encuentren un buen lugar donde descansar.

Pero sobre todo, cuando me siento y escribo, y de pronto me entra una risita nerviosa, sé que todo es posible en la literatura y que Cortázar es un ángel en el cielo de los escritores que me hace cosquillas con sus enormes plumas blancas. Entonces pienso: Tal vez le guste este cuento.

NARRACIONES QUE SUGIEREN

Literatura para lectores con apetito

CARLOS ORIEL WYNTER MELO

facetas@laestrella.com.pa

Carlos Wynter

Comencé a leer a Cortázar poco antes de cumplir veinte años. Con unos pocos cuentos, me percaté de que, bajo su prosa, se arrastraba una criatura incomprensible. Me gustaban sus relatos pero no sabía por qué, no podía entenderlos solo con la razón. Cortázar había saltado las barreras de mi modo habitual de lectura.

El cuento Ómnibus, por ejemplo, relata un viaje incómodo en autobús y una historia de amor sobre dos seres que se reconocen en sus soledades. Los protagonistas se suben en sendos momentos al colectivo. La pareja se alía contra las agresivas miradas de los demás, y las calladas amenazas del guarda y el conductor.

Como narrador, lo primordial es que los lectores se ‘coman’ tus cuentos. Monterroso decía que nuestro lector debía sentirse más inteligente que el narrador, para lo cual quien escribe debía ser más inteligente que el lector. Cortázar cumplía con este objetivo dos veces. Primero, con lo que ocurría en sus narraciones. Después, con lo que no ocurría. El autor argentino seduce con sus tramas pero también, más, con lo que simbolizan sus tramas.

Ya sobre los treintas leí varios tomos de obra crítica de Cortázar. Y me di cuenta de que desarrolló su estilo literario intencionalmente, con una planeación casi milimétrica. Lo que él llamaba poetismo matiza su obra a propósito. La creación surrealista de sus textos también. Cortázar fue una inteligencia muy consciente de lo que quería.

Después supe que cuando interpretas metáforas o analogías, tu actividad cerebral es otra. Hurgas en un bolsón de recuerdos y escoges una imagen entre muchas. Accedes a información desconocida para tu consciencia. Y esto es un ejercicio muy elevado de escritura y lectura, una superficie reflectante para el autoconocimiento. Es lo que pasa en las parábolas de la Biblia.

En el cuento Ómnibus, una vez inmersos en su clímax, nos preguntamos cómo acabará esa pareja unida por la solidaridad de ser distintos.

LA VUELTA A UN CLÁSICO

En busca incesante de la Maga

CARLOS FONG

facetas@laestrella.com.pa

Conocí Rayuela en la década del 80, cuando un profesor de español, Gustavo Sellhorn, me prestó la novela. Fue la edición Ayacucho, que tenía en la portada a un tipo orinando de espalda una pared de ladrillos y un prólogo magistral de Jaime Alazraki. Lo que más me impactó de la novela fue su lenguaje y los diálogos de los personajes. Me atraparon las conversaciones del Club de la Serpiente porque es como escuchar a Cortázar disertar sobre el mundo de la cultura. Maga y Oliveira, mis personajes favoritos, sin duda. Una novela surrealista en un mundo realista, o al revés, quién sabe.

Carlos Fong
Hace 20 años, cuando Rayuela cumplía 30 años de publicación, algunos especialistas escribían que Cortázar apenas se leía. Han pasado 50 años desde que esta novela mosaico, suerte de canibalismo literario, novela simultánea que reta a cualquier lector pasivo, salió a la luz con una misión entre muchas: la búsqueda de un nuevo orden de la realidad.

Hoy día la realidad es mucho más compleja y creo que una novela como ésta nos ayuda a sensibilizarnos con el mundo y a desenmascarar esa otra realidad. Rayuela no fue un mero capricho intelectual, un ‘juego de señoras’ como la criticaron en su momento. Fue más bien un mal entendido entre una forma de escribir clásica y otra que revolucionaba todos los códigos.

Sí creo que hay que volver a Cortázar. Quizás Rayuela sea un libro muy desafiante para los jóvenes de hoy, pero sus Historias de Cronopios y Famas son una forma de aproximarse a la literatura en general y así tal vez encontrarse con una Maga despistada y maravillosa.

LÚDICO Y GENIAL

Un narrador que atrapa y no suelta

ARTURO WONG SAGEL

facetas@laestrella.com.pa

La primera vez que tuve contacto con un texto de Cortázar fue probablemente en el colegio, quizás por obligación escolar o por simple curiosidad, no lo recuerdo bien, ni siquiera recuerdo cuál fue el primer texto que leí de él.

Arturo Wong Sagel
Sin embargo, en el presente, libros como Ceremonias, Final de juego y Historias de Cronopios y Famas forman parte de mis libros que están en mi mesita de noche o a un costado de mi inodoro (confieso que leo mucho cuando voy al baño). Y hablando de confesiones, en ocasiones, cuando estoy bloqueado para escribir, me gusta releer alguna que otra de sus historias. No siempre funciona. . . a veces consigo deprimirme, por lo contundente y maravilloso que es.

Cuando leo a Cortázar me da la sensación que tras esas páginas hay alguien que no solo sabía cautivarte y atraparte con una historia, sino alguien que podía inventar la vida.

Lo considero un bromista, con una sensibilidad única para narrarte la mínima tontería y hacértela interesante, o contarte varias historias dentro de otra, haciendo que cada uno de sus hilos te atrape, te revuelva y luego te abandone después del punto final.

Hace unos años leí su novela de los Autonautas. Desde entonces he soñado con hacer un viaje como ese o en su defecto escribir un libro que se le parezca. Es sin duda un modelo a seguir: una utopía.

Una visita virtual al universo cortaziano

Texto enviado por cortesía de JAVIER GOMÁ,

Director ejecutivo de  la Fundación Juan March, Madrid, España

facetas@laestrella.com.paJavier Gomá

Pasados unos años de la muerte del escritor ocurrida el 12 de febrero de 1984, su viuda, Aurora Bernárdez, decidió entregar diversos materiales a diferentes instituciones para fomentar la difusión y la investigación de la obra cortazariana. Así los manuscritos literarios y otros papeles los repartió entre la Universidad de Texas (Austin) y la Universidad de Princeton; el archivo fotográfico lo donó al Centro Galego de Artes da Imaxe en La Coruña, y la biblioteca personal que Julio Cortázar conservaba en su piso de la calle Rue Martel de París la donó en 1993 a la Fundación Juan March, aconsejada por amigos personales de Cortázar, como fueron el escritor y académico español Claudio Guillén y por el estudioso Saúl Yurkievich.
La biblioteca de Julio Cortázar reúne más de 3 mil 700 títulos y ha sido objeto de múltiples estudios. Ha servido de base para la realización de investigaciones sobre el autor de ‘Rayuela’ y sobre la creación literaria latinoamericana de la segunda mitad del pasado siglo XX.

Probablemente la deconstrucción narrativa y la búsqueda constante de la palabra justa – hasta llegar a inventarla- para la descripción de significados, para la comunicación de sensaciones y sentimientos que protagonizó ‘Rayuela’ no se entienden si no se visita, aunque sea virtualmente, su biblioteca, una biblioteca de autor.

Más allá de las huellas dejadas en sus libros como su firma y sus anotaciones, su biblioteca nos habla de sus intereses, de sus maestros, de su universo intelectual. El Ulises de James Joyce, el Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll, El Perro Andaluz de Luis Buñuel y Salvador Dali, la obra Opio de Jean Cocteau, los libros objetos que descomponen la narración, la personalizan, la reinventan, convirtiendo al lector en el creador de una nueva obra, única, libre y críticamente pensada, en alguna medida participaron en la concepción de Rayuela.

Con motivo del cincuentenario de esta novela la biblioteca de la Fundación organizó una muestra de las ediciones y las traducciones que el propio escritor guardaba en su biblioteca personal y de aquellas aparecidas con posterioridad. Rayuela, publicada por primera vez por la editorial Sudamericana el 28 de junio de 1963, ha sido analizada, reeditada y traducida en numerosas ocasiones. De tal manera en la biblioteca de Julio Cortázar se encuentran 55 Rayuelas publicadas en español, inglés, francés, italiano, holandés, alemán, polaco, japonés, croata, noruego, rumano….

Además con ocasión del vigésimo aniversario de la donación de la biblioteca, la Fundación Juan March ha preparado una visita virtual a través de su página en internet (http://www. march. es/bibliotecas/cortazar/?l=1) completando otras iniciativas de difusión de su biblioteca (http://cvc. cervantes. es/literatura/libros_cortazar/final. htm), y así el deseo por visitarla de miles de admiradores del escritor.