Cómplices de la censura

MARIELA SAGEL
Ser invitada para elaborar sobre el ‘quehacer periodístico’ en nuestros días, aun no siendo periodista, me honra, porque me permite expresar cómo miramos a los que informan, aunque muchas veces seamos partícipes de ese selecto gremio de comunicadores.

El quehacer periodístico se ve hoy día desde muchos prismas y sujeto a muchos cuestionamientos. Los más importantes, a nivel ético, son los de la autocensura, la verificación de las fuentes y el lograr ser en todo momento justos con la evaluación que se comunica, lo cual no es nada fácil en este mundo de pasiones insospechadas.

Somos cómplices de la censura en el momento que discernimos que una noticia o una opinión no es políticamente correcta, porque eso nos puede crear un aislamiento del resto de la sociedad, o si, más grave aún, nos callamos para no causar una reacción que provenga de entidades o poderes superiores de toda índole, los cuales pueden perjudicarnos.

Para mí, como columnista, la autocensura es quizá el arma más poderosa que llevamos adentro, porque vivimos constantemente con el temor de estar en el umbral de una represalia, de la negación de un trabajo y, más común en Panamá, un áudito o revisión de nuestras obligaciones con el Estado.

La verificación de las fuentes debe involucrar desde lo más mínimo hasta el significado de las palabras. El rumor no se debe expandir solo porque se repite. Hay que comprobar que cualquier cosa que se esté rumorando tenga base, sea factible y pueda ser corroborada —por muy estrambótica que sea—. No se debe oficializar el rumor, agravarlo, magnificarlo, sobrestimarlo o desvalorizarlo aún más. Eso es lo que se ha estado haciendo hasta con los eslóganes de campaña. Esa mentira de más en 5 que en 50, repetida mil veces, se quiere convertir en realidad, como lo practicó Joseph Goebbels en la Alemania Nazi. En un país como el nuestro, el periodista y el medio tienen el poder de destruir vidas enteras con solo emitir un rumor. Hay que poner mucho esmero y todos los valores éticos y de honestidad para poder informarse y cerciorarse de la veracidad de los datos antes de difundir la información.

De la misma forma, tiene un peso muy específico el ser justos, que no quiere decir que seamos neutrales. Hemos sido testigos de cómo casi todo en lo que creíamos y también en lo que no creíamos se ha venido abajo, y debemos estar constantemente buscando fuentes serias, valiosas y sobre todo, precisas, para escribir nuestras noticias, que ya no son simples noticias, que a veces se convierten en crónicas, porque tienen sus dosis de historia, literatura y anécdotas entremezcladas, que la hacen degustable para los lectores, ahora adictos a leer las principales noticias en apenas 140 caracteres.

Lo que asumíamos como noticias, son concebidas como la difusión masiva de informaciones, comentarios y entretenimiento en determinados intervalos de tiempo. Con el auge de las redes sociales, ya no tenemos que esperar que salga el diario o se transmita el noticiero, puesto que a cada minuto estamos viendo los titulares que saldrán en pocas horas o las últimas novedades en tiempo real. Sigue siendo masiva esta difusión, pero hay que añadirle un rasgo que la haga interesante y no un esquema plenamente sensacionalista.

Hay teóricos que señalan que Periodismo ‘es llevar información de aquí y de allá, con precisión, perspicacia y rapidez, y en forma tal que se respete la verdad y lo justo de las cosas’. Bien manejado, el oficio del Periodismo vendría a ser un mosaico de informaciones y opiniones procesadas, ordenadas y ensambladas en los medios informativos.

Pero hay más en todo este enjambre de teorías y prácticas, dentro de las cuales se deben rescatar las más nobles y correctas de ellas, por éticas y honestas. El escritor y periodista argentino ya fallecido, Tomás Eloy Martínez, decía categóricamente que el Periodismo ‘no tiene por qué conciliar, con nada ni con nadie’. En contra sentido pero válido, Vicente Leñero, mexicano, considerado uno de los más importantes escritores de un país que ama a los que escriben, señala que ‘No está llamado el Periodismo a resolver las crisis —qué falacia—, está llamado a decirlas, a registrar su peso, a gritar qué se esconde, qué se oculta o simula, cómo duele la llaga, por qué y cómo y a qué horas, desde cuándo y por qué se manifiesta el yugo que oprime nuestra vida social’.

Si se apega a este estricto código de ética y se aleja el medio y el periodista de la complacencia y se pone a prueba a cada rato el cerebro y el alma, manteniéndose en la línea moral que se debe, podemos enaltecer el quehacer periodístico.