La crisis venezolana

MARIELA SAGEL
La Estrella de Panamá, 9 de marzo de 2014 
La reciente ruptura de relaciones comerciales, diplomáticas y políticas entre Venezuela y Panamá viene a complicar aún más el ya enrarecido ambiente que prevalece en torno a esa nación hermana. Panamá ha jugado históricamente un papel de mediador en los conflictos regionales y de allí la iniciativa de proponer una reunión de la Organización de Estados Americanos (OEA). Dentro de ese rol en ese organismo, muchos fueron los países que se sumaron a apoyar a nuestro país en la lucha por el rescate de nuestro principal recurso, y entre esos estuvo Venezuela en forma decidida y resuelta.
La política exterior de estos cinco años ha sido desacertada, errática y en última instancia, espinosa, al punto de que al anterior canciller fue destituido o renunciado, con la excusa de que estaba ‘muy viejo’. Ese canciller le retiró a la Sociedad Bolivariana de Panamá el uso del salón en el Palacio Simón Bolívar donde tradicionalmente realizaba sus reuniones. Las diferencias que lo llevaron a su salida —no tan airosa— del cargo eran aparentemente las mismas rivalidades que en otro momento separaron al director de la Policía Nacional. Pero la actitud temeraria, despiadada y ofensiva que ha adoptado el presidente Nicolás Maduro es, a todas luces, un exabrupto intolerable tanto para el país como para nuestro presidente, al cual se refirió en términos realmente inaceptables, lo mismo que en política exterior como en lenguaje común.

De manera coloquial se dice que el mejor ministro de turismo que hemos tenido fue Hugo Chávez, ya que ha atraído a este país a muchos (demasiados) nacionales de ese país. A un año de su muerte, las cosas en el país bolivariano parecen estar realmente a punto de una explosión incontrolable y lo que vemos es apenas un esbozo de lo que están viviendo los que se han quedado allá y hasta los que apoyan la revolución que se inició en febrero de 1999.

Los que tenemos algunos años hemos visto levantarse y caer muchos mitos, un par de muros y algunas ideologías. Que un papa renuncie, que los países del bloque soviético entren en el tren democrático y que Cuba siga sobreviviendo, a pesar del bloqueo estadounidense, impide una apreciación justa del momento que estamos viviendo y se presta a que emitamos juicios facilistas, como que la acción de Maduro es una cortina de humo que éste tira para que no se vea lo que realmente está sucediendo en su país. O que la reacción del gobierno panameño sea otra cortina de humo que no permita que sepamos qué le espera a Panamá y al presidente después del juicio de Lavítola en Italia. O que la decisión del presidente venezolano sea para evadir los enormes compromisos comerciales que ha acumulado ese país con la Zona Libre de Colón y hasta con Copa. Y lo más reciente, que el cobro de esas deudas le daban una comisión de 20 % a Ricardo Martinelli. Humo o humareda, la situación es muy delicada, puesto que no solo vulnera el respeto a las naciones sino que también ofende la investidura del presidente y nuestra integridad como país mediador y conciliador.

En quince años vimos a un presidente Chávez cambiar media hora la diferencia horaria entre los meridianos, exacerbar las diferencias entre los venezolanos al punto que despertaron del sopor en el que siempre han vivido, tomar posiciones de un lado u otro, y hasta ser mandado a callar por el rey de España. El juicio de valor de la gestión de Chávez no corresponde en estos momentos, sino el exabrupto de un presidente cuyo poder lo tiene delirando de agresión. Chávez reivindicó aquella frase de Carlos Marx y Federico Engels de ‘un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo’(en este caso Latinoamérica) y abrió el camino a dirigentes nuevos, como es el caso de los presidentes de Bolivia, Brasil, Argentina, Uruguay y Ecuador. No se debería hablar de comunismo en este caso, sino de socialismo.

Lo que nos toca aquí es mirar con la cabeza fría y sin apasionamientos esta situación, no desatender la tensa calma que gozamos previo a nuestro torneo electoral y analizar con asertividad la situación. Es grave que el gobierno venezolano no honre los compromisos comerciales que tiene con Panamá, pero más grave que al día siguiente que les metan una patada a nuestros diplomáticos, se inaugure un centro con el nombre de Omar Torrijos. Simón Bolívar debe estar revolviéndose en su tumba.

Hago votos por la mesura con que el canciller Álvarez de Soto, el mejor capacitado para ostentar el cargo y demasiado tarde en asumirlo para que se enderece la política exterior panameña, maneje este asunto con agudeza y diplomacia y bajemos el tono de agresión y el tuiteo en temas tan importantes como éste.