Voto útil, voto de castigo, voto en blanco

MARIELA SAGEL
La Estrella de Panamá, 16 de marzo de 2014
Ha estado en la palestra la inminente formalización de un grupo que promueve ejercer el voto útil, que propone, en primera instancia, la convocatoria del 60 % de la mayoría opositora al actual gobierno, de manera que asegure una derrota a la aspiración reeleccionista de la nómina Arias-Martinelli. No es un partido político, ni una organización surgida para combatirlos, es coyuntural del momento que estamos viviendo, a fin de ‘ponerle fin a esta pesadilla de quien pretende continuar mandando para robar y robar para mandar por 15 años o más’.

Lo conforman personalidades que tienen prestancia en los círculos profesionales, políticos y empresariales, y algunos fueron los mismos que impulsaron una alianza entre los dos Juan Carlos. El documento hace una lista de los puntos que exigirán al que, cerca de las elecciones —y según las encuestas— ostente el segundo lugar y derrote definitivamente al candidato oficialista.

Para algunos el título voto útil suena antipático, y lo es hasta cierto punto. Pareciera que el término viene a sumarse al de voto de castigo, el voto en blanco y que al final, todos estos nombres al que beneficia es al candidato de gobierno. No es éste el caso, vamos a definir el voto útil, en este momento histórico, como un voto pragmático, surgido en el calor de la convicción que hay que derrotar a Ricardo Martinelli ‘para ganar una patria útil y democrática’.

Entre los que promueven esta iniciativa, que seguro será atacada por más de uno y sobre todo por la banda de gladiadores y los medios a su servicio, está el Dr. Mario Galindo, que recientemente publicó un enjundioso documento en torno a las ‘Reflexiones y atisbos sobre la democracia panameña en la actualidad’, y que refleja su preocupación por la coyuntura electoral. En una breve exposición donde presentó el documento, que está circulando para su endoso, nos explicaba la diferencia que estableció el sociólogo Max Weber sobre la ética de responsabilidad y la ética de la convicción, y cómo ésta afecta la decisión a la hora de votar. La gran preocupación que tenemos todos es que la juventud se abstenga de votar, ya sea por indiferencia, por desgano y, también, porque ninguna de las campañas presidenciales conecta con ella para motivarla a involucrarse.

Prueba de esta falta de conectividad fue la toma, virtual y lumpenizada, de los carnavales, por parte de la campaña oficialista, que, a pesar de tener todos los puestos de expendio de licor y música bajo control, no logró que su candidato repuntara en las encuestas. Hace cinco años vimos a un candidato saltando de cama en cama. En esta ocasión, ni el clavado en el río les quitó el tufillo de reelección que tienen. No nos debemos sorprender si a los indígenas les anulan las cédulas o les impiden llegar a los centros de votación, porque ellos recibieron y pasaron esos días con el candidato del PRD.

Al panameño común pareciera no importarle el exorbitante costo de las obras que se han hecho, el endeudamiento en que nos ha embarcado este gobierno, ni que los productos de primera necesidad estén rayando en lo inaccesible. No se da cuenta del deterioro de la calidad de vida que han representado estos cinco años de demencia ni el frágil estado de la democracia, que con tanto esfuerzo empezamos a recomponer hace 25 años.

El candidato oficialista ofende a la población entera cuando ofrece una beca para los ni-ni’s, (los que ni estudian ni trabajan). La clave es la educación, la restauración de la institucionalidad y la rendición de cuentas, entre otras.

El voto es emocional, dejémonos de decir que es racional. Pero démosle en este momento un espacio a la ética, promovamos el saber votar y, sobre todo, el involucrarnos en el proceso, porque estas son quizás las elecciones más determinantes de nuestra historia republicana. Utilicemos el voto para elevar nuestra voz de protesta.