El incomprendido mercado editorial

Domingo, 5 de octubre de 2014 – La Estrella de Panamá

“Dejémonos de decir que en nuestro país no se lee, porque… que sean más los asistentes a la feria y que las ventas de libros se hayan….

Mariela Sagel
opinion@laestrella.com.pa


Durante los seis días de la Feria del Libro de Panamá entraron al recinto donde se celebró unas 100 000 personas. Esa estadística representa un incremento versus los asistentes el año anterior, en el que el evento cultural no tuvo un país invitado y se unió a la conmemoración de las 500 años del supuesto descubrimiento del Mar Pacífico por Vasco Núñez de Balboa y el establecimiento de la primera diócesis en Tierra Firme. Gracias a esta última circunstancia, se pudo traer el Museo del Vaticano para exhibirlo en forma virtual, que fue muy bien manejado y se convirtió en uno de los mayores atractivos del evento ferial.

Se dice que en Panamá no se lee, y la celebración de la Feria del Libro es una fehaciente prueba que no es así y que al contrario de lo que la gente piensa, cada vez se lee más, porque cada día tenemos mayor acceso a los libros que se publican en el extranjero.

El tema editorial debe verse desde una óptica diferente a la reduccionista que se ha visto hasta ahora. En Panamá no hay oficinas de las grandes editoriales, por lo que dependemos del olfato de los libreros y su decisión de importar libros que a nivel internacional se estén vendiendo, como los esperados de Milan Kundera, Javier Marías y Ken Follet, entre otros, además de Coelho. Santillana, dueña del sello Alfaguara, tuvo una breve exitosa historia de sus oficinas locales, que fue en declive vertiginoso por razones personalistas y acabó cuando Random House Penguin adquirió la división de ediciones generales. Algunos de los autores panameños que fueron publicados por el sello resultaron impresentables fuera de nuestras fronteras. La idea de que los panameños publiquen sus obras en sellos internacionales es para que salgan de los estrechos círculos y carteles que existen en esta vereda tropical.

Los libreros, que son pocos y se cuentan con dos manos, tienen también su manera muy peculiar de comprar o pedir y en algunos temas no se arriesgan, como con los sellos costosos tipo Tusquets o Siruela. También está el tema de la consignación que algunas casas editoriales les permiten, versus la compra dura que ellos puedan hacer. Es injusto decir que tal o cual librería no tiene nada bueno, porque muchas veces su inventario está determinado por su capacidad de importar, a veces desde Europa y por barco, lo que los clientes están esperando. Y menciono por barco, porque eso significa consolidar pedidos para no encarecerlos innecesariamente.

En lo que respecta a las grandes editoriales, ellas tienen los países asignados regionalmente y es así que Planeta México se encarga de Estados Unidos, Centro América y Panamá, y existe Planeta Colombia región andina, que posiblemente a Panamá le sería más fácil traer de Colombia que de México. Sin embargo, este gigante editorial sirve muy bien al país, toma riesgos y resuelve y ya por lo menos a un escritor panameño ha publicado.

Random House tiene una oficina en Buenos Aires y desde allí suple las necesidades de todo el continente. En este caso dependemos de la sapiencia del librero, que atine a los mejores títulos disponibles y se arriesgue con escritores nuevos que puedan ser descubiertos por los lectores panameños. Random apostó al talento local el año pasado publicando la novela de la escritora panameña Itzel Velásquez, en su prestigioso sello Lumen.

América Latina, según dijeron recientemente el escritor Antonio Muñoz Molina y el director de la Feria del Libro de Frankfurt, ha salvado la industria editorial española —en Panamá se lee en inglés, pero no es en gran volumen— y hemos visto que los libros son cada vez más apreciados. Dejémonos de decir que en nuestro país no se lee, porque el hecho de que sean más los asistentes a la feria y que las ventas de libros se hayan incrementado desvirtúa este sambenito.

Ociosidad y lentitud

Domingo, 28 de septiembre de 2014 – La Estrella de Panamá

 

“Pero el Órgano Legislativo debería ser más consecuente con su misión de normar el marco legal que nos rige”

Mariela Sagel
marielasagel@gmail.com


Las expectativas que se levantaron cuando ganó las elecciones el pasado mes de mayo el presidente Juan Carlos Varela, más que otorgarle la confianza de un tercio de la población votante, le concedió el mandato de dos tercios de los panameños que no quisimos bajo ninguna circunstancia que los franquiciados de Cambio Democrático se perpetuaran en el poder.

Ahora confirmamos que para lograr los propósitos aviesos de elegir la nómina Arias-Martinelli no había límite en lo que se gastara, fueran fondos del Estado a través del PAN (prometieron eliminarlo en campaña), partidas circuitales (la misma promesa) o por medio de figuras disfrazadas de quién sabe qué.

Los diputados nacionales están, desde julio, entretenidos en presentar proyectos de ley que van de lo sublime a lo ridículo y le quedan a los padres y madres de la patria apenas mes y medio de debates para acogerse a un inmerecido descanso, sin que la población haya tenido un respiro que le reintegre la confianza en ese órgano del Estado, que a la fecha no ha logrado conformar la totalidad de sus miembros integrantes.

Iniciativas que institucionalizan los subsidios para entronizar la figura del Estado paternalista la encabeza el que le da casi quinientos dólares a las adolescentes embarazadas que no tengan recursos al mismo tiempo que se discute la urgente legislación que garantiza la educación sexual en las escuelas, a la que se han opuesto figuras que deberían estar a la vanguardia del pensamiento sobre políticas públicas orientadas a la niñez y demuestran cada vez que abren la boca que tienen una mente retrógrada.

También se habla de dar un subsidio para operaciones bariátricas (reducirle la panza a los gordos) en vez de incentivar que la gente coma en forma sana. Otros diputados ociosos han propuesto declarar como patrimonio histórico a la cutarra y el sancocho, sin tomarse el trabajo de revisar la creciente presión que ha estado ejerciendo la población consciente en cuanto a conocer nuestra historia patria para lograr que haya una mayor conciencia nacional que nos identifique.

Es más fácil restituir una ley que fue derogada en el Gobierno anterior para terminar de desbaratar la autoestima que tenemos como país, pero seguramente eso no va a debate, no roba cámara y no genera atención mediática. Lo de enarbolar solo la enseña panameña en todo el territorio es un poco desactualizado, porque ese logro lo obtuvimos hace 37 años con la firma del tratado Torrijos Carter (un solo territorio, una sola bandera) y el tema no tiene ninguna relevancia en estos momentos que se debate sobre la conveniencia y legalidad de la naturalización de extranjeros que se impulsaron en el Gobierno pasado.

Se está perdiendo mucho tiempo en confirmar la prohibición de construir estacionamientos soterrados en parques existentes (como el Harry Strunz, en Obarrio, cuya orden de proceder nos dejó la anterior alcaldesa de bonificación por su gestión) y a la impaciencia por ver cabezas rodar ante tantos escándalos de corrupción que se han destapado, se une la percepción de lentitud por resolver las impugnaciones a elecciones donde se comprobó la compra de votos y uso de fondos del Estado para campañas de afectos al Gobierno pasado y el vacío legal que es la necedad de realizar elecciones en esos circuitos donde se eligieron a los que finalmente resulten condenados.

No quiero unirme al clamor que hay a flor de piel, para que veamos en 100 días lo que no vimos en cinco años. Pero el Órgano Legislativo debería ser más consecuente con su misión de normar el marco legal que nos rige, en concordancia con las acciones del Ejecutivo, que nadie duda que quiere hacer las cosas bien y va a investigar todos los desafueros que se cometieron, más en cinco años que en cincuenta: el absoluto irrespeto a la integridad del ser panameño. Pero justicia tardía no es justicia, por lo que hay que pisar el acelerador.