Educación, la base más sólida

Domingo 4 de octubre de 2015 

 

La pasión pedagógica de Andrés Bello, iniciada en su adolescencia caraqueña, lo llevó a dar clases privadas de derecho romano

Mariela Sagel
marielasagel@gmail.com


La pasión pedagógica de Andrés Bello, iniciada en su adolescencia caraqueña, lo llevó a dar clases privadas de derecho romano y de orden constitucional en su propio domicilio, a partir de 1831. Bello siempre estuvo convencido de que la instrucción y el cultivo espiritual son la base del bienestar del individuo y del progreso de la sociedad, razón por la cual nunca dejó de fomentar el estudio de las letras y de las ciencias; propuso la apertura de Escuelas Normales de Preceptores y la creación de Cursos Dominicales para los trabajadores.

Otra de las facetas en las que se destacó fue la crítica teatral, dando un gran impulso al teatro chileno desde las páginas de El Araucano y fomentando la adaptación de obras extranjeras. Venía de unas escuelas imbatibles, la griega y la latina, además de poseer un vasto conocimiento de los escritores españoles como Lope de Vega y Calderón de la Barca.

Chile le ha estado siempre agradecido, y el reconocimiento que le dio lo llenó de satisfacciones en vida, sobre todo las que motivan a un ser humano por un proyecto civilizador que resumió sabiamente su compatriota, escritor y político Arturo Uslar Pietri para aquilatarlo: ‘Un empeño tenaz de reunir ciencia y conocimiento para decirle a los pueblos hispanoamericanos de dónde venían, con cuáles recursos contaban y el panorama del mundo en que les tocaba afirmarse y actuar’.

A diferencia de tantos de sus más ilustres contemporáneos americanos, Bello no fue un hombre que ambicionara acumular honores y poder, y en cambio veía en el avance de la educación y las luces de las jóvenes repúblicas americanas, así como en la consolidación de las instituciones reguladoras de su recién conquistada libertad, el mejor servicio que podía rendirle a América.

También Uslar Pietri lo dijo a su manera: ‘En su bufete de Chile, en su cátedra, en su poesía, en su prosa, en su palabra, estaba haciendo una América, una Venezuela, un Chile, un México más perdurables y grandes que los demagogos y los guerrilleros pretendían alcanzar en la dolorosa algarabía de sus revueltas y asaltos’.