Número cero: educación

Domingo 14 de junio de 2015 

‘Empezó don Melo planteando la situación dramática en la que se encuentra nuestro país por el relajamiento en las exigencias a los docentes’

marielasagel@gmail.com


El pasado domingo el periodista de La Estrella de Panamá José María Torrijos le hizo una entrevista al industrial y político Arturo Melo, en su página dominical Polígrafo, que se transmite en formato televisión en Eco, en la noche de ese mismo día. Más que una radiografía sobre la situación por la que atraviesa la industria avícola o los otros rubros en los que la exitosa empresa que ha logrado consolidar este innegable visionario panameño, exigió, de manera comedida pero enérgica, una mejor educación para nuestro país, a todos los niveles.

Empezó don Melo planteando la situación dramática en la que se encuentra nuestro país por el relajamiento en las exigencias a los docentes por parte de las autoridades educativas y de los mismos padres, por una educación de calidad. A lo largo de la sustanciosa entrega señaló una y otra vez que los problemas de salud, los del agro, los de la misma corrupción crecen al albergue de una educación deficiente. Por más que el hábil periodista lo quiso arrinconar con temas como los del rector perpetuo de la Universidad de Panamá o la paralización que supuestamente se ha posado sobre nuestra economía, el entrevistado volvía al tema de la pobre educación que estamos dejando que se entronice en nuestro país.

Puso como ejemplo la intención de vender los colegios de Paitilla, como la Escuela Profesional Isabel Herrera de Obaldía, el antiguo Liceo de Señoritas y el Richard Neumann, para construir rascacielos que congestionarían más el tráfico y aportarían muy poco al crecimiento del cociente cultural promedio panameño, y en cambio, se podrían hacer centros de excelencias. Revolucionaria idea que podría ir aunada a la creación de centros de tecnologías avanzadas, de arte y museos interactivos a la vez de resaltar los estilos arquitectónicos que esas edificaciones representan y que guiarían a panameños y visitantes por una época donde el conocimiento era el valor más apreciado.

Coincidieron estos señalamientos con las deplorables faltas ortográficas —horrores ortográficos— que evidenciaron unos manifestantes portando pancartas que apuntaban a esa ausencia de búsqueda por la excelencia, por ese escaso interés que tienen los docentes, ya que no son evaluados, en transferir lo que deben hacer todos los maestros: enseñarle a sus alumnos a leer y escribir bien. Gracias a Dios que los medios televisivos se hicieron eco de la estupefacción que causaron estas pancartas —y estos horrores— y durante la semana estuvieron martillando sobre los mismos. Haría falta formar una comisión de asuntos ortográficos en el Ministerio de la Presidencia para que se vele por la adecuada enseñanza de, por lo menos, la lengua española, que es una de las más ricas y habladas del mundo y que nosotros aquí nos damos el lujo de maltratar.

Justo en esos días de las desafortunadas pancartas, recibí un par de mensajes electrónicos que conjugaban el verbo haber sin ‘h’. Corriendo el riesgo que me mandaran por un tubo, les corregí el horror, no sin antes señalarles cortésmente que esos errores eran imperdonables cuando se cuenta con un computador inteligente que tiene un Diccionario de la Real Academia y los corrige automáticamente. Como dice el ‘meme’ que estuvo circulando por la red, ‘de tanto ahorrar en educación nos hemos vuelto millonarios en ignorancia’.

No quiero pasar la oportunidad de resaltar el gran logro que obtuvo la semana que hoy concluye el Movimiento por el Fortalecimiento de la Identidad Ciudadana, al restituirse la enseñanza de la historia de las relaciones de Panamá con los Estados Unidos. Demoró el expresidente Martinelli en sancionar la ley y demoró otro montón el actual presidente en firmarla. Ahora toca actualizarla e incluir el apoyo que la CIA le dio por años a Noriega, la invasión, la ayuda que prometió y no llegó y su respaldo al incómodo personaje que ha buscado refugio en Miami a riesgo, ojalá, que pronto le quiten el mismo y corra a consumir lo mismo que él recomendaba a sus adversarios en sus delirantes reuniones políticas.