Tan alemanes

 

Domingo,  19 de octubre de 2014

El dinamismo de su economía es visible en todos los lugares, aun los que recrean el medioevo o las glorias de la realeza”.

Mariela Sagel
msagel@gmail.com


S tuttgart, Alemania—. El escritor estadounidense Walter Abish escribió a inicios de los años 80 una obra de ficción que se llama Tan Alemanes, (How German is it). Es una novela corta, enmarcada en los años de la II Guerra Mundial y en su momento se dijo que emulaba a Milan Kundera, —el escritor checo que acaba de publicar un libro después de catorce años de silencio—, sin su sentido de humor muy particular ni la sensibilidad de los años 60.

Alemania es muy grande para enmarcarla en una sola región o una sola corriente, y ha pasado por innumerables etapas, la más reciente la reunificación (hace 24 años), y algunas de sus ciudades emblemáticas parecen no haber sufrido los bombardeos, incendios y saqueos, y se erigen incólumes frente al modernismo desenfrenado de países que tienen muchos menos recursos y también menos respeto por su historia.

Veamos al Berlín de hoy, que estuvo divido y separado, repartido como un pastel por parte de los países aliados que ganaron la guerra. Sede hoy día del Gobierno, en los tiempos de la República Democrática construyó muy al estilo soviético sus edificios, sin gracia ni estilo, para que todos los ciudadanos tuvieran lo mismo o, por lo menos, se mostraran igual. Después de la caída del famoso muro que los separó, se han tomado el trabajo de restaurar los edificios bombardeados (que fueron muchos), los afeados, y los irrespetados (tanto por los nazis, con esos diseños carentes de estilo, como por los soviéticos) y les han devuelto el esplendor como verdaderas joyas de arquitectura, buscando rescatar el mayor valor patrimonial para que la ciudad ostente con orgullo el ser la capital del país más poderoso actualmente de la Unión Europea. La señora Angela Merkel, canciller y quien dirige los destinos de la nación, vive en un apartamento alquilado, va a su despacho a pie o en bicicleta y hace la compra del supermercado como cualquier hijo de vecino. Alega que si les pide austeridad a sus ciudadanos debe predicar con el ejemplo.

Dresde, que fue parte en su totalidad de la RDA y es la capital del Estado de Sajonia, por donde pasa el río Elba, fue bombardeada sin misericordia apenas doce semanas antes de la rendición de Alemania y su centro histórico totalmente quemado. A pesar de los intentos de masificar sus construcciones, los habitantes de ese lugar se opusieron y gracias a ello su casco antiguo no fue demolido. Cuando se produjo la reunificación, se reconstruyeron más edificios y hoy día es un ejemplo de lo que debe ser una exitosa restauración del patrimonio nacional. En 2004 el Valle del Elba en Dresde fue declarado Patrimonio Cultural Mundial de la Unesco, pero perdió esa importante designación al permitirse la construcción de un puente, en 2009. Otra vez, fue la gente la que determinó su destino, ya que realizaron un referéndum para decidir la suerte del puente y fue aprobado.

Las reglas de patrimonio no las establece el país en una región o ciudad determinada, sino que corren por cuenta de los ayuntamientos, quienes las dictan a los alcaldes. En Múnich han decidido que no quieren edificios más altos de 100 metros (apenas alcanza para unos 30 pisos de apartamentos) y a pesar de sufrir de una gran demanda por viviendas en el centro urbano, no aplican el soborno para tumbar esa norma y afear la ciudad. Los 100 metros es la referencia de la altura de la Catedral, por lo que los edificios que se construyan no pueden rebasar la misma. Múnich es una ciudad muy armónica.

El dinamismo de su economía es visible en todos los lugares, aun los que recrean el medioevo o las glorias de la realeza. Respetan su historia y la recrean, pero también respetan a la sociedad y a los miembros que la conforman. Encima ganaron la Mundial de Fútbol. Como diría Abish: ‘Son alemanes’; o en inglés: ‘German indeed’.