LA GUERRA PERDIDA DE VICTORIANO

Por Mariela Sagel, Facetas, 17 de abril de 2016

Uno de los personajes de nuestra historia patria que hemos relegado al olvido es Victoriano Lorenzo, al que se le llama el “cholo guerrillero”, y quien jugó un papel preponderante en los años finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, cuando fue fusilado injustamente, meses antes que Panamá se separara de Colombia.  Nacido en Coclé y ejecutado en la Plaza de Francia, en lo que hoy es el Casco Antiguo de la capital panameña, participó en la Guerra de los Mil Días (1899-1902) y ejerció gran influencia en lo que entonces era el departamento de Panamá, luchando contra las injusticias que cometían las autoridades conservadoras en contra de los istmeños.  Por estas y otras razones se le ha considerado un caudillo y héroe nacional, pero no se ha estudiado su verdadera trascendencia.

En una interesante novela histórica que publicó el año pasado el sello Alfaguara, y que me recomendó el prestante intelectual colombiano Darío Jaramillo Agudelo, Rafael Baena escribió “La Guerra Perdida del indio Lorenzo” con un recurso que para él fue su sello de narrar, de una forma casi fotográfica, los hechos históricos.  Jaramillo Agudelo dice en la fajita que acompaña a esta edición que “Rafael Baena convirtió la historia de Colombia en libros de aventuras.  Fiel al fondo de los hechos y sin eludir su significado, teje la narración de una manera en que los acontecimientos se hilan con el suspenso de las mejores novelas”.

EL AUTOR

Rafael Baena fue fotógrafo, reportero y editor de prensa durante treinta y cinco años, y en los últimos diez años de su vida se dedicó por entero a la escritura.  Su primera novela, Tanta sangre vista, la publicó en 2007 y ésta, La guerra perdida del indio Lorenzo, en septiembre de 2015.  Lamentablemente, murió en diciembre del año pasado, cuando apenas empezaba a circular su libro.  Tenía 59 años.

Echando mano de uno de los recursos típicos de la novela histórica, el autor hace un relato minucioso de un período crucial de la vida de colombianos y panameños, la Guerra de los Mil Días, mediante una larga carta escrita por Vicente Orduz a su sobrino, cuando ya han pasado diez años de ocurridos todos los hechos que fueron el escenario de las batallas entre conservadores y liberales que finalmente dio como consecuencia la pérdida del departamento de Panamá, por las maniobras estadounidenses de hacerse con un lugar estratégico para construir un canal que uniera los dos mares.

La guerra perdida del indio Lorenzo

Es una narración en primera persona de un veterano de la campaña de independencia cubana y experto en tácticas guerrilleras, que viaja a Panamá y sufre los rigores del clima, así como es testigo de la lucha contra los gobiernos conservadores.  Resalta la indolencia de los gobernantes colombianos instalados cómodamente en la capital, Bogotá, y alejados de las realidades de un departamento olvidado como lo fue Panamá.

EL GENERAL OLVIDADO

Una de las grandes virtudes que se encuentra en las novelas de Baena es que sigue con rigor el género de aventuras, donde hay un héroe, acciones trepidantes, cambios impredecibles de rumbo, traslados, intrigas, típico de los relatos canónicos.

Victoriano Lorenzo fue proclamado general “en virtud de la voluntad del pueblo” y el relator de esta novela, que apenas llega a 250 páginas, quiere instalar en el ejército insurgente un batallón de caballería para combates esporádicos contra las fuerzas enemigas.  El objetivo del cholo guerrillero es buscar para su gente un lugar para los acuerdos de paz que se firmen con el gobierno conservador.  Se pueden apreciar imágenes poderosas de acción relacionadas a la estrategia militar, de las batallas que libran los personajes –no se escapa nuestro muy admirado pero injustamente tratado por la historia, Belisario Porras – y el final decepcionante para el narrador, de entregar un departamento olvidado, cuando ya estaban los barcos estadounidenses apostados en cada océano del paso transístmico para apoyar a los conjurados panameños que auparon la separación.

Los entendidos colombianos, tanto en historia como en narrativa histórica han resaltado la destreza de Rafael Baena en diseccionar escenarios y personajes, casi con rigor de guionista, seguramente adoptado por su larga trayectoria tras el lente como fotógrafo, en el oficio periodístico.  No escapa al lector ávido que al ser narrado en primera persona, esa voz denota que tiene mucho en juego, vive y presencia cosas atroces, pero mantiene el interés del lector a toda costa.

Este libro es de obligada lectura para los panameños, tan proclives a olvidar nuestra historia o desestimarla, cuando lo que debemos hacer es reescribirla.  Leí en una de las tantas reseñas sobre el libro que “quien no conoce la historia está condenado a oír a Diana Uribe”, parafraseando la famosa frase de George Santayana que está a la entrada del campo de concentración de Auschwitz.  De las reflexiones del narrador, podemos asistir a la toma de Colón y el sitio de la ciudad de Panamá, y se desgranan frente a nuestros ojos pequeñas victorias y derrotas espantosas.  El poder de la literatura está en mostrar y no decir.

Por parte de los colombianos, esta novela ha sido señalada como la que devela cómo se fue armando poco a poco lo que es la Colombia de hoy y, como consecuencia de lo que señalan como “alma blandengue, acomodada e incapaz de grandes sacrificios”, viven los dramáticos escenarios de guerrillas, guerras y violencia de hoy, asistiendo a la torpeza con que el centro ve a la periferia y las reacciones de uno y otra frente a esta situación, lo que nos permite afirmar que cualquier parecido de esta novela con la actualidad no es mera casualidad; eso nos pasa por no conocer la historia nacional de los países. Y ya sabemos lo que pasa después.

En última instancia, el autor es categórico en afirmar que Colombia no perdió Panamá porque el gobierno central haya salido derrotado en la guerra con el ejército insurgente liberal, o con los gringos. Lo perdió por su falta de carácter: “Me alegra que se haya perdido Panamá” escribe Orduz, el narrador, hacia el final de su carta, “y me alegra que no nos hayan indemnizado de manera proporcional al perjuicio recibido. A ver si así aprendemos de una vez a valorar lo que somos y lo que tenemos. Nos merecemos ese castigo por ser tan retóricos, por cobardes, por no haber estado a la altura de las circunstancias cuando el país más lo necesitaba, por ser tan brutos. En suma, por ser tan colombianos”.

 

“La reseña es un oficio que me gusta, entendida siempre como testimonio de lector, más que como esa cosa aparatosa y sosa y casposa llamada ‘crítica literaria’ ”.

Darío Jaramillo Agudelo