PUENTES Y NO MURALLAS

Por Mariela Sagel, 6 de marzo de 2016, La Estrella de Panamá

Nadie es ajeno el tema de las primarias electorales en los Estados Unidos, donde un recalcitrante y retrógrado Donald Trump gana ventaja a diario sobre los demás aspirantes a la candidatura republicana, reflejando que en ese país la ultra derecha y los manipuladores del Tea Party están ejerciendo su influencia, influencia que nunca han perdido.  Es inconcebible que a estas alturas, después de haber tenido un presidente negro, se vuelva al pasado en la figura de un individuo que es tan pobre, que lo único que tiene en su falsa cabellera es dinero.  Bien lo dijo el Papa Francisco, “debemos construir puentes y no murallas”, como pretende el “loco de la casa”, aislar a los Estados Unidos de los inmigrantes indeseables.

Pero si allá llueve acá no escampa.  Los procesos judiciales que con tanto brío se iniciaron a partir de que se desenmarañó la estructura delincuencial que había tejido el anterior presidente en el Ministerio Público, para que nada avanzara, sigue empantanada porque el pleno de la Corte Suprema no se reúne ya que sus integrantes no soportan ni verse el uno al otro.  Llegaremos al final de este período presidencial sin pasar del PAN o el DAS o como se le quiera llamar ahora, que es lo misma manguera con diferente pitongo, como se diría coloquialmente.

El tema de las reformas electorales cobra relevancia cada día y todo el mundo opina acerca de ellas, sobre todo los que estuvieron en esa comisión que se instaló hace un año con bombos y platillos, y que tuvo como orador al ex presidente boliviano Carlos Mesa.  Mi interrogante es, ¿qué hicieron durante todo este año reuniéndose semanalmente, para que ahora se opongan al mamotreto que salió?  Eso debieron decirlo en el seno de Abraham, cuando estaban participando de esas reuniones, no ahora en programas y artículos de opinión. Nos hubieran ahorrado tiempo y esfuerzos, que nos son necesarios para poder abarcar todos los problemas por los que atraviesa el país.

Esta semana se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, también llamado Día Internacional de la Mujer, que conmemora la lucha de la mujer por su participación, en pie de igualdad con el hombre, en la sociedad y en su desarrollo íntegro como persona.  Esta celebración se conmemora desde 1911 en países como Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza, y a partir de 1975 la Organización de Naciones Unidas lo institucionalizó.  Bajo este ropaje se abrazan todos los que reclaman paridad y cuota de género, que en mi criterio está falta de entendimiento por varias razones.

Una de ellas es que de qué sirve tener paridad en un empleo si a las mujeres embarazadas no se les brinda un mínimo de comodidades para que su estado llegue a feliz término, sin alteraciones.  O sin que se les acose por haber quedado encinta, se les prive de derechos que tienen las personas con ciertas necesidades especiales –léase estacionamientos cómodos y cerca de la entrada, buenas sillas de trabajo, funciones que no requieran un esfuerzo extraordinario que pueda poner en peligro la vida del pequeño ser que llevan dentro –.  ¿De qué sirve exigir a los cuatro vientos paridad en una nómina de partido político si las mujeres que están dispuestas a participar de una contienda no tienen la capacidad para llevar a cabo el trabajo que se les encomienda o están rodeadas de misóginos maltratadores, arrogantes y acomplejados, que no les permitirán desarrollar todo su potencial?  La mujer debe probar que vale, no por su género ni por una cuota de paridad, sino por su talento, capacidad y resultados, que es al final lo que a todo el mundo se le exige, sea en el desempeño público como privado.

Un presidente payaso en los Estados Unidos, unas reformas electorales llenas de vicios un año después que se trabajó en ellas al más amplio espectro y un presidente de la Corte Suprema que acumula denuncias como el que colecciona galardones.  Estamos en “El mundo de todavía” como dice la canción de Silvio Rodríguez.