SALMAN RUSHDIE REIVINDICA LA FICCIÓN

Por Mariela Sagel, Facetas, 17 de julio de 2016

A fines del año pasado el Reino Unido fue el invitado de honor de la Feria del Libro de Guadalajara y a quien le tocó abrir el Salón Literario, que es el de mayor peso en esa fiesta de los libros, fue a Salman Rushdie, el escritor de origen indio, criado en Inglaterra, que fue sentenciado a muerte por la “fatwa” del ayatola Jomeini en 1988 por su libro “Los versos satánicos”.  Rushdie inició su brillante carrera con el libro “Hijos de la medianoche”, un relato de un niño con poderes paranormales que nace en la misma fecha de 1947 y hora que se independizaron India y Pakistán del Raj Británico.  Los indios, tan susceptibles a los comentarios sobre sus líderes políticos de turno, se molestaron por las supuestas referencias despectivas que había en el libro sobre la entonces primera ministra Indira Gandhi.

Esa “fatwa” puso sobre su cabeza el precio inicial de 3 millones de dólares, cantidad que fue doblada en años posteriores y que obligó al autor, que según los musulmanes había ofendido al profeta Mahoma, a vivir en la clandestinidad, custodiado de una seguridad muy agobiante.  En el camino murieron editores y traductores de la obra y se quemaron miles de libros y librerías por causa del fanatismo.  Diez años después, cuando Irán y el Reino Unido estaban limando asperezas para regularizar sus relaciones, el país árabe se comprometió a no seguir persiguiendo a Rushdie.  El problema radica en que, según sus leyes, la “fatwa” solamente puede ser revocada por quien la emitió, y Jomeini murió en 1989.

El escritor Salma Rushdie con su nueva novela

UNO DE LOS GRANDES ESCRITORES VIVOS DE NUESTRA LITERATURA

Salman Rushdie tiene un carácter jovial y desbordante de humor, lo que seguramente le ha ayudado a vivir en peligro todos estos años, en Londres, donde fue a estudiar desde adolescente y ahora en New York.  No es religioso y literariamente se identifica con el realismo mágico.  Admira a García Márquez por encima de todo, y fue muy amigo de Carlos Fuentes, en cuyo honor se le distinguió en esa feria jalisciense.  Era la segunda vez que la visitaba, la primera fue hace 20 años, y mostró su admiración por el crecimiento y profesionalismo con que se lleva adelante.

En la presentación del libro “Dos años, ocho meses y veintiocho noches”, a cargo del escritor mexicano Pedro Ángel Palou, quedó muy claro que hay escritores para quienes las convenciones del realismo no operan del todo. Escritores que miran el mundo desde otra visión y “se burlan de su porosa consistencia”. 

Cuando murió Gabriel García Márquez, Salman Rushdie escribió un obituario en el New York Times en el que se preguntaba sobre el llamado realismo mágico, y reflexionaba en que el problema con la definición radica en que solo se lee el adjetivo, mágico, y nos olvidamos del nombre, realismo, que es una forma de narrar. Su narrativa ha cultivado un estilo que podemos llamar mítico, pero sigue siendo realismo.  Si el mal llamado realismo mágico utilizaba la magia para el servicio de la verdad, él utiliza la leyenda oral y la mitología para desequilibrar la falsa apariencia de lo real.  La magia de esa corriente literaria tiene raíces profundas porque emerge de lo real y lo ilumina.  En esta novela se propone iluminar ciertos aspectos que siempre le han preocupado.

Ha dicho que su regreso a la novela le ha producido un ejercicio liberador, especialmente ahora que la no ficción y la auto-ficción se han apoderado de las librerías.  Sus libros siempre tienen una referencia a su país natal, India, y en su presentación resaltó que allí todavía hay una gran tradición por contar historias, en forma oral.  Es muy insistente que no hay que tener miedo a entretener.

EL LIBRO DE SALMAN SHEREZADE

Esta novela, “Dos años, ocho meses y veintiocho noches” es un tributo a “Las mil y una noches” porque la suma arroja mil y una noches.  En ella toman protagonismo los yinn, que para los árabes son seres fantásticos, tipo genios, de la mitología semítica. Es una narración fascinante que mezcla historia, mitología y amor eterno, contada en una forma que libera los monstruos que existen cuando reina el fanatismo y la razón se rinde.

Salman Rushdie ha escrito una obra maestra, según las críticas que ha levantado su novela, un cuento moderno sobre los grandes conflictos de la humanidad y un testimonio atemporal del poder de las historias.  Su regreso al mundo de la ficción –ha cultivado el ensayo por años— le confirman el lugar privilegiado que tiene en el altar de la literatura universal.  Desborda fabulación e imaginación a raudales y le ratifican su carácter de cuentacuentos. Igual que Sherezade, hilvana historias y personajes que se entrecruzan y entrelazan entre ellos bajo la excusa de la “Era de la extrañeza”.  Dentro de todo, ahonda con profundidad en la condición humana a través de estas historias fantásticas.  Su inventiva es delirante, porque nos pone a trabajar el caudal analítico que tengamos y a reflexionar bajo esta pátina fabulística.

Salman Rushdie ha querido ser la Sherezade de nuestro siglo, y el empeño le ha dado réditos.  El narrador, desde un futuro muy lejano, relata lo que ocurrió en esas mil y una noches básicas: el mundo humano y el mundo de las hadas entran en conflictos, éste último al mando de la hada Dunia.

Aquí debo destacar que no es un libro de literatura fantástica, igual lo pueden leer los aficionados y amantes de El Señor de los Anillos, Juego de Tronos o cualquier saga semejante.  Pero de la misma manera lo leerán los que no les gusta este estilo, pues habla de nosotros, del mundo en que vivimos, las turbulencias de la historia, los dilemas éticos y la condición humana eterna y perdurable.

Hay quienes han dicho que la novela de Rushdie, que lo rescata del escritor mártir e icónico en que lo convirtió la “fatwa”, es otra “novela total”, muy al estilo de El Quijote, Guerra y Paz o Cien Años de Soledad.  Esa categoría se la darán los lectores, con el tiempo.  Aquí vemos el integrismo islamista, la sociedad de consumo, el feminismo, la homosexualidad, las nuevas formas de comunicación, la nostalgia o el aristotelismo.  Los celos, la promiscuidad, la violencia, la credulidad y la organización política.  Un universo ilimitado.

El autor deslumbra con sus opiniones, pues está llena de símbolos que los seguidores de Voltaire le reclamarían como propios y a un creyente religioso le dará el sustento para seguir confiando en el valor de su fe.  Creo que cada lector encontrará una faceta distinta y acorde a sus creencias, pero de seguro no será nada superficial.

En este libro hay dos asuntos que son centrales y que Rushdie hilvana con maestría a lo largo de sus páginas. El primero es uno de los temas esenciales del autor: la lucha entre la fe y la razón, entre el dogmatismo y la tolerancia. Rushdie se atreve a presagiar “la muerte de los dioses”, a anticipar una época en la que “el miedo fue vencido” y los templos se convirtieron en hoteles, en palacios de exposiciones, en casinos o en centros comerciales. El segundo es uno de los temas eternos: el poder de la ficción, de los sueños, de la magia. “Somos la criatura que se cuenta historias a sí misma para entender qué clase de criatura es”, dice en un pasaje memorable. “Esos relatos se convierten en lo que conocemos, en lo que entendemos y en lo que somos, o tal vez deberíamos decir en lo que nos convertimos o en lo que tal vez podamos llegar a ser”, escribió Luisgé Martín, crítico literario de El País.  Y continuó: “Salman Rushdie demuestra en “Dos años, ocho meses y veintiocho noches” tres cosas. Primera: que para ser moderno no hay que escribir con forma de tuits, que la modernidad es un estado de la inteligencia. Segunda: que el humor es una de las mejores y más imperecederas armas literarias. Y tercera: que, como los niños, queremos que nos cuenten mil y una veces la misma historia. Pero que nos la cuenten siempre así, con palabras de mago”.

 

Carlos Fuentes le dijo una vez que era muy riesgoso utilizar la palabra soledad porque se refería a Gabo y Salman Rushdie le respondió que más cuidado hay que tener con el término Cien Años.