SINCERO PESAR

Por Mariela Sagel, La Estrella de Panamá, 7 de agosto de 2016

Esta frase suena igual de maniquea que las “razones para creer” que esgrimió el embajador de Estados Unidos para sustentar la arremetida contra empresas panameñas, que están dejando en la calle a centenares de empleados y perjudicando el comercio mundial.  “Sincero pesar” estaba consagrada en el tratado Urrutia-Thomsom el 6 de abril de 1914 que se firmó en Bogotá, cuyas bases principales eran que se mantenía esa frase, se enumeraban los derechos de Colombia con respecto al Canal, al Ferrocarril de Panamá y al transporte de mercancías y tropas. Colombia debía reconocer la independencia de Panamá y como reparación material recibiría veinticinco millones de dólares.

Todo esto viene a colación ahora que seguimos siendo los congos útiles del vecino país que por tener a Panamá como una provincia olvidada, se dejó robar el mandado por los estadounidenses que, viendo el potencial que tenía el Istmo de ser paso transístmico y por el fracaso de los franceses en construir un canal, se las ingeniaron para darnos su empujoncito con la separación de Colombia y de paso, firmar un tratado a perpetuidad que controlara las tierras aledañas al Canal, al que puso fin el tratado Torrijos-Carter.

Ese tratado Urrutia-Thomsom, que le daba a Colombia una indemnización de 25 millones de dólares, –y que a la fecha que fuera emitido aún no había reconocido a Panamá como país soberano–, fue rechazado en forma colérica por el presidente Theodoro Roosevelt, que se las ingenió para que su partido republicano también se opusiera alegando que su país no tenía nada que indemnizar. Después de diluidas las negativas y centrados los intereses en la Primera Guerra Mundial, el senado norteamericano aprobó el tratado en abril de 1921, suprimiendo la frasecita “sincero pesar” y dividiendo la indemnización en cuotas a cinco años y restringiendo el paso de tropas, naves de guerra y pertrechos colombianos por el Canal a solamente en tiempos de paz.  Fue entonces que Colombia reconoció a Panamá.

Sin embargo, ese país no pensó que algún día se firmarían unos tratados que devolverían al nuestro la soberanía total sobre su territorio, y cuando esto fue un hecho, volvieron a revolver el tema para proteger los derechos colombianos con el nuevo esquema territorial.  Por el apoyo que recibió el General Torrijos a la causa panameña de parte del Presidente Alfonso López Michelsen,  pero salvaguardando los derechos consagrados por el Tratado Urrutia-Thomsom, se tuvo que enfrentar a los sectores estadounidenses opuestos a la negociación que insinuaban que las negociaciones no avanzaban debido a las aspiraciones colombianas.  Algunas fuentes afirmaban que este tratado era con terceros y no constituían una obligación para Panamá.

Otros acuerdos, como el Acta de Contadora, dejaban claro que si el Canal de Panamá era atacado, sus vecinos estarían sujetos a riesgos, por lo que Panamá estuvo dispuesta a celebrar un nuevo acuerdo con Colombia y Costa Rica, otorgándoles beneficios de tránsito por el Canal.  Para no ser un obstáculo en la concreción de la firma del tratado que se estaba negociando, Colombia renunció a todo derecho otorgado a materias que son propias de exclusiva jurisdicción soberana de Panamá.  Es así como los derechos de Colombia otorgados en buena fe por Panamá se formalizaron en el Tratado Uribe Vargas-Ozores, o de Montería, suscrito en agosto de 1979.

Ahora Colombia arremete con la imposición de aranceles y se habla de retorsión, que debió hacerse hace tiempo porque Panamá tiene todo el derecho aplicar las medidas que considere adecuadas para salvaguardar sus intereses.  La demora de Colombia en cumplir lo establecido por la OMC es una forma de dilatar el asunto, lo que nos está llevando a una escalada de acciones que en nada benefician la hasta ahora semi pacífica convivencia con los ciudadanos de ese país, que entran a Panamá como si todavía fuéramos parte de Colombia.  Han comprado las industrias y empresas que les da ha dado la gana, traído a sus nacionales sin distingo de ninguna clase, han sembrado una cultura del sicariato, el engaño, el mal ejemplo y encima tenemos que lidiar con una cancillería panameña blandengue que no asume una posición de altura ante todos estos vejámenes.  Igual que con los gringos, siento un sincero pesar por este país, que debería llamarse Congolandia, que no tiene respeto por sí mismo y se deja ultrajar.