TEMAS PENDIENTES

Por Mariela Sagel, La Estrella de Panamá, 17 de abril de 2016

En Panamá estamos acostumbrados a tapar un escándalo con otro, hay siempre algo que reemplaza el foco de la atención y se tiende a olvidar lo que no se acaba de resolver.

Todavía no sabemos en qué terminará el tinglado de la Corte Suprema, donde los magistrados están en dos o tres bandos, y en esas condiciones, no se puede avanzar en la administración de justicia.  El Ministerio Público, que hasta ahora había demostrado celeridad a partir de que salió de las manos de los adláteres de la mafia martinellesca, se ha contagiado del tortuguismo que impera en los estamentos del gobierno y demoró casi 10 días en inspeccionar el bufete de abogados a quien le debemos que nuestro país esté en boca de todo el mundo, y no por haber hecho cosas buenas.  La Asamblea, donde se discute si se le otorga al almojábano un día feriado, no termina de ordenar su casa y de cuatro días a la semana que trabajan los funcionarios públicos que más nos cuestan, dos de esos días faltan a las discusiones, están desde ya buscando su reelección y prestándose para hacer favores cuestionables.  No han sido capaces de darle importancia a las reformas electorales antes de irse de receso.  Son los ejecutivos que más vacaciones tienen al año y todavía así, uno tiene que rendirles pleitesía.

Los sistemas que vendieron al gobierno anterior para hacerlo más tecnológico son un escándalo mayor, porque ninguno funciona y la empresa SAP ya ha sido encontrada culpable de dar coimas a los encargados de la innovación gubernamental. Y todavía los antiguos directores de la Caja de Seguro Social se dan el lujo de ir a los medios a decir que dejaron todo en orden, cuando es un secreto a voces que fueron parte de todo ese entramado de corrupción.

Los hoteleros señalan la responsabilidad de la falta de ocupación de los hoteles a la ausencia de una campaña de publicidad por parte de la Autoridad de Turismo –que acaba de ser licitada, otra vez–.  Si mal no recuerdo, el ministro jinglero, del que no se ha vuelto a saber más nunca de él, invirtió millones en una página web que no funcionó nunca, pero ese dinero tiene el mismo destino que el que dirigió esa autoridad en el gobierno pasado, nadie sabe dónde está y qué se hizo.

Un senador costarricense se levantó en el pleno de su país a defender el nombre de Panamá, como no lo ha hecho ningún funcionario panameño en público, diciendo categóricamente que no debieron haberse llamado #PanamaPapers sino #MossackFonsecaPapers.  Nuestro presidente dijo cándidamente que el señor Fonseca era su amigo, y eso parece que es suficiente para que ninguno de sus ministros, con caras de angustia contenida en las esporádicas apariciones, no alcen su voz en defensa del nombre del país.

Mientras tanto, y como la gran cosa, se forma una comisión para reformar el régimen bajo el cual ejercen las firmas de abogados, con la integración de un Premio Nobel.  No hay que ser genio para saber que el modelo de negocios se agotó, hay que reinventarse, pero no porque lo imponga la OCDE o París, sino porque el país crece en el rubro de servicios, concentrados en las ciudades terminales de Panamá y Colón, pero el resto su geografía sigue pendiente de que se le tome en cuenta.

Como un remanso llegó en esta semana el querido amigo Lázaro Mora, que fue embajador de Cuba en Panamá durante los aciagos días de la invasión a Panamá, y sostuvo un interesante conversatorio alrededor del libro que publicó sobre el tema, No tenemos derecho a olvidar.  Lo más interesante de ese conversatorio no fue lo que elocuentes panameños dijeron de sí mismos, sino lo que el embajador señaló como las tareas pendientes, entre las que está definir el país que queremos, algo que no hemos resuelto por la inmediatez de hacer obras para beneficios de unos pocos.  “El que olvida su historia está condenado a repetirla”, se lee en la entrada del campo de concentración de Auschwitz.  Debemos empezar por conocerla.