EL ESPÍRITU DE NAVIDAD


Por Mariela Sagel, El Siglo, 24 de diciembre de 2018

     A través de los años hemos ido perdiendo el verdadero espíritu de Navidad, que no es otro que celebrar el nacimiento de Jesús. Cuando niña lo más importante que hacíamos en torno a la fecha era el nacimiento, y cada figura significaba algo:  un tributo, un regalo al niño que nacería para salvar al mundo.

     San Nicolás o Santa Claus es el sincretismo que hicimos los cristianos de un personaje que traía regalos a los niños la Nochebuena, basado en la leyenda del antiguo mito solar que acabamos de pasar, el solsticio de invierno.  Personificaba a un obispo cristiano de origen griego llamado Nicolás, que vivió en Anatolia, como se conoce al Asia Menor, actual Turquía.

     Pero como el consumismo a todo le pone precio, vinieron los muñecos de nieve, las decoraciones de luces y se ha ido degenerando a tal punto el espíritu de Navidad que se desata un delirio por comprar hasta lo que no se necesita.  Si bien es una época en la que es bueno reconocer a los que nos han brindado su amistad y nos han atendido con esmero, los regalos son un simbolismo, igual puede ser una comida, un dulce o cualquier detalle que denote agradecimiento.  En las últimas semanas el tráfico se ha vuelto insoportable (que es mucho decir, ya que de por sí es insoportable), los autos decorados con cuernos de reno (honor al mal gusto) y otras aberraciones nos hacen este tiempo uno del que quisiera pasar alejado.

     Lo otro es la forma de comer desmesurada: lo más fácil que hay en el mundo es subir de peso, pero en este tiempo, con la excusa de que en el nuevo año nos pondremos a dieta, no perdonamos una comida, una copa de ron ponche o un tamal.  Pareciera que todo se resume en eso, comer y consumir.

     Retomemos el espíritu de Navidad como es, celebrando el nacimiento del niño en Belén y olvidando toda la parafernalia que se ha ido creando en torno a él.