HIJA DE REVOLUCIONARIOS


Por Mariela Sagel, Vida y Cultura, La Estrella de Panamá, 30 de diciembre de  2018

     En medio de la delirante actividad que se lleva a cabo en cada Feria del Libro de Guadalajara (FIL) me percaté de la presentación del libro “Hija de revolucionarios” de la escritora e historiadora Laurence Debray.  No sería nada novedoso si no hubiera caído en cuenta que es la hija del filósofo francés Régis Debray y de la antropóloga venezolana Elizabeth Burgos.  Las presentadoras eran destacadísimas mujeres que hicieron un marco perfecto para que Laurence, bastante conmovida, hiciera sus descargos en un testimonio en el que quiere ajustar cuentas con el pasado, devela el mito de sus padres, ambos comprometidos con la izquierda revolucionaria y también de su propia vida.  Y lo hace con exquisita sapiencia y detalle, plegándose a la cita inicial que tiene el libro, tomado de “El Misántropo” de Moliere: “Cuanto más se ama a alguien menos debe adulársele; el verdadero amor es el que nada perdona”.

     Nacida en 1976 la autora es una hermosa mujer de ojos muy azules.  El libro empieza explicando cómo fue que vivió de espaldas a la historia de sus padres, en parte porque se la habían ocultado, en parte porque no la entendía y fue dejándola a un lado.  Su familia paterna era hogareña y burguesa, vivían muy bien, con clase y de su abuela recuerda hasta su perfume y el porte que no perdió ni cuando iba a visitar a su hijo (el padre de Laurence) en la cárcel boliviana donde estuvo cuatro años.  De Venezuela se sentía visceralmente atraída y tiene una amplia parentela que, si bien la protegía, no aportaban mucho a lo que ella quería entender o esclarecer.  Su madre renegaba de sus orígenes cuando salió de su país.

     Durante su vida, cada vez que preguntaba algo a sus padres, recibía evasivas o respuestas ambiguas.  Eso le motivó a investigar acerca de la juventud de Régis y Elizabeth, que para ella siempre fueron incomprensibles, pero a raíz de presentar su libro biografía “Juan Carlos de España”, un periodista le preguntó si era la hija del intelectual francés acusado de haber entregado al Che Guevara cuando fue detenido en Bolivia.  A partir de allí no paró de investigar.

La escritora Laurence Debray

LA ETAPA BOLIVIANA

     De su padre no pudo obtener mucha información, y le desesperaba sentirse la hija de un delator.  No podía asirse de información o testimonios directos de ellos, sus progenitores, porque no le contaron la verdad como ocurrió.  La fue tejiendo mediante una investigación cuidadosa y hasta fría para no caer en la compasión.  En los años sesenta, cuando ocurrieron los hechos, sus padres eran jóvenes, atractivos, brillantes y revolucionarios… y lo perdieron todo con la revolución.  Laurence duda de si ganaron en sabiduría y notoriedad, mucho más de los que se quedaron discutiendo abstracciones políticas en el boulevard Saint-Germain.  “Por implicarse demasiado, se les condenó para siempre a ser sospechosos a los ojos de aquellos que no lo hicieron, o que no creyeron en ello, y quizá incluso a los ojos de la historia”.

     Empieza así Laurence a esclarecer el pasado de sus padres y cómo se comprometieron ciegamente con la revolución que quería extenderse desde La Habana por América Latina, cuya avanzada fue la que llevó a cabo Ernesto Guevara a Bolivia.  Elizabeth, emancipada tempranamente de la vida familiar, se afilió a las Juventudes Comunistas y en 1959 viajó a Europa, visitando varios lugares, incluso la Unión Soviética.  Cuando se afincó en París, se codeó con los intelectuales, artistas y escritores latinoamericanos como Cortázar, García Márquez y Vargas Llosa, así como Man Ray y otros famosos.

Portada del libro “Hija de revolucionarios”

     Sobre su padre, empieza a estructurarlo cuando cursaba la Escuela Normal Superior y viajó a Caracas para rodar un documental sobre la guerrilla de Douglas Bravo.  Apenas hablaba español, huía de su entorno burgués y ya había estado en Estados Unidos y en Cuba, viendo en el primero la segregación racial que todavía existía y en Cuba se integró a la campaña de alfabetización.  Corría el año 1961.  En Caracas le presentaron a Elizabeth, que hablaba francés.  Así lo describe Régis Debray en su libro “El indeseable” que fue inicialmente dedicado a ella, pero en su reedición se omitió tal dedicatoria.

     Entre ires y venires, encuentros con Fidel Castro y otros capos de la revolución, Régis fue enviado a Bolivia en febrero de 1967 para unirse a la guerrilla del Che en calidad de enlace, misma que pretendía impulsar un “segundo Vietnam” latinoamericano.  Elizabeth no estuvo de acuerdo, algo le hacía desconfiar, conocía bien esa tierra agreste que era Bolivia y la idiosincrasia de su población.  Lo apresaron en abril de 1967, seis meses antes de que capturaran y ejecutaran al Che y lo acusaron de haberlo delatado. 

Siguieron muchos acontecimientos que hicieron creer a los abuelos paternos de Laurence que su hijo había muerto y después se dieron cuenta de que su hijo no ejercía de filósofo en Cuba sino de guerrillero.  También conocieron, en esas circunstancias, a su pareja sentimental, de quien no habían escuchado nada hasta el momento.  Sin embargo, se volvieron aliados infalibles, ella se convirtió en la hija que no tuvieron y la guía en un mundo que no conocían.

CÁRCEL, GESTIONES Y LIBERTAD

     Aunque el libro es mucho más abarcador, de casi toda la vida de Laurence descubriendo a sus padres, hago mención de la etapa de prisión que sufrió Régis Debray en Bolivia y las presiones diplomáticas que se ejercieron para que, pese a una condena de 30 años, solamente cumpliera cuatro.  El mismo Charles De Gaulle intervino para su liberación, así como el papa Pablo VI, Jean Paul Sartre y André Malraux.  Con apenas veintisiete años la pareja ya había vivido varias vidas y se enfrentaban a un sufrimiento descarnado, tanto físico como moral.

     Régis Debray salió de la cárcel de Camiri en 1970 habiéndose perdido de los acontecimientos en Paris de mayo de 1968, la primavera de Praga y la masacre de Tlatelolco, los Beatles y la alianza de Fidel Castro con la Unión Soviética, entre otros hechos históricos importantes.  También se casó en la cárcel con su hasta entonces compañera, por exigencias de sus carceleros.  Pero de lo que pudo asegurarse Laurence en su profusa indagación sobre las acusaciones que pesaban sobre su padre fue que no fue un traidor.

     El libro continúa con sus padres ya establecidos en París, él entusiasmado con el gobierno de Mitterrand, del cual fue asesor, ella directora de la Maison de l’Amerique Latine (donde la conocí en 1985) y la ambigua relación entre el filósofo ausente y la precariedad e independencia de la casa materna. 

      Una de las más interesantes expresiones que le escuché a Laurence en la presentación de su libro fue cuando describió a sus padres que, aunque ya separados, no dejaron de ser militantes revolucionarios y cómplices y estaban empeñados en la captura del asesino nazi Klaus Barbie que vivía camuflajeado en Bolivia.  Dijo que ella escuchaba tantos alegatos que lo único que quería era que la dejaran jugar con “Barbies”.

     Es un testimonio demoledor, la escritora ha hecho un verdadero acto de contrición y hasta de amor por sus padres, sus abuelos y sus amigos.  Es además un documento de referencia importante para el que le interese la historia y lo que realmente ocurrió en esos meses en que no se sabía dónde estaba el Che Guevara.  Régis Debray se convirtió en un mito.  En este libro su hija ha escrito “una carta de disculpa de mis padres hacia mí”.