UNA REVELACIÓN CHECA

Por Mariela Sagel, Vida y cultura, 26 de mayo de 2019

     Mi primer contacto con una obra de Monika Zgustova fue a través de un libro que la escritora española Julia Navarro (autora de varias novelas memorables, la más reciente “Tú no matarás”) se empeñó en regalarme el año pasado en Madrid.  El libro se llama “Vestidas para un baile en la nieve” y narraba la historia de las mujeres rusas que sobrevivieron al “gulag” soviético, las que ella pudo encontrar y que todavía están vivas.  Su lectura me permitió conocer una voz vibrante, una narradora elegante y enérgica y después conseguí, aquí en Panamá, dos libros más de ella, “Las rosas de Stalin” y “La intrusa, retrato íntimo de Gala Dalí”, todos editados por Galaxia Gutenberg.

     Monika Zgustova nació en Praga, antes Checoslovaquia (hoy República Checa) hace 62 años y es considerada una de las especialistas en literatura e historia rusa más importantes de España, donde reside.  Además de novelista, es traductora del checo al español.  Generalmente sus libros profundizan en la vida de las personas que viven en el exilio y aquellas que han sido víctimas de totalitarismos.  “Las rosas de Stalin” es la vida desgarradora de la única hija mujer de Josep Stalin.  Vive en Sitges, una ciudad costera al sur de Barcelona, Cataluña.  Muy joven se fue a vivir a los Estados Unidos con su familia y allí estudió literatura comparada, en la Universidad de Illinois.  Chicago y Nueva York han sido ciudades donde ha recalado en ese país, y también en París, Francia.  Encontró su lugar en Barcelona, y gracias a su estancia en esa ciudad española aprendió español y se nacionalizó.

     “Vestidas para un baile en la nieve” no es una novela sino un libro de testimonios, publicado en 2017.  Le precedió “Las rosas de Stalin” el año anterior y más recientemente, “La intrusa”.  Por su novela “La noche de Valia” recibió en 2014 el premio Amat-Piniella como mejor novela del año y el premio Cálamo en 2018.  Además de novelas y libros de testimonios, ha publicado cuentos, obras de teatro y la biografía de Bohumil Hrabal, titulada “Los frutos amargos del jardín de las delicias” (2016).  Hrabal fue un destacado escritor checo que sufrió la censura del régimen comunista y fue apartado de la Asociación de Escritores Checos en los años setenta.  Después disfrutó de fama hasta su muerte, siendo su obra traducida a unas 27 lenguas.

     La obra de Zgustova ha sido a su vez traducida a una decena de idiomas, y es columnista de los diarios El País, La Vanguardia y otros.  Ha traducido más de cincuenta obras del checo y del ruso al español y al catalán, destacándose entre ellos las obras Hrabal, de Václav Havel, Milan Kundera, Fiódor Dostoyevski, entre los más conocidos.  Es la autora de la primera traducción directa del checo al español de “El buen soldado Švejk”, obra principal de Jaroslav Hašek en 2008, el escritor más destacado de su país de finales del siglo 19 e inicios del 20 y la temática es una sátira antimilitarista ambientada en la I Guerra Mundial. Esta obra está considerada la obra maestra de la narrativa en lengua checa.  Solamente se ha publicado una segunda traducción del checo de esta importante novela.

VESTIDAS PARA UN BAILE EN LA NIEVE

     Este libro testimonio recoge las impresiones de nueve mujeres que sobrevivieron al gulag ruso, el tiempo que allí pasaron y cómo enfrentaron la vida fuera de allí.  El nombre se refiere a que la policía secreta soviética se llevaba a sus víctimas en cualquier momento, incluso cuando estaban listas para salir a un baile.  Las recreaciones de sus moradas, de sus recuerdos, y, sobre todo, de las cosas que las ayudaron a sobrevivir, son muy elocuentes.  Estas mujeres viven en Moscú, Londres y París y contrario a lo que uno pudiera pensar de sus recuerdos, el relato es un canto a la vida, a la literatura, a la amistad.  Fueron varias las circunstancias que las ayudaron a sobrevivir, especialmente lo que escribían estando recluidas y lo que siguieron escribiendo después, las lecturas que intercambiaban, la importancia de la literatura y el apoyo entre ellas.  Son científicas, actrices, maestras, matemáticas, poetas, apenas un ejemplo contundente de superación y de profunda humanidad.

     Anna Caballé, en el suplemento cultural Babelia, de El País, dijo de ese libro “El mar de sufrimiento se convierte gracias a Monika Zgustova en un mar de memoria.  Solzhenitsyn se sentiría satisfecho”.

LAS ROSAS DE STALIN

     Svetlana Allilúyeva fue la única hija mujer del dictador soviético Josep Stalin.  Conmocionó al mundo cuando se asiló en los Estados Unidos, estando en la India, donde había ido a llevar las cenizas de su marido, un intelectual de ese país con quien se casó en Moscú.  Svetlana sufrió muchísimo, pues su madre se suicidó cuando apenas ella contaba con seis años, por culpa de la convivencia con su marido.  Antes del indio, se enamoró de un cineasta judío a quien su padre mandó a un gulag. También tuvo otros amores y dos hijos.  El indio residía en Moscú, era de izquierda y la entendía muchísimo, lo conoció en un hospital donde ambos se restablecían.  Aparentemente fueron los mejores años de ella, fue feliz, pero él murió prematuramente y dispuso llevar las cenizas a su país de origen.  Después de muchos trámites logró que en 1967 le dieran permiso para viajar y una vez allí siguió todos los rituales y se vistió con todos los vestidos que exige la religión hindú para tirar las cenizas en el río Ganges.  Cuando iba a regresar (siempre vigilada por la embajada rusa en Delhi) se asiló en la embajada de Estados Unidos y de allí protagonizó un espectacular viaje a Nueva York, en los momentos más álgidos de la guerra fría.  Por esta razón, se convirtió también en objetivo de los servicios secretos estadounidenses, pues debían dilucidar si era una espía bajo la apariencia de una mujer desquiciada.  La CIA quiso aprovechar sus testimonios para su conveniencia. En Estados Unidos Svetlana fue sometida a otro tipo de vigilancia, más sutil.

     Una vez allí, publicó su famoso libro “Veinte cartas a un amigo”, que le dio mucho dinero.  Se casó otra vez y tuvo una hija, Olga, pero no fue feliz, se divorció, tenía a sus otros hijos en la Unión Soviética y ellos no le brindaron gran comprensión a sus desajustes.  Volvió a su país en 1984, y le devolvieron su ciudadanía, para salir otra vez dos años después y establecerse de vuelta en Estados Unidos y residir un tiempo en Inglaterra.

     El relato de Monika Zgustova sobre la vida de Svetlana Allilúyeva es fascinante y enriquecedor, toca las fibras más sensibles de una mujer marcada por el peso del accionar de su padre.

LA INTRUSA

     Gala Dalí, originalmente Elena Dmítrievna Diákonova, nació en Kazán, Rusia, una ciudad junto al río Volga en 1894.  Era una mujer muy atractiva y, sobre todo, muy sensual.  Fue la musa de Paul Éluard, poeta francés de la corriente del surrealismo y el dadaísmo, Max Ernst, otro seguidor de esas corrientes, pero en pintura y Salvador Dalí, artista que cultivó muchos géneros y por quien Gala dejó a sus anteriores amantes.

     En este retrato biográfico de una mujer única, Gala es mostrada como la mujer decidida, valiente y apasionada, que supo perseguir con determinación sus anhelos y acompañar a los tres grandes artistas que, junto a ella, llegaron a ser importantes figuras de la poesía y el arte universales.

     La autora saca magistralmente a la luz aspectos hasta ahora poco conocidos sobre Gala, como su relación con su padre adoptivo y el resto de su familia, sus relaciones amistosas y cómo la marcaron la revolución bolchevique y los años previos a ella.  Gracias a Monika Zgustova conocemos una mujer más rica y apasionante, que rompió con los estereotipos de su época y que influyó de forma decisiva en el arte y la literatura del siglo XX.

PATRULLA ORTOGRÁFICA Y ÉTICA

Por Mariela Sagel, La Estrella de Panamá, 26 de mayo de 2019

     Uno de los retos más grandes que enfrenta la sociedad panameña, independientemente de las simpatías políticas que tenga, es corregir el rumbo de la educación y cortesía que impera entre nosotros.  Leemos con alarma que los estudiantes están fracasando en materias tan básicas como comprensión, lectura y matemáticas, y gracias a las redes sociales, que según Umberto Eco “le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas”, con horribles faltas de ortografía, hay millones de mensajes que ofenden por los horrores gramaticales que llevan.

     Debido a que la educación desde el hogar se ha relajado a punto de dejarla en manos de dispositivos móviles (tabletas, teléfonos, etc.) nuestros jóvenes llegan maleados a la escuela.  El profesor tiene que enfrentar un verdadero reto, el de corregir en los exámenes escritos las faltas ortográficas.  Si la materia está relacionada, es obligatorio hacerlo, pero yo soy de la teoría (y la práctica) de corregir, aunque sea un examen de matemáticas, si viene con faltas de ortografía.

     En el mundo actual, donde los programas de computadora y los teléfonos inteligentes tienen correctores automáticos, son inaceptables las faltas ortográficas.  Muchos se escudan en la inmediatez del mensaje (los hinchas del WhatsApp), pero no tardaría nada el revisar el mensaje antes de enviarlo, para que vaya con una “s” en vez de una “z”.

     Igual importancia tienen las personas que salen en televisión o hablan en la radio.  Una conjunción del verbo “haber” es catastrófica si se dice “hubieron” o “haiga”, y sé que los conductores de programas no se atreven a corregir a su interlocutor, pero se debe hacer, es por el bien de los demás y del que habla y escucha.  De igual forma, se ve con frecuencia el “ha hecho” con “a hecho”. 

     Los redactores de los cintillos de las televisoras a veces tienen sus errores garrafales y qué decir de los titulares en los medios impresos.  Hay que ser muy cuidadoso con lo que se publica porque solamente el que lee puede escribir bien, y, en consecuencia, expresarse bien. Y aprender con ejemplos. Hemos visto recientemente renuncias a altos puestos o declinaciones de designaciones, donde la redacción, viniendo de ministros y embajadores da pena. 

     En España se desató hace poco un debate en torno a si el profesor universitario debe corregir a los alumnos por faltas ortográficas, así como en redacción y sintaxis.  Y las conclusiones han sido contundentes: “si se fuera estricto mucha gente no aprobaría los exámenes.  Los niveles de exigencia han bajado mucho”.

     Si eso pasa en España, cuna de la lengua española, qué podemos esperar en Panamá, tan influenciada por los gringos y con niveles de educación tan bajos que hasta una exministra de Educación se dio el lujo de sacarnos de las pruebas PISA hace unos años.  Ahora se conoce que nuestros estudiantes están fallando en asuntos básicos y, sobre todo, se está sacando de currículum las materias de literatura y lógica, fundamentales para pensar ordenadamente y expresarse con cordura.   

El respeto y la cortesía están cada día más ausentes.  No se respeta el derecho ajeno que, según Benito Juárez, “es la paz”:  el peatón no está ni protegido en los pasos peatonales, uno pone la luz direccional para tomar a la derecha y por ese lado lo rebasa un auto o una moto, con pena y sin gloria.  Vivimos en una delirante carrera por cada día ser más chabacanos y menos cultos, como si cultura fuera el recitar poesía o saber de pintura clásica.  Cultura es comportarse como debe un ciudadano, con cortesía y respeto.

     Otra falta de respeto es la impuntualidad.  Si bien el tráfico diario hace difícil que uno llegue puntual a una cita (aunque algunos se escudan en ese imponderable para llegar tarde) los panameños debemos desvirtuar eso de “la hora panameña”.  Me dolió mucho leer que el nuevo embajador de Chile expresó en una entrevista que lo que no le gustaba de los panameños era la impuntualidad.  Seguramente lo dice porque el presidente saliente ha marcado récords en llegar tarde a todos lados, haciendo esperar a muchas personas, bajo un sol inclemente o un calor insoportable.  La puntualidad no es otra cosa que el respeto por el tiempo de los demás.  Así de sencillo.

     Los malos ejemplos del preso del Renacer, el expresidente Martinelli, que pensaba que era gracioso presentarse a un programa de televisión y decir que él no se había robado “un fucking real” (cuando se robó el país de esta generación y de la próxima) han influido más en la juventud, que considera obsoleto que los viejos exijamos que se hable y se escriba correctamente.  Pero ser coherentes en la forma de comunicarse y escribir bien no va a pasar nunca de moda.  Si no lo creen, lean los libros que se publican, que no tienen chabacanerías ni horrores ortográficos.  Hay que buscar la excelencia en todo.