Todas las entradas de: Mariela Sagel

Mariela Sagel es Arquitecta y tiene una Maestría en Administración de Empresas. Además, tiene una especialización en Administración de Proyectos, por la Universidad de Louisville. Reside en la ciudad de Panamá, República de Panamá. Ocupó el cargo de Ministra de Gobierno y Justicia en la década de 1990. Tiene una hija que vive en Montreal, con su esposo y sus hijos, un niño y una niña, que la han convertido en una abuela feliz. Todos son amantes de los Schnauzers. Mariela Sagel escribe sobre diferentes temas, especialmente de política, pero también cultiva la literatura y el arte. Tiene una página cultural semanal en La Estrella de Panama y dos columnas de opinión semanales. Es un referente intelectual panameño y sus artículos también se publican en dos medios españoles y en catorce países latinoamericanos. Además produce un segmento cultural semanal en Telemetro Matutino, titulado "Entre Letras" desde 2011 donde recomienda libros . Es sabinera de "fina estampa". “La reseña es un oficio que me gusta, entendida siempre como testimonio de lector, más que como esa cosa aparatosa y sosa y casposa llamada ‘crítica literaria’ ”. Darío Jaramillo Agudelo

Paul Gauguin en Panamá

El pasado 8 de mayo se conmemoraron los 100 años de la muerte del pintor francés post-impresionista, Eugène Henri Paul Gauguin, nacido en Paris el 7 de junio de 1848 y cuyas obras más conocidas fueron pintadas en Tahití, Polinesia Francesa, en la mitad del Océano Pacífico. Su abuela materna era de ascendencia peruana, Flora Tristán, la primera feminista y revolucionaria de su tiempo. Fue amigo de Van Gogh, Pisarro y del resto de los artistas que lideraron el movimiento impresionista. Era corredor de la bolsa de valores hasta que un buen día decidió dedicarse a la pintura. Casado con una danesa, tuvo cinco hijos a los que abandonó persiguiendo la luz de los trópicos, que lo traería a las costas panameñas en el año 1887.

En muchas ciudades del mundo se han realizado exposiciones retrospectivas de la obra de Gauguin. El centenario de su muerte ha trascendido más allá que la de cualquier otro pintor: el laureado escritor peruano Mario Vargas Llosa lanzó su último libro “El Paraíso en la otra esquina” hace unos meses, uniéndose a la conmemoración y novelando la persecución de lo imposible por dos importantes personalidades: Flora Tristán y su nieto, Paul Gauguin. Usando la técnica de alternar los capítulos, ya ensayados en El Pez en el Agua, Vargas Llosa logra una novela fascinante y cautivadora, haciendo los paralelismos entre la abuela y el pintor. Ya en 1919 William Somerset Maugham se había ocupado de su búsqueda por la esencia de la naturaleza en La luna y seis peniques. Y el pintor y escritor dominicano, Fernando Ureña Rib, en su más reciente libro, Fábulas Urbanas, incluye el relato La Venus de Taboga, inspirado en una visita que hizo a la isla del Pacífico panameño en el año 2000 e imaginando a Gauguin en medio de su exhuberancia.

En 1887, Paul Gauguin, acompañado de su amigo, el pintor Charles Laval, arribaron al istmo de Panamá. Se estima que su llegada fue en el verano panameño por las cartas que escribió a su amigo Emile Schuffenecker. Por el tono de la nota, el pintor francés no estaba contento de estar en Panamá y según los anales de la Panama Canal Commission, su destino fue la isla de Taboga. Se sabe de una carta que él escribió desde Saint Nazaire a su esposa Mette, anticipándose a su llegada, donde Gauguin le expresaba su sueño de vivir en una isla y alegaba “yo conozco un lugar en el mar de Panamá, una pequeña isla llamada Tabogas (Taboga) en el Pacífico; está casi deshabitada y muy fértil. Yo llevo mis colores y mis pinceles y yo me empaparé de ellos lejos de todos los seres humanos. Yo sufriría siempre la ausencia de familia, mas no viviría como un mendigo, que tanto me disgusta. No duden nunca de mi salud, el aire ahí es muy sano y como alimento, el pescado y las frutas que uno come.”

La siguiente carta que escribió a su esposa, ya desde Panamá, donde su cuñado (esposo de su hermana Mariè) le había invitado con promesas de bienestar y trabajo estable no fue tan elocuente sobre el entorno panameño. Gauguin le adelanta a Mette que en ocho días estará visitando Taboga (la llama Tobago) “viviendo como salvajes (él y Charles Laval) y seguro que no será el mejor lugar para estar.” En su siguiente misiva le cuenta su desventura ocurrida en el barrio de San Felipe, donde fue tomado preso por la policía ya que se orinó en una de sus calles. El escritor panameño Rafael Ruiloba recoge este acontecimiento en la novela Manosanta y le dedica tres capítulos a una supuesta relación con una dama francesa que lo sacó de la cárcel. Es seguro que estuvo en la ciudad de Colón, en el Atlántico, tanto a su llegada de Martinique como antes de su partida, y se sabe que se contagió de malaria en esa ciudad, donde fue hospitalizado. Laval contrajo la fiebre amarilla.

El hecho que Gauguin haya estado en el istmo, durante la construcción del Canal (afirmó en una de sus cartas que “trabajó para la compañía durante 15 días”) fue el motivo por el cual la Embajada de Francia en Panamá y la Alianza Francesa celebraron el 7 de junio, el día de su natalicio, un homenaje en su honor en la isla de Taboga. Con las obras pictóricas de niños que aprendieron a pintar como Koke, un apodo que le puso una de sus amantes en Tahiti, se organizó un “happening” en el que participaron artistas plásticos, de teatro y músicos, en las ruinas de la casa Moore, donde existía un monolito alusivo a su visita. Este monolito fue cubierto por azulejos al estilo Gauguin. Tal fue la euforia Gauginista que unos artistas panameños pintaron un mural conmemorando la fecha, reproduciendo sus famosas mujeres tahitianas.

Un justo homenaje a un pintor que representa una etapa muy importante en la historia del arte y, pese a su trágica vida y el no haber dejado ninguna obra pintada en Panamá o en Taboga, nos mantiene tras sus huellas.

Invitación al hapenning de Gauguin en Taboga
Invitación al hapenning de Gauguin en Taboga
El monolito existente fue revestido de azulejos pintados al estilo de Gauguin
El monolito existente fue revestido de azulejos pintados al estilo de Gauguin
El pintor Blas Petite pintó un mural al estilo Gauguin en una pared de la isla de Taboga
El pintor Blas Petite pintó un mural al estilo Gauguin en una pared de la isla de Taboga

Invertir en quimeras

MARIELA SAGEL*

En esta época del año se hacen generalmente buenos propósitos, especialmente para iniciar el próximo con paso seguro e intentando que lo que dejamos de hacer en los doce meses que se están agotando, se logren cumplir en los que están por venir. Claro que en medio de esa catarsis, se nos mete ese pensamiento color rosa (el que señalan los autores Johnson y Learned que hace que las mujeres compren), y es allí donde empieza la ansiedad y la intolerancia.

Para hacernos más fáciles estos treinta días que faltan para que termine el año, sin que pensemos en las villas navideñas que nos harán romper el récord Guinness por los alaridos más estruendosos que habrá ni en las piscinas tan “ cute ” que harán de la Cinta Costera el criadero de Aedes aegypti más grande de, por lo menos, Centro América, propongámonos, aunque sea intentándolo, cultivar una educación ciudadana que debería ir surgiendo de cada uno de los residentes de esta caótica ciudad.

Empecemos por darles paso a los peatones, pero sin gesticular en forma ofensiva. Sigamos dejando a otros conductores entrar a la vía principal, aunque eso signifique que la luz de los semáforos inteligentes cambie y nos quedemos sin cruzar la intersección.

No pitemos sin necesidad, solamente si es muy necesario. Saludemos cuando entramos a un ascensor, a un edificio o a un lugar donde haya personas que ni se inmutan por nuestra presencia.

Seamos más amables de lo que acostumbramos con nuestros semejantes más inmediatos y con los que no son tanto, y practiquemos una cultura de tolerancia.

Panamá tiene un pésimo concepto del servicio y la atención que se debe ofrecer a locales y visitantes. Por eso nuestras vecinitas obtienen los puestos que tienen contacto directo con la gente (y después nos quejamos) y sus paisanos nos abruman con su melosidad desde los centros de llamadas donde empiezan diciendo: “ ¿cómo me le va…?”.

Hace poco regresé de un viaje al extranjero y me tocó llegar a la hora que llegaron varios aviones. A pesar de haber cinco novedosas máquinas de las que escanean el equipaje cuando uno ya ha pasado por los controles de migración, solo una estaba siendo operada en ese momento. La fila era interminable y lo peor de todo era que en cada una de las otras máquinas de última generación había personas de la Dirección de Aduanas, paradas como postes, que no contribuían ni a agilizar la fila y a ponerlas a andar y tenían cara de pocos amigos.

Más recientemente intenté, en dos ocasiones y en dos lugares diferentes, que me lavaran el auto. En esas dos instancias las respuestas fueron invariables: estaba lloviendo. No era válido el hecho que el local que lava autos estuviera bajo techo, o que a mí, la propietaria del vehículo no le importara que estuviera lloviendo, porque yo quería que a mi carro se le quitara la imagen que tenía que parecía que hubiera venido por tierra a través del tapón del Darién: no, estaba lloviendo por eso ellos, los lavaautos, no trabajaban. Y así queremos posicionarnos como un destino turístico, queremos que vengan a ver las sonrisas gratis que ahora se están convirtiendo en mueca y queremos que solamente se contraten a nacionales de pura cepa para los puestos donde la atención y la amabilidad son la tónica que marca la calidad del servicio que ofrecemos.

Vamos a intentar, por lo que queda del año, elevar la forma en que nos comportamos con los demás, y así dar ejemplos de educación –ya no digo de cultura, porque enseguida la gente se escalda— y de tolerancia para que la presión por cumplir con las metas que nos habíamos trazado no nos impida dar la mejor imagen de nosotros, aunque eso signifique darle paso a un peatón, a un “ diablo rojo ” o a una de esas cucarachitas amarillas que siempre dicen “ no voy ”.