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Mariela Sagel es Arquitecta y tiene una Maestría en Administración de Empresas. Además, tiene una especialización en Administración de Proyectos, por la Universidad de Louisville. Reside en la ciudad de Panamá, República de Panamá. Ocupó el cargo de Ministra de Gobierno y Justicia en la década de 1990. Tiene una hija que vive en Montreal, con su esposo y sus hijos, un niño y una niña, que la han convertido en una abuela feliz. Todos son amantes de los Schnauzers. Mariela Sagel escribe sobre diferentes temas, especialmente de política, pero también cultiva la literatura y el arte. Tiene una página cultural semanal en La Estrella de Panama y dos columnas de opinión semanales. Es un referente intelectual panameño y sus artículos también se publican en dos medios españoles y en catorce países latinoamericanos. Además produce un segmento cultural semanal en Telemetro Matutino, titulado "Entre Letras" desde 2011 donde recomienda libros . Es sabinera de "fina estampa". “La reseña es un oficio que me gusta, entendida siempre como testimonio de lector, más que como esa cosa aparatosa y sosa y casposa llamada ‘crítica literaria’ ”. Darío Jaramillo Agudelo

Atletas de la cultura

MARIELA SAGEL*

Publicado en La Estrella de Panamá el 15 de Noviembre de 2009

CAMBRIDGE, MASSACHUSETTS. — Se ha hecho muy frecuente en Panamá el calificar a los asiduos a exposiciones de arte, conciertos de música clásica y obras de teatro, entre otras actividades, con el término de “culturosos” y endilgarles, en un sentido glamoroso, que son personas comprometidas y asiduas a la cultura. Y se hace de una manera peyorativa, como quien alega que aparte de dedicarse a la contemplación de esas manifestaciones artísticas, no hacen más nada y mucho menos, algo productivo.

Si bien es cierto que existen muchos que se “ hacen ” los “ culturosos ” simplemente porque asisten a exposiciones de arte (y ni ven los cuadros), porque es algo que los hace “ chic ” y les permite salir en periódicos, hay otros que definitivamente viven de la cultura, como son los escritores que felizmente viven de lo que escriben, los músicos que son exitosos y viven de su música, los pintores que venden a precios exorbitantes y todo aquel que, cultivando un arte, no tiene mayores apremios económicos.

Los hay muchos, aquellos que, como dicen, no pagan taquilla y van a todas las aperturas de eventos y se toman todo el vino. Eduardo Galeano tiene, entre sus exquisitos ensayos, uno dedicado a ellos, que dice: “ Lo mejor que el mundo tiene, está en la cantidad de mundos que contiene. Esta diversidad cultural, que es un patrimonio de la humanidad, se expresa en el modo de comer, y también en el modo de pensar, sentir, hablar, bailar, soñar. Hay una tendencia muy acelerada a la uniformización de las costumbres. Pero al mismo tiempo hay reacciones hacia la afirmación de las diferencias que vale la pena perpetuar. Realizar las diferencias culturales, no las sociales, es lo que permite que la humanidad no tenga un solo rostro, sino muchísimos rostros a la vez.. Mi opinión es que no estamos de ninguna manera condenados a un mundo que solo nos permita elegir entre dos posibilidades: o morir de hambre o morir de aburrimiento ”.

Lo más interesante en nuestro muy particular mundo panameño, que no resulta para nada aburrido, es que a los que nos consideran culturosos se espera que lo único que hagamos bien son temas que conciernen a la cultura, cuando ni en sus mentes tienen claro qué significa este término. En 1982 la UNESCO declaró “ que la cultura da al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo.  Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones. A través de ella el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden ”.

Ahora hay otra acepción del término y es el de “ culturetas ”, según me cuentan en los medios “ culturosos ”. Estos son los atletas de la cultura, los que hacen maromas para llevar un proyecto cultural adelante, contra viento y marea. Mejor dicho, los quijotes de la cultura. De esos hay (¿somos?) muchos que nos pasamos reflexionando sobre lo que hacemos y estamos éticamente comprometidos. Siempre buscamos una oportunidad para aprender más, la curiosidad no nos deja en paz y lo mejor de todo, aunque leamos mucho, siempre tratamos que otros lean.

Esa labor la llevamos a cabo en forma constante y tenaz, no dentro de marcos establecidos para demostrar que sí estamos comprometidos con la cultura en nuestro país.

¿Nos caerán como anillo al dedo estas divagaciones que en su momento tuvo un grupo de “ culturosos ” alrededor de cómo llevar adelante algún proyecto cultural?

Un centro para la inteligencia

Vista del Stata Center
Vista del Stata Center

Stata Center 1Stata Center 2Stata Center 3OPINION La Estrella de Panama, 8 de Noviembre de 2009
MARIELA SAGEL*

CAMBRIDGE, Massachusetts — En medio del campus del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), al otro lado de la orilla del Río Charles, se levanta una serie de edificios que reemplazaron un viejo inmueble identificado como Building 20, que fuera un albergue temporal de madera, construido durante la II Guerra Mundial, y sirviera para que grupos de investigación gestaran proyectos innovadores en esa época, en esta renombrada universidad, donde funcionó el Laboratorio de Radiología.

Estos edificios se conocen como el Centro Stata para las Ciencias de la Informática, Información y la inteligencia (The Stata Center for Computer, Information and Intelligence Sciences) y allí tiene su sede el Laboratorio de Inteligencia Artificial y Ciencias Informáticas (Computer Science and Artificial Intelligence Laboratory), el Laboratorio para la Información y Sistemas de Toma de Decisiones (Laboratory for Information and Decision Systems) y el Departamento de Lingüística y Filosofía. La intención de hacer un centro en ese emblemático lugar era poder traspasar esa sensación de “serendipity ” (descubrir por casualidad algo muy bello) que tenía el Building 20 y poder acoger el trabajo en conjunto de selectas disciplinas.

El conjunto de edificios impresiona por su volumetría y lo excéntrico del diseño, que estuvo a cargo del arquitecto canadiense Frank Gehry y abrió sus puertas al público en 2004, siendo catalogado en como “una obra de arquitectura que involucra una evaluación muy seria de cómo viven y trabajan las personas, y al mismo tiempo destaca la importancia de la inventiva”.

El complejo tiene una extensión de unos 67 mil metros cuadrados y fue financiado mediante donaciones de filántropos como Bill Gates y Ray Stata (egresado de MIT en 1957) y María Stata, a quienes debe su nombre, porque todo el mundo se refiere a él como el “Stata ” o el Centro Stata. En MIT hay una tendencia a denominar los edificios por un número, sin embargo, en este caso, a sus dos torres se les ha llamado la G y la D. El edifico ahora es el Building 32. Como todo lo que representa la innovación, tiene sus adoradores y sus detractores.

Los diseños de Gehry tienen muchos ángulos pronunciados y parece que se fuera a colapsar en cualquier momento. Sus superficies son de materiales vistos, no repellados, como el ladrillo, acero, aluminio cepillado y metal corrugado. Hasta cierto punto, es como si se hubiera construido sobre la marcha, como si se hubiera improvisado. Quienes lo defienden esgrimen esta apariencia como una metáfora a la libertad creativa y el descubrimiento, que se supone que deben producir sus interiores. En una medición realizada en el año 2005 se colocó a MIT como la universidad que tenía la arquitectura más avanzada, recayendo ese mérito mayormente en el Stata Center.

No hay privacidad para los que trabajan en el edifico, de hecho, se han reportado casos de vértigo en una sala de conferencia por su particular diseño y no existe aislamiento acústico. Un feroz crítico lo comparó con una reversión estructural algorítmica para crear el desorden, una especie de antiarquitectura. El ubicar en esa estructura, se alega, departamentos científicos, es el símbolo de un castigo, lo que sería la ironía máxima.

En 2007 MIT demandó al arquitecto del Centro Stata y a la compañía que lo construyó, Skanska, por el diseño y la ejecución, que han causado filtraciones, rajaduras, crecimiento de moho, acumulación de drenaje y la obstrucción en salidas de emergencia cuando nieva o se acumulan escombros. Skanska ha dicho que el arquitecto ignoró las advertencias que le hicieron en su momento y rechazó las modificaciones que le sugirieron a su diseño. Gehry se defiende alegando que la empresa se fue con el “value engineering ”, que es el proceso de cortar costos eliminando algunos elementos del proyecto, que escogió no instalar ciertos dispositivos en los techos y que lo que busca MIT es el valor de su seguro.

Frank Gehry es el responsable del diseño del Museo de la Biodiversidad que se levanta en Amador. Hay que estar vigilantes para que el mismo se ejecute bajo un estricto escrutinio y no se convierta, en este caso, en un centro de la negligencia, contrario al de la inteligencia que exuda el de Cambridge.