Todas las entradas de: Mariela Sagel

Mariela Sagel es Arquitecta y tiene una Maestría en Administración de Empresas. Además, tiene una especialización en Administración de Proyectos, por la Universidad de Louisville. Reside en la ciudad de Panamá, República de Panamá. Ocupó el cargo de Ministra de Gobierno y Justicia en la década de 1990. Tiene una hija que vive en Montreal, con su esposo y sus hijos, un niño y una niña, que la han convertido en una abuela feliz. Todos son amantes de los Schnauzers. Mariela Sagel escribe sobre diferentes temas, especialmente de política, pero también cultiva la literatura y el arte. Tiene una página cultural semanal en La Estrella de Panama y dos columnas de opinión semanales. Es un referente intelectual panameño y sus artículos también se publican en dos medios españoles y en catorce países latinoamericanos. Además produce un segmento cultural semanal en Telemetro Matutino, titulado "Entre Letras" desde 2011 donde recomienda libros . Es sabinera de "fina estampa". “La reseña es un oficio que me gusta, entendida siempre como testimonio de lector, más que como esa cosa aparatosa y sosa y casposa llamada ‘crítica literaria’ ”. Darío Jaramillo Agudelo

De corredores a correderas

MARIELA SAGEL*

He tratado de buscar una explicación, de donde viniera, y que fuera coherente, para entender por qué se eliminó el peaje en la autopista Arraiján—La Chorrera. En mis pesquisas logré información al respecto de que dicha obra ya se pagó y por eso no era necesario cobrar por transitarla, pero aún no logro hacerme con la información veraz y matemática que me justifique que no era pertinente esa operación o que los ingresos que devengaba ese rubro han sido sustituidos por otro.
La carretera en mención fue inaugurada en 1981 y permitió acortar distancias entre el interior y la capital. A principios de este año el gobierno suspendió el cobro de los 50 centavos que costaba transitar por la vía y estimó que fueron unos 70 millones de dólares los que se recaudaron durante los 28 años que se estuvo cobrando su tránsito.

Aún cuando la autopista fue una gran solución para los miles de vehículos que a diario la transitan y, especialmente, para las miles de personas que viven en las ciudades “ dormitorios ” en que se han constituido Arraiján y La Chorrera, su mantenimiento dejó mucho que desear. La vía de casi 21 kilómetros de largo costó, en su momento, 28 millones de dólares, pero hoy se estiman en arriba de 20 millones su completa rehabilitación. Mi interés es saber cómo se utilizaban los ingresos que generaba la autopista y por qué los mismos no fueron invertidos en darle mantenimiento.

Si bien, si uno paga por algo tiene derecho a exigir, ahora no tenemos a dónde ir a quejarnos si se nos parte el mofle en media autopista, aunque antes tampoco se nos ocurriera emprender semejante acción, por lo improductiva que pudiera resultar.

Sin embargo, los corredores (Norte y Sur), que han sido objeto de tantas críticas y temas de campaña, tampoco quedan exentos de estos pecados. Recientemente me pasó algo curioso yendo para el aeropuerto de Tocumen. Me adelanté al carril que da preferencia a los que portan las tarjetas pre pagadas y una operaria realizó la operación. Al responder a mi pregunta por qué la máquina no funcionaba —si uno tiene esas tarjetas se supone que es para ahorrar tiempo— me dijo que estaba fuera de uso desde hacía dos años. Entonces, también aquí estamos actuando con una total impunidad, dejando que la inercia nos mantenga chapaleando en la mediocridad. Si entregamos los corredores en concesión, debemos exigir que los mismos sean manejados con pulcritud y que todo funcione. Me dicen los que residen o trabajan en Costa del Este que la parte del viaducto tiene baches inmensos, problemas que suman al mal funcionamiento de los escáneres de las tarjetas de pago, por decir solo algunos. La autoridad de los servicios públicos o la Defensoría del Pueblo deberían incluir un estamento para quejosos y para dar seguimiento a que las infraestructuras se mantengan óptimas.

Desde hace unos 15 años la ciudad de Panamá cambió su fisonomía totalmente para ponerse al día en las infraestructuras viales: corredores, puentes y más recientemente una Cinta Costera han aspirado a ofrecer modernismo a una metrópolis con crecimiento desaforado y con cambios de zonificación antojadizos y cuestionados. No estamos marchando acorde con lo que estamos construyendo ni mucho menos manteniendo aquello que potenciaría al país como destino turístico. Desconozco cuál es la estrategia del ente encargado de construir estas infraestructuras ni cuáles van a ser las próximas en que se invertirá, pero sí estoy muy consciente de que haciendo las obras a última hora, para que quede como obra de una gestión de gobierno, no lleva a buenos resultados, sino a correderas contra el tiempo que crean suspicacia, deterioran la imagen que pueda tener quien las emprenda y, sobre todo, no nos permiten contar con la seguridad de que estas obras van a recibir el mantenimiento adecuado.Cinta Costera

Paul Gauguin en Panamá

El pasado 8 de mayo se conmemoraron los 100 años de la muerte del pintor francés post-impresionista, Eugène Henri Paul Gauguin, nacido en Paris el 7 de junio de 1848 y cuyas obras más conocidas fueron pintadas en Tahití, Polinesia Francesa, en la mitad del Océano Pacífico. Su abuela materna era de ascendencia peruana, Flora Tristán, la primera feminista y revolucionaria de su tiempo. Fue amigo de Van Gogh, Pisarro y del resto de los artistas que lideraron el movimiento impresionista. Era corredor de la bolsa de valores hasta que un buen día decidió dedicarse a la pintura. Casado con una danesa, tuvo cinco hijos a los que abandonó persiguiendo la luz de los trópicos, que lo traería a las costas panameñas en el año 1887.

En muchas ciudades del mundo se han realizado exposiciones retrospectivas de la obra de Gauguin. El centenario de su muerte ha trascendido más allá que la de cualquier otro pintor: el laureado escritor peruano Mario Vargas Llosa lanzó su último libro “El Paraíso en la otra esquina” hace unos meses, uniéndose a la conmemoración y novelando la persecución de lo imposible por dos importantes personalidades: Flora Tristán y su nieto, Paul Gauguin. Usando la técnica de alternar los capítulos, ya ensayados en El Pez en el Agua, Vargas Llosa logra una novela fascinante y cautivadora, haciendo los paralelismos entre la abuela y el pintor. Ya en 1919 William Somerset Maugham se había ocupado de su búsqueda por la esencia de la naturaleza en La luna y seis peniques. Y el pintor y escritor dominicano, Fernando Ureña Rib, en su más reciente libro, Fábulas Urbanas, incluye el relato La Venus de Taboga, inspirado en una visita que hizo a la isla del Pacífico panameño en el año 2000 e imaginando a Gauguin en medio de su exhuberancia.

En 1887, Paul Gauguin, acompañado de su amigo, el pintor Charles Laval, arribaron al istmo de Panamá. Se estima que su llegada fue en el verano panameño por las cartas que escribió a su amigo Emile Schuffenecker. Por el tono de la nota, el pintor francés no estaba contento de estar en Panamá y según los anales de la Panama Canal Commission, su destino fue la isla de Taboga. Se sabe de una carta que él escribió desde Saint Nazaire a su esposa Mette, anticipándose a su llegada, donde Gauguin le expresaba su sueño de vivir en una isla y alegaba “yo conozco un lugar en el mar de Panamá, una pequeña isla llamada Tabogas (Taboga) en el Pacífico; está casi deshabitada y muy fértil. Yo llevo mis colores y mis pinceles y yo me empaparé de ellos lejos de todos los seres humanos. Yo sufriría siempre la ausencia de familia, mas no viviría como un mendigo, que tanto me disgusta. No duden nunca de mi salud, el aire ahí es muy sano y como alimento, el pescado y las frutas que uno come.”

La siguiente carta que escribió a su esposa, ya desde Panamá, donde su cuñado (esposo de su hermana Mariè) le había invitado con promesas de bienestar y trabajo estable no fue tan elocuente sobre el entorno panameño. Gauguin le adelanta a Mette que en ocho días estará visitando Taboga (la llama Tobago) “viviendo como salvajes (él y Charles Laval) y seguro que no será el mejor lugar para estar.” En su siguiente misiva le cuenta su desventura ocurrida en el barrio de San Felipe, donde fue tomado preso por la policía ya que se orinó en una de sus calles. El escritor panameño Rafael Ruiloba recoge este acontecimiento en la novela Manosanta y le dedica tres capítulos a una supuesta relación con una dama francesa que lo sacó de la cárcel. Es seguro que estuvo en la ciudad de Colón, en el Atlántico, tanto a su llegada de Martinique como antes de su partida, y se sabe que se contagió de malaria en esa ciudad, donde fue hospitalizado. Laval contrajo la fiebre amarilla.

El hecho que Gauguin haya estado en el istmo, durante la construcción del Canal (afirmó en una de sus cartas que “trabajó para la compañía durante 15 días”) fue el motivo por el cual la Embajada de Francia en Panamá y la Alianza Francesa celebraron el 7 de junio, el día de su natalicio, un homenaje en su honor en la isla de Taboga. Con las obras pictóricas de niños que aprendieron a pintar como Koke, un apodo que le puso una de sus amantes en Tahiti, se organizó un “happening” en el que participaron artistas plásticos, de teatro y músicos, en las ruinas de la casa Moore, donde existía un monolito alusivo a su visita. Este monolito fue cubierto por azulejos al estilo Gauguin. Tal fue la euforia Gauginista que unos artistas panameños pintaron un mural conmemorando la fecha, reproduciendo sus famosas mujeres tahitianas.

Un justo homenaje a un pintor que representa una etapa muy importante en la historia del arte y, pese a su trágica vida y el no haber dejado ninguna obra pintada en Panamá o en Taboga, nos mantiene tras sus huellas.

Invitación al hapenning de Gauguin en Taboga
Invitación al hapenning de Gauguin en Taboga
El monolito existente fue revestido de azulejos pintados al estilo de Gauguin
El monolito existente fue revestido de azulejos pintados al estilo de Gauguin
El pintor Blas Petite pintó un mural al estilo Gauguin en una pared de la isla de Taboga
El pintor Blas Petite pintó un mural al estilo Gauguin en una pared de la isla de Taboga