Todas las entradas de: Mariela Sagel

Mariela Sagel es Arquitecta y tiene una Maestría en Administración de Empresas. Además, tiene una especialización en Administración de Proyectos, por la Universidad de Louisville. Reside en la ciudad de Panamá, República de Panamá. Ocupó el cargo de Ministra de Gobierno y Justicia en la década de 1990. Tiene una hija que vive en Montreal, con su esposo y sus hijos, un niño y una niña, que la han convertido en una abuela feliz. Todos son amantes de los Schnauzers. Mariela Sagel escribe sobre diferentes temas, especialmente de política, pero también cultiva la literatura y el arte. Tiene una página cultural semanal en La Estrella de Panama y dos columnas de opinión semanales. Es un referente intelectual panameño y sus artículos también se publican en dos medios españoles y en catorce países latinoamericanos. Además produce un segmento cultural semanal en Telemetro Matutino, titulado "Entre Letras" desde 2011 donde recomienda libros . Es sabinera de "fina estampa". “La reseña es un oficio que me gusta, entendida siempre como testimonio de lector, más que como esa cosa aparatosa y sosa y casposa llamada ‘crítica literaria’ ”. Darío Jaramillo Agudelo

Lo que restaba de la Trilogía Millennium

Escenas del filmLa Reina en el Palacio de las Corientes de aireTercer libroEl Domingo, 25 de octubre de 2009
Mariela Sagel
PA-DIGITAL

Después de 2231 páginas finalmente terminé la lectura de los tres libros que componen la Trilogía Millennium, esa saga fascinante que está volviendo locos a todos los lectores y desploma las góndolas (estanterías) de las librerías.

Aquí en Panamá, el primero de los libros fue presentado en la V Feria Internacional del Libro, por Gabriel Sandoval, director Editorial de Grupo Planeta de México, responsable de la edición para esta región de Latinoamérica, y por la Dra. Rosa María Britton, conocida escritora nacional. Los hombres que no amaban a las mujeres, como se llama la primera novela, lo reseñé en este suplemento a principios de agosto (antes de la feria) y de manera magistral lo hizo a fines de septiembre Mario Vargas Llosa en su columna Piedra de Toque, donde señala que “solo deplora que Stieg Larsson se muriera antes de saber la fantástica hazaña narrativa que había realizado”.

El fenómeno Larsson o el fenómeno Salander, como se llama la protagonista de esta saga, ha recorrido el mundo en todos los idiomas. Ya perdí la cuenta de a cuántas lenguas ha sido traducido y cuántos millones de euros lleva generados en regalías, mismas que le han escatimado a la compañera de toda la vida del autor. La película de la primera novela se estrenó y siguen corriendo ríos de tinta tratando de entender –y de promocionar— los libros “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina” y “La reina en el palacio de las corrientes de aire”, que es como se llaman los dos posteriores.

No estoy segura de cuál de los tres libros me gustó más. Posiblemente el tercero. A partir del segundo, una vez resuelta la incógnita de la familia Vanger –una familia tan complicada y disfuncional que me recordó un par de núcleos locales que no se hablan entre sí y se meten zancadillas todo el tiempo— el autor se permite andar del timbo al tambo (¿o se dice del tingo al tango, como escribió Julieta de Fábrega en su libro?) por el mundo (bueno, Lisbeth en este caso)— y ahonda en el uso de marcas suecas y de tecnología sofisticada. No olvidemos que la Salander es una “hacker” y de las mejores. Y que Suecia es un país con un alto nivel de desarrollo en esa rama, cuna de Volvo, Erickson, Ikea y Skanska, entre otros, además del vodka Absolut. Las descripciones sobre la forma en que hacen uso debido e indebido de la informática y de las armas de fuego son exhaustivas y a veces tan enfáticas que preocupa saber que podemos estar en manos de cualquier escucha que apenas se parezca al grupo WASP (los hackers de Salander), especialmente después de la ley que recién pasaron en Panamá y de los “zarinos” que tienen en sus manos la seguridad del país.

Otro punto relevante es la importancia que le da Larsson a los medios de comunicación –en este caso impresos— como son los periódicos y las revistas, y la forma en que son controlados, manipulados y utilizados por los grupos de poder. Parte de las enseñanzas que extraje del ejercicio de haberme leído estos tres libracos ha sido el comprender cabalmente el imperio de los medios que, aliados a las fuerzas de seguridad y otros diablos, pueden hacer desastres. Se pueden convertir en la Corte Suprema Mediática o, como escribí recientemente, señalar culpables por titulares. Leyendo un poco sobre Suecia, aprendí que es uno de los países donde más personas leen periódicos y éstos, versus la población existente, tienen una circulación envidiable. La gran diferencia es que, por lo menos en la novela, las unidades investigativas son usadas para desenredar verdaderos entuertos y no perseguir meras tirrias y dañar reputaciones por el simple hecho de ser adversarios políticos. En los escenarios que trata Larsson, caen industriales y financieros, que tienen sus manos, sospechosamente, metidas en los medios de comunicación.

Más allá de la fascinación por la narración está el hecho que retrata a los suecos en cuerpo y alma: su liberalismo, su modernismo en aceptar todo lo avanzado y su vasta geografía. Es importante resaltar, como lo he comentado en las tertulias donde irremediablemente terminamos hablando de Larsson, la innumerable cantidad de nombres nórdicos (o escandinavos) de personajes que usa el novelista, todos impronunciables, con las diéresis que nos son ajenas, aunado a la descripción de los lugares y recorridos que hacen en los zangoloteos y pesquisas en que se ven inmersos los protagonistas. En ningún momento me sentí perdida, aunque no conozco Suecia, pero de algo sí quedé más que segura: todos duermen desnudos.

Stieg Larsson pone especial interés en los personajes femeninos: Lisbeth Salander es una inmortal de la ficción, como la definió Vargas Llosa y no me extraña que para este día de las brujas mucha gente se llene de tatuajes y piercings para emularla. Ericka Berger, la ejecutiva impecable, sensual y avasallante, es un ejemplo a seguir. Y en el tercer tomo entra en escena una sorpresiva vikinga, Mónica Figuerola, que se va a convertir en la Juana de Arco del desenlace. Hay otras figuras femeninas que merecen consideración, como Annika Gianninni y Susanne Linder, además de todas las periodistas de la revista Millennium y las investigadoras de Milton Security y del tratamiento que le da el novelista a ellas se deduce su compromiso sin claudicaciones con el sexo femenino. De allí que uno de los principales temas de esta extensa trilogía sea la condena al maltrato a la mujer y el respeto por el trabajo que hacemos.

También se resaltan, ya no a nivel de valor literario, la exaltación de los sentimientos como la amistad, la sinceridad y la solidaridad. Tal como dije en el programa de televisión al que fui invitada a conversar sobre el primer libro, Ericka es amante de Mikael, ella está casada con un pintor relativamente conocido y su marido acepta que tenga esa relación. Un amigo que vive en el extranjero, que se motivó a leer estos títulos catalogados como del género “novela negra”, me señaló algunas frases para tener en cuenta, tales como que “nadie puede evitar enamorarse… tal vez uno quiera negarlo, pero es posible que la amistad sea la forma más frecuente de amor”. Y otra: “no hay nadie inocente, sólo hay distintos grados de responsabilidad”.

Suecia también es la cuna de la Academia que otorga los Premios Nobel. No creo que Larsson hubiera podido alzarse con uno por esta trilogía, -si hubiera vivido – lo que sí estoy segura es que tal como mencionó el escritor peruano Alonso Cueto, en la presentación del primer libro en Panamá, el autor ha realizado una verdadera proeza en escribir una novela popular, y eso ha hecho que muchísimas personas hayan vuelto a la lectura como el pasatiempo o mejor, el ejercicio que más estimula al ser humano. Y como también dijo Gabriel Sandoval en esa ocasión en la feria, “tenemos entre manos una novela prodigiosamente adictiva, que no tendrá piedad del lector y lo someterá ante la imposibilidad de dejar para mañana lo que se puede leer hoy”.

La muerte de Stieg Larsson, sin haber visto publicado ni el primer tomo de lo que se ha convertido la Trilogía, debe hacernos reflexionar si no ha sido su historia, su propia historia –en la figura de Mikael Blomkvist— la que parecería haber sido ideada por algún Director de Marketing celestial empecinado en hacer aún más efectivo el fenómeno que hoy se apropia de todos los temas de conversación.

Conciencia ciudadana

BananasDomingo, 25 de octubre de 2009
Opinión, La Estrella de Panamá, 25 de Octubre de 2009

MARIELA SAGEL*

Mucho se señala que la ciudad capital cada día es más hostil. Que se ha perdido la cortesía y las buenas maneras en todo lo que respecta al prójimo: dar paso a los peatones, ceder el espacio a un auto que rebasa, levantarse cuando se está en la sala de espera y hay una persona que necesita sentarse. La semana pasada escribí sobre la necesidad de poner un tope a las horas que se cierran los bares –Ley Zanahoria— y hoy quiero complementar ese tema con el de la educación ciudadana de la que tanto carecemos.

En estos días, cuando se acerca el fin del año y se acrecientan las ansias de consumo y la presión nos lleva por el despeñadero de no dejar para el otro año lo que se puede comprar en éste, la ciudad se está volviendo un infierno. Por todos lados hay choques, hay reparaciones de calles, hay protestas y la agresión a las personas se hace más evidente en la medida que se den en días de pago, décimo y fines de semana. He presenciado casos inauditos de irrespeto por el prójimo: un carro de Cemex, en plena calle 53, tenía detenido el tráfico al mediodía del viernes, frente al World Trade Center, porque el conductor se antojó de comprar unas tarjetas prepago de celular. Los conductores de taxi se arriman donde les da la gana, causando muchas veces accidentes, pero los peatones también son imprudentes, porque no se dan cuenta de que solicitando un servicio de taxi, en una esquina o un sitio donde pueden causar un accidente, buscan lo que está quieto. Las acciones siempre son de dos vías: dando y recibiendo, o mejor dicho, una acción provoca una reacción.

Una gran parte de la mala educación ciudadana que desplegamos en las calles, en nuestros trabajos y en los lugares donde asistimos —léase restaurantes, conciertos, conferencias, etc.— proviene de lo que vemos en casa, de lo que nos enseñan en familia. De un hogar donde no exista el más mínimo respeto en la mesa, donde las reglas de urbanidad estén en recreo, no va a salir nada bueno puertas afuera. Los modales mínimos que se deben observar a la hora de comer son aguardar que todos estén servidos, empezar todos al mismo tiempo y de acabar, esperar que los demás terminen y, en caso de alguna emergencia, disculparse si se tiene uno que retirar antes que los demás. Para eso existen las palabras “ permiso ”, “ buen provecho ” y otras más. Y debe ser inaceptable sentarse con un teléfono celular a la mesa y mucho menos atender llamadas o chatear.

La crisis de educación y conciencia ciudadana se ve aún más agudizada en la carretera al interior, donde se ha convertido una práctica cada vez más desagradable y común que los hombres se estacionen en el hombro de la autopista y sin el más mínimo recato se dispongan a orinar a la vista de todos los que por allí transitan. Debe ejecutarse cuanto antes una ordenanza municipal que multe a estos asquerosos y groseros caballeros que ofrecen tan deplorable espectáculo.

Seguiré insistiendo en la creación de una conciencia ciudadana, sobre todo porque esa fue la campaña que rescató a una ciudad como Bogotá de ser agresiva, y convertirla en la elegante Santa Fe. El alcalde de la Ley Zanahoria llevó a cabo verdaderas campañas de concientización para que las personas bajaran sus niveles de agresividad, dieran paso a los peatones, cedieran el espacio a los autos y todo con mimos y payasos. Podríamos empezar, cada uno que lea esto, a evaluar cómo nos comportamos en casa, si respetamos a los que conviven con nosotros, si a la hora de sentarnos a la mesa guardamos la compostura necesaria y al conducir somos corteses. No hay que olvidar la máxima de Benito Juárez: “el respeto al derecho ajeno es la paz”. Y esa paz empieza desde adentro de cada uno.