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LA HIJA DE CAYETANA

Por Mariela Sagel, Facetas, 1o. de enero de 2017

La XVIII Duquesa de Alba, la que conocimos, que murió en el año 2014, era la segunda mujer que ostentaba ese título ducal por derecho propio, –las demás fueron consortes– además de muchos otros, era muy conocida y querida sobre todo por su estrafalaria personalidad, su modo muy particular de conducirse y vestir, y por sus varios maridos.  Pero poco sabemos de la XIII Duquesa de Alba, María del Pilar Teresa Cayetana de Silva Álvarez de Toledo y Silva-Bazán, que también llamaban cariñosamente “Tana”, –que igualmente poseía un espíritu libre y era hija única- y vivió entre intrigas de la corte, envidias y su empatía con intelectuales.  Carmen Posadas, la extraordinaria escritora uruguaya/hispana que se especializa en descubrir los acontecimientos históricos más importantes pero adentrándose en la «petite histoire» vuelve a sorprendernos con esta fascinante novela sobre la hija negra que la regente de la Casa de Alba adoptó, ya que nunca pudo tener hijos.

No es la primera vez que Carmen Posadas rebusca en esos pequeños detalles que componen la historia y en los que nadie se fija.  Su novela anterior, “El testigo invisible” era el relato de los días finales de la familia Romanov, últimos zares de la Rusia imperial y su ejecución por los soviets en Ekaterimburgo, desde la óptica de un pinche de cocina y deshollinador de chimeneas.  Otra obra destacada de sus muchos libros, –entre los que está el que obtuvo el Premio Planeta en 1998–, «La cinta roja», desvelaba los avatares de la española Teresa Cabarrús, también conocida como Madame Tallien, durante los años de la Revolución Francesa.

Foto de la autora tomada por Carolina Roca

La Casa de Alba es una de las que más títulos acumula que cualquier otra casa de la nobleza y son cinco veces duques, dieciocho veces marqueses, veinte condes, vizcondes, condes-duques y condestables, además de ser catorce veces Grande de España, la mayor dignidad nobiliaria del reino. Cuando murió la XIII Duquesa de Alba, el título pasó a un primo segundo, y desde entonces a sus descendientes, los Fitz-James Stuart. Con toda razón han sido los nobles más admirados del mundo por sus contemporáneos, según el Libro de récords Guinness.  Y mucho más atención han tenido las dos duquesas, una que vivió entre los siglos XVIII y XIX y la otra, entre el XX y el XXI, por sus “pequeñas historias” (el libro que le mereció a Carmen Posadas el Premio Planeta se llama “Pequeñas Infamias”).

LA CAYETANA DEL SIGLO XVII

La duquesa de Alba, que es la protagonista de esta formidable novela, se casó muy joven con un primo, que aportó a su ya vasta lista de títulos los de marqués de Villafranca del Bierzo y duque de Medina Sidonia.  Vivió poco, apenas 40 años, pero en una época tormentosa de la historia de España y del mundo, cuando Carlos IV de España, casado con María Luisa de Parma (apodada “la parmesana”) accedió al trono un poco antes de que estallara la Revolución Francesa.  Se le atribuye al monarca muy poco carácter, manipulado por su ambiciosa mujer y por un miembro de la corte que ha dado mucho de que hablar, Manuel Godoy, el hombre fuerte de la corte, de quien se dice que era amante de la reina…. y de Cayetana.  Con todos estos elementos, y muchos más, la mesa está servida para una deliciosa novela que tiene una narrativa impecable, fina, elegante, llena de ironía (como todos los libros de Carmen Posadas) y con muchos guiños a usanzas históricas y también a “bochinches de palacio”.

Portada del libro “La hija de Cayetana”, que es un cuadro de la época

María de la Luz, la hija negra adoptiva de Cayetana de Alba fue un regalo que le hicieron a la duquesa, y a pesar de que no heredó a la muerte de su madre el título nobiliario, sí disfrutó posteriormente de solvencia económica, junto a su madre verdadera, Trinidad, la esclava cubana que tras perseguir a su hija desde la isla caribeña, pasando por Funchal, en Madeira, Portugal, la encuentra en el palacio donde vive en España y donde la querían y mimaban mucho.  Cayetana, a pesar de todas las veleidades de la que se le señalan, tuvo un enamoramiento tardío con su marido y disfrutó con él de encuentros sexuales excitantes, muy bien descritos por la autora.

LAS INTRIGAS DE LA CORTE

En el libro, entretejido de historias paralelas fascinantes y coquetos juegos de palabras e instancias, tienen papeles importantes Manuel Godoy y el maestro Francisco de Goya y Lucientes, que pintó las Majas, que para muchos fue la Duquesa de Alba la que posó. Entre descripciones de vestuarios y perfumes insuperables, Carmen Posadas va revelando cómo “la parmesana” y otras amigas de la nobleza envidiaba a Tana y la debilidad que tenía por bailar descalza en las calles, donde la dejaban sus padres con las sirvientas –en áreas similares a la Corte de los Milagros de París–.

Manuel Godoy era el favorito de la corte de Carlos IV, era abogado y ostentaba el título de Príncipe de la Paz.  También fue el que le encargó a Goya las dos Majas, que están en el Museo del Prado, y el que impulsó la expedición Balmis, que erradicó la viruela, novelada magistralmente hace un par de años por Javier Moro en “A flor de piel”. A través del tiempo su figura ha sido estudiada y se aclaró que la modelo de sus famosos cuadros de las Majas fue su amante, Pepita Tudó, con la que tuvo cuatro hijos.  A la muerte de Cayetana, Godoy se encargó personalmente de despojar a la Casa de Alba de muchas de las obras de arte que tenía.

Las costumbres de la corte y de los aristócratas de la época, cuyas señoras recibían a sus invitados en sus habitaciones para desayunar coquetamente ataviadas (reflejadas en otros libros, uno de los más recientes “Hombres Buenos” de Arturo Pérez Reverte), las travesías y travesuras que acostumbraban hacer los hacendados con sus criadas, con las que concebían hijos (María de la Luz fue la hija de Trinidad con su patrón) tienen todas una tibieza narrativa que se siente.  Para la autora de “La hija de Cayetana”, lo medular de esta novela es la descarnada revelación de la esclavitud que se practicaba desde las colonias españolas.

La lectura de este libro es ágil, cautivante, llena de recovecos que lo hacen a uno gozar de un tiempo que no se conoció y de términos que ya no se utilizan (como maravedí, un tipo de moneda que se usó entre los siglos XII y XIX) y de una prosa pulida, irónica y al mismo tiempo, sin fisuras, que demuestran el exhaustivo trabajo de investigación al que se sometió su autora para escribirlo.

Contaba Carmen en una entrevista que le hizo su amiga Marta Robles (con quien publicó el año pasado “Usted primero”, un manual urgente de buenas maneras) para La Razón, que la Casa de Alba le permitió investigar en sus archivos privados por lo que todo lo relatado está sólidamente sustentado.  De igual manera me dijo que lo único fantasioso es la historia de Trinidad que, angustiada por rescatar a su hija, dada de regalo a la Duquesa de Alba, trató de hacer su afán lo menos melodramático pues ella es ajena a esos trajines.  Y lo logra, Trinidad busca a su hija con la alegría natural de las esclavas cubanas, para las que no existían obstáculos ni territoriales ni sociales.

El libro fue presentado en Madrid a finales de octubre de 2016 y va por su cuarta edición.  Aún no está disponible en nuestros mercados latinoamericanos porque el proceso editorial tiene sus recovecos, pero se puede conseguir de forma electrónica.  Esta novela vale todos los maravedíes que uno quiera darle y Carmen Posadas nos sorprende de nuevo con sus “pequeñas historias” que la hacen grande.

 

SERIAN DIEZ AÑOS

Por Mariela Sagel, La Estrella de Panamá, 1o. de enero de 2017

El 20 de septiembre de 2007 recibí una carta impresa y firmada en original de quien entonces era Presidente del Grupo El Siglo La Estrella, (GESE), Dr. Ebrahim Asvat y su director, Lic. Gerardo Berroa, invitándome a publicar en forma semanal mis opiniones y ser parte de su equipo de columnistas.  Esa carta, porque uno no deja de ser romántico, aún la conservo, y pretendía enmarcarla cuando se cumplieran 10 años de escribir todos los domingos en este diario, en forma ininterrumpida.  Solo en dos ocasiones no se publicaron mis columnas: una vez que no le llegó a la editora mi colaboración, a fines del 2008, porque yo estaba de viaje y el WiFi se interpuso en la comunicación y la segunda vez, en 2015, porque sufrí un accidente de automóvil y no pude mandar mi texto a tiempo.  Tanto la editora, Doris Hubbard Castillo, como las personas que dejó a cargo en sus esporádicas vacaciones, han sido siempre respetuosas, atentas y sobre todo, muy profesionales.

Antes de esa cálida invitación, había publicado desde 1981 tanto columnas de opinión como artículos culturales en La Prensa, El Panamá América y en El Universal.  Al Panamá América llegué por invitación del Dr. Ricardo Arias Calderón a inicios del año 2000 y al Universal por deferencia de su director, Carlos Ernesto González de la Lastra.  En La Prensa, a pesar de estar escribiendo con mucha regularidad desde los años 90, el deterioro y manipulación en que fue cayendo ese periódico me puso en la lista de “los que no salen ni en una foto”, sobre todo en los años del terror que atravesaron, y del que no se han librado ni columnistas ni muchos empleados que han salido de manera intempestiva, a pesar de haberse puesto de alfombras para que los pisaran los caprichosos antojos de los que sin estar allí mandan.

No me gustan las despedidas y mucho menos pensar que éste será mi último artículo de opinión en este diario, que ha ido cimentando su reputación e imparcialidad a fuerza de muchos esfuerzos, sacrificios y sobre todo, fe en hacer un buen periodismo.  Cuando llegó a la Presidencia del grupo el Lic. Eduardo Quirós tuve cierta reserva pues él venía del partido hoy en el poder, pero lo primero que me dijo fue halagador y a partir de allí hemos compartido momentos agridulces, de batallas y triunfos. Si alguien ama a este periódico tanto o más que la Lic. Hubbard ha sido Eduardo Quirós.

A don Abdul Waked lo he visto un par de veces, la mayoría de ellas en ocasiones sociales, pero su convicción de blindar estos diarios de los vaivenes de la política, a pesar de las presiones que pueden ejercer de manera nefasta las agencias de publicidad en nombre de sus clientes y las oficinas de comunicación de las oficinas del estado han cimentado mi respeto hacia él.  La Estrella se ha ido colocando en el lugar que todos los panameños deseamos que volviera a estar: una estrella en el firmamento nacional, una guía para entender los avatares de la política nacional, una fuente de información inagotable, manejada con imparcialidad y con respeto a la libertad de expresión y de información de todos, sean del bando que sean.  Sus investigaciones y más recientemente, las crónicas de los miembros del grupo Concolón y las perlas históricas de Mónica Guardia han reforzado la solidez de los contenidos que nos entregan a diario.

Yo tenía preparado un artículo jocoso para este domingo, donde ofrecía sugerencias de regalos para ciertos personajes conspicuos de nuestro mundillo político, como los ministros de la Presidencia, Economía y Vivienda, que esta semana corrieron a salir en el noticiero de Canal 13 porque Álvaro Alvarado estaba de vacaciones, así como al Alcalde, la Primera Dama, el Embajador gringo, el presidente, a algunos diputados, la Procuradora, el expresidente, políticos y otras personas que son responsables de la conducción de este país.  Espero poder publicar esas sugerencias de regalos el próximo domingo porque tal como dijo el Arzobispo Ulloa, “confío en que La Estrella y El Siglo no dejen de brillar en el firmamento panameño”.

Si la portada de La Estrella llega a ponerse negra de recuadros, caerá una sombra negra sobre las conciencias de quienes han sido responsables de su cierre, ya sea por comisión confesa o por hacer muy poco o nada.  Mis artículos de opinión se publican en dos diarios digitales de España y en 14 países de Latinoamérica y a través de ellos también se sabrá la injusticia que se ha cometido en Panamá.