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NO HEMOS APRENDIDO LAS LECCIONES

Por Mariela Sagel, La Estrella de Panamá, 14 de octubre de 2018

La semana pasada publiqué un artículo en que establecía que me rendía, que no veía que las cosas se compondrían en el país, que no saldremos de las malas prácticas, los actos de corrupción, las planillas de la Asamblea Nacional, el clientelismo y la indiferencia hacia enaltecer la educación y la cultura como la única manera de salir del subdesarrollo que, a pesar de los índices económicos de crecimiento, nos tienen a un nivel patético.

Las reacciones a mi rendición no se hicieron esperar, recibí tantos mensajes, tan alentadores, algunos hasta retadores, indicándome que solamente los cobardes se rinden, que aquí estoy otra vez, buscando orientar e informar, si cabe, a tantos de mis lectores que se enteran “por donde van los tiros” en este país, incluyendo cientos de ellos en el extranjero, leyendo mi columna.

Decía mi venerado autor Arturo Pérez Reverte en su última columna “Raro es el país y raro es el día, el año, el siglo, en que no se cumple el aniversario de alguna barbaridad”.  Y estos primeros días de octubre se ha cumplido medio siglo de algunos acontecimientos que han tenido consecuencias, algunas inmediatas, otras de efecto retardado, pero consecuencias, en fin.

En julio de este año publiqué una columna donde enumeraba los acontecimientos, algunos determinantes, que ocurrieron el año 1968, que fue bisiesto, empezando por la primavera de Praga, el mayo francés, el asesinato de líderes mundiales como Martin Luther King y Robert Kennedy, y la muerte de escritores, poetas y pintores famosos.

Ese octubre de hace 50 años ocurrió la masacre de la Plaza de Tlatelolco, en México, herida que todavía lastima a los más preclaros hijos de ese país y que demostraron un rechazo al estigma de ser un “estado fallido” en las pasadas elecciones, cuando 30 millones de mexicanos eligieron a Andrés Manuel López Obrador como presidente, un candidato atípico y anti-establishment, que ha tomado, sin haber asumido la presidencia, medidas heroicas por decir lo menos.  Esperemos que lo dejen gobernar, que lo dejen hacer esos cambios que son urgentes de implementar en la maltratada política de ese gran país.  Y que su metiche vecino del norte no la agarre contra él.

El 11 de octubre se cumplieron 50 años del golpe de estado que interrumpió la supuesta democracia de la que disfrutábamos (con cuestionamientos muy grandes sobre las prácticas que utilizaba) y diera paso a un gobierno militar que duró 21 años, con una deformación marcada desde 1981, cuando murió el general Omar Torrijos, que entre sus muchos méritos logró que los Estados Unidos firmaran un tratado que le devolvió a Panamá el usufructo de su mayor activo, su posición geográfica.  Los panameños nos hicimos cargo de la vía interoceánica y, a pesar de todas las dudas que en su momento se levantaron, lo hemos hecho extremadamente bien.

Pero han pasado casi 30 años (el otro año se conmemora el trigésimo aniversario de la infausta y asesina invasión de los Estados Unidos a Panamá) y la vuelta a la democracia, y las cosas si bien han cambiado de forma, seguimos empantanados, al punto de que las instituciones tienen un nivel de desprestigio tal que, si uno pasa con un bidón de kerosene frente a la Asamblea Nacional o la Corte Suprema de Justicia, seguro se prenden.  Ni hablar de hacerlo frente al Palacio de las Garzas, porque tendría que ser el día en que se reúne el gabinete, y el paso está restringido al punto de la histeria.

Se realizaron muchos eventos a fin de reflexionar sobre este medio siglo del golpe de estado, partidistas y de análisis, y mi sentir va en virtud de lo que vivimos actualmente, cuando tenemos una Procuraduría que no investiga los mayores y más escandalosos actos de corrupción que uno recuerde en la historia republicana, un presidente de la Corte que fue a rogarle a esta misma funcionaria que lo ayude a “tumbar” el caso Martinelli y no da la cara y un silencio cómplice de los medios que no tuvieron a bien hacer la investigación debida en torno al asesor del presidente, que supervisó y seleccionó los casos que se perseguirían.  Como todo en la vida, de lo que llevan, traen.  Ya les tocará a los actuales subir y bajar escaleras por similares acciones y cuidado que peores.

En lo que sí no debemos caer, en el próximo gobierno, es en dedicar todos los esfuerzos a perseguir.  Que se forme una comisión especial que investigue y el gobierno se empeñe en recuperar el tiempo perdido por éste, que ha sido de los peores que se puedan haber vivido, no solo en nuestra nueva “democracia” sino en la historia republicana.

 

 

MI TIO MACO

Por Mariela Sagel, El Siglo, 8 de octubre de 2018

     Después de una batalla campal contra un cáncer que a cualquiera que le dé se lo lleva en 6 meses, el fin de semana murió mi tío Maco Rosas.  Jesús Lisímaco, como era su nombre, era el menor de los hermanos de mi madre y vino a vivir con nosotros cuando terminó su escuela primaria en Tolé.  Para mí fue un hermano, porque apenas le llevaba a mi hermana mayor 10 años.

Siempre fue muy guapetón y en el bus de la escuela nos decían cuñadas, pensando que éramos sus hermanas.  Después se quedó a vivir con nosotros y tuvo con mi papá una relación entrañable, más allá de la de cuñados, eran como hermanos.  Yo fui cómplice de muchas de sus andanzas (y vaya que las tuvo) y testigo de todos sus logros profesionales y políticos.

Su vida la gozó al máximo, en todos los sentidos, no dejó que nada se le escapara.  Gozaba de los mariachis y era generoso con sus amigos. Sus sobrinos aprendimos de él que la vida está para gozarla, todo lo contrario del resto de sus hermanos, que son tan estrictos.  Cuando supo que tenía un cáncer en el páncreas se enfrentó a él con entereza, decidido a vencerlo y estuvo dos años y medio en esta lucha, hasta que perdió su última batalla.

En el último mes, siempre pendiente de la situación del país y de lo delicado de las decisiones partidistas, me llamó a su lecho de enfermo para indicarme cuál era su lectura de lo que ocurría y redactó un documento que le entregué a su destinatario.  Mantuvo esa lucidez hasta el final, cuando reunió a sus hermanos a fin de despedirse de ellos, reiterando el amor que les había inculcado mis abuelos y que él prodigaba a todos, sobrinos, amigos, parientes.

Se nos fue un guerrero mayor, pero nos deja su ejemplo de valentía y entereza.  Lo menos que podemos es celebrar su vida y sentirnos afortunados que fuimos tocados por su amor y amistad.