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DIABLOS AMARILLOS

Por Mariela Sagel, El Siglo, 16 de septiembre de 2019

     Cada cierto tiempo vuelven los conductores de taxi a levantar su único bastión a favor, que es el que tienen contra las plataformas tecnológicas como Uber o Cabify.  No se dan cuenta que al denunciar que son una competencia desleal, deben mirarse en ese espejo: mientras sigan con sus prácticas desordenadas, no ofrezcan seguridad al pasajero y mucho menos la facilidad que puedan pagar con tarjeta de crédito o débito (esto convendría mucho a los turistas que no necesariamente manejan dólares) muchas más personas buscarán otra opción.

     Ahora han venido con el cuento de que debe ser regulado, cuando desde el principio se ha regulado el servicio, llegando inclusive a sacar los conductores que no son nacionales.  ¿Pero quien regula a los “no voy”, al desorden injustificado en el manejo, a que suban más de un pasajero que no tiene nada que ver con el o los que ya están en el taxi, por cobrar dos carreras en una?  También deberían exigírseles taxímetros, como en todos los países, y no cobrar lo que les venga en gana.

     El transporte selectivo (léase taxis) los regula la Autoridad de Tránsito y Transporte Terrestre (ATTT) que tan mala fama se ha ganado por la displicencia con que se ha manejado, no metiendo a los conductores de buses y taxi en cintura.  Los taxis pueden llevar ahora el mote de “diablos amarillos” que llevan los buses “diablos rojos”.

     Las plataformas tecnológicas de transporte invierten mucho para que los conductores y, por ende, los usuarios, tengan acceso a tecnología de punta.  Cuando uno pide un servicio, puede ver quién conduce, el color del auto y de la placa, por lo que son más seguras.  Puede que se les califique de elitista porque definitivamente no es para toda la población, pero alivia un gran peso a las necesidades de aquellos que están sujetos a los caprichos de los taxis “no voy”.  Empiecen por decidir que “sí van”.

A PROTEGER NUESTRAS FRONTERAS

Por Mariela Sagel, 2 de septiembre de 2019, El Siglo de Panamá

     El reciente anuncio que hizo un grupo que formó parte de las Fuerzas Armadas de Colombia, de que volvían a las armas por la falta de cumplimiento de los acuerdos de paz que se suscribieron en noviembre de 2016, debe encender las alarmas del Servicio Nacional de Fronteras para blindar la nuestra con la vecina Colombia.  Cabe recordar que, contrario al paso fronterizo con Costa Rica, que tiene estrictos controles y todas las instancias debidas (aduana, migración, salud, etc.) las mismas no han estado presente en la frontera con el país del sur.  Hace unos veinte años, el área que colindaba con Colombia era un territorio donde vivían mayormente colombianos, en lo profundo del Darién, y en esos poblados tenían sus familias los guerrilleros, que iban allí a descansar y aprovisionarse de comida y otras vituallas.  Cuando se producían conflictos era porque los grupos paramilitares incursionaban tras los guerrilleros y por supuesto, la población panameña, darienita principalmente y en mejor escala (por lo estrecho de la frontera con la comarca) los residentes de Guna Yala era la que sufría.

     Hoy las cosas con un poco más sofisticadas y seguramente nuestras autoridades contarán con instrumentos más sofisticados para monitorear los movimientos que se den en las fronteras, y esperemos que los focos guerrilleros que decidieron volver a la lucha, no se acerque a los límites comunes con nosotros.  Ya tenemos suficiente con la enorme cantidad de ilegales que quieren llegar a Estados Unidos a través de esa frontera pasando por Panamá.  Sin embargo, habrá un rebote de colombianos que vendrán a vivir a Panamá, huyendo de la violencia, como ha sido la excusa que han esgrimido todos los que están aquí y que en algunas ocasiones no se han dedicado a labores muy edificantes.

     Debemos estar conscientes de que es una tragedia que los países no alcancen la paz, pero proteger la nuestra es el deber de las autoridades panameñas.