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LO QUE NO OCURRÍA ANTES

Por Mariela Sagel, El Siglo, 30 de julio de 2018

En el barrio donde vivo, El Cangrejo, que fue construido hace 50 años buscando respetar la topografía del lugar, por eso sus calles son sinuosas y bordean las lomas, han ocurrido varias inundaciones que nos han dejado secuelas terribles a todos.  Esto ha sido consecuencia de la innecesaria “remozada” que le ha querido dar el alcalde y tiene varios factores:  la primera, que no se han tomado en cuenta la forma en que se han depuesto los desechos de los materiales que están siendo utilizados para este “remozamiento”.  Seguramente en el Estudio de Impacto Ambiental (EIA) no se contempló que las lluvias son cada vez más fuertes y que el cambio climático es innegable.

Otro factor que ha aportado al desmadre que vivimos a diario y que parece que no tiene fin, es la falta de vegetación.  El Cangrejo siempre se distinguía por los periquitos que en horas de la tarde formaban un ensordecedor alboroto.  Ahora, con la remoción de los árboles, para dar paso a las aceras que nadie usa, esos pájaros han desaparecido.  Por último, la improvisación es la tónica de este proyecto.  No contento con afectar los comercios del área, al punto de que algunos han cerrado, les ha quitado espacios de estacionamiento (como ha pasado a lo largo de toda la Vía España) dejándoles caprichosas cunetas que no sirven para nada y que a ningún arquitecto cuerdo se le hubiera ocurrido diseñar para que los carros aparcaran.

Esta rapacidad de destrucción se ha extendido al Parque Urraca, que se ha convertido en un lago y más recientemente ha llegado a Salsipuedes. Pareciera que el alcalde, aspirante a presidente, tiene una verdadera vocación acuática, todo lo que toca se inunda.

No nos debemos contentar con la respuesta “antes también se inundaba”, lo que no es cierto, a lo mejor alguno que otro comercio descuidado, pero en general el barrio NO se inundaba.  ¿Su slogan será “inundó, pero hizo”?

 

UNA MODIFICACIÓN NECESARIA

Por Mariela Sagel, El Siglo, 23 de julio de 2018

     El Instituto Nacional de Cultura fue creado en el año 1974 mediante la ley #63 del 6 de junio de ese año.  Entre sus objetivos estaban coordinar y fomentar las actividades culturales y folklóricas en todo el país.

En la gestión anterior se logró pasar una Ley de Cultura, que contó con el endoso de todos los diputados, pero que no dejó de ser una buena intención.  El meollo del asunto es que la ley que rige el INAC debe modificarse para que entonces se pueda llegar a tener no solo una ley de cultura, sino un Ministerio de Cultura.

Además de los más de 20 centros dedicados a la enseñanza de diversas expresiones artísticas, organización de concursos y otras actividades literarias, administra teatros (que generalmente se están cayendo o están cerrados, como es el caso del Teatro Nacional), coordina la Orquesta Sinfónica y el Ballet Nacional, además de mantener 18 museos, que también carecen de una presencia óptima y estar manejados, en su mayoría, por personas no idóneas.  Todos recuerdan el video de la directora del Museo de Historia que decía que allí se enseñaba lo que pasó en “la guerra de los 2 mil días” y la firma de los tratados canaleros “en 1968”.  De un zarpazo le agregó mil días a la guerra y adelantó la firma de los tratados 9 años.

Recientemente el diputado Iván Picota presentó una modificación a la ley que rige el INAC para que se le asigne un porcentaje de las ganancias del Canal de Panamá. Esta institución puede tener asignaciones millonarias, pero si no tiene funcionarios capaces y que trace la política cultural del estado, seguirán cometiendo los desatinos que hasta ahora los ha caracterizado.

Ojalá que se le de prioridad a discutir la propuesta presentada, para que una vez modificada se pueda pensar en un Ministerio de Cultura.  La cultura es el eje transversal de toda transformación.